viernes, 17 de febrero de 2017

Sorpresas arqueológicas en la Amazonía



Para mucha gente, el río Amazonas y su extenso territorio circundante en forma de selva constituyen un enorme paraíso natural que supuestamente no tiene más que agua y una rica biodiversidad animal y vegetal. Por lo demás, la presencia humana “civilizada” en este ámbito geográfico resulta más bien anecdótica: quienes realmente han ocupado esta área durante milenios son las tribus primitivas, las cuales –sin apenas haber salido de su estadio cazador-recolector– ahora se ven amenazadas por el avance del progreso.

Sin embargo, para una parte importante de la arqueología alternativa, es bien posible que la Amazonía esconda ciertas sorpresas acerca de un pasado fabuloso, caracterizado por civilizaciones o ciudades perdidas y tesoros ocultos. Esta visión fantástica comienza con la archiconocida leyenda de El Dorado, la mítica ciudad inca de oro y de inimaginables riquezas situada en la selva amazónica y que los conquistadores españoles (principalmente Orellana y Aguirre) buscaron en vano durante años. Más adelante, ya en el siglo XVIII, una expedición portuguesa se adentró en la selva brasileña y –según parece– descubrió las ruinas de una antiquísima gran ciudad, que parecía haber sido víctima de un catastrófico terremoto[1].

Percy H. Fawcett
Esta noticia permaneció en las sombras hasta que a inicios del siglo XX fue rescatada por el militar y aventurero inglés Percy Harrison Fawcett[2], buen conocedor de la geografía sudamericana, que –convencido de su veracidad– organizó en 1925 una expedición científica para localizar este misterioso enclave, al que denominó “Z”, si bien él creía que muy posiblemente había más ciudades ocultas en todo el Amazonas. Lamentablemente, Fawcett se internó en lo más profundo de la jungla del Matto Grosso y su rastro se perdió cerca del río Xingu, tras haber despachado una última carta el 29 de mayo de 1925. Nunca más se supo de él ni de sus acompañantes (su hijo Jack y su amigo Raleigh Rimell), pese a que fueron buscados en años sucesivos por nada menos que 13 expediciones, que a su vez también pagaron un alto tributo en vidas: más de 100 desaparecidos.

Ya en tiempos más recientes, las leyendas sobre ciudades o reinos civilizados en el Amazonas alcanzaron bastante auge, sobre todo a partir del éxito popular de la literatura arqueológica alternativa, mezclada con el realismo fantástico y las teorías de antiguos astronautas. En este contexto, ya no sólo se hablaba de los últimos reductos del Tawantinsuyu (imperio inca) sino de civilizaciones anteriores, relacionadas incluso con los mitos de la Atlántida o Mu. Así, cabe destacar el relato de la ciudad de Akakor[3], difundido por el periodista alemán Karl Brugger, y que en cierto modo inspiró el argumento de la última película de Indiana Jones, con presencias extraterrestres incluidas. Asimismo, se popularizaron otras historias más o menos fantásticas, como las legendarias tribus de hombres blancos, la ciudad o reino de Paititi (el “auténtico” El Dorado[4]), la Puerta de Aramu Muru, la ciudad de Manoa, la Cueva de los Tayos o las supuestas pirámides de Pantiacolla[5], sin que a día de hoy existan sólidas pruebas arqueológicas que respalden los rumores y las especulaciones.

Ahora bien, a pesar de todas las incógnitas, no sería apropiado afirmar categóricamente que todo el Amazonas ha sido siempre un terreno virgen, ignoto y hostil para las comunidades humanas. Así pues, llegados a este punto es oportuno comentar algunos descubrimientos y exploraciones arqueológicas que –si bien no confirman las historias más fantásticas– sí al menos apuntan a que una parte de la región amazónica estuvo poblada y civilizada en tiempos remotos.

¿Reliquia de "Z"?
En lo que sería el capítulo de objetos o artefactos, hay que reconocer que las posibles pruebas son mínimas. Fawcett se hizo con una pequeña estatuilla tallada en basalto con una figura humana que portaba una inscripción con signos desconocidos. Este objeto supuestamente procedía de la ciudad de “Z”, pero su rastro se perdió y no tenemos más información al respecto. Por otro lado, están también las famosas láminas metálicas y otros objetos que guardó en la ciudad de Cuenca (Ecuador) el padre Crespi y que presuntamente procedían de la Cueva de los Tayos. Una vez más, no hubo aquí ningún estudio arqueológico fiable ni tenemos claro el origen de esos artefactos; además, esta colección está actualmente bajo custodia museística y no parece que vaya a ser objeto de nuevos estudios. Finalmente, cabe citar un descubrimiento bien comprobado que data de 1969. Se trata de un pequeño objeto de oro llamado la Balsa de oro de El Dorado, de unos 18 cm., que fue hallado en un antiguo asentamiento de los indios muiscas. Este artefacto, en forma de barca con unas diminutas figuras humanas, recrea la ceremonia ancestral de esta tribu en el lago de Guatavita (Colombia), por la cual un nuevo rey asumía el poder y realizaba una ofrenda de objetos de oro al dios Sol[6].

Restos de la muralla de Ixiamas
No obstante, si saltamos al estudio del terreno, entonces se amplían los horizontes y se pueden observar algunos hechos ciertamente significativos. Primeramente, cabe reseñar que hace unos pocos años se identificó un conjunto de ruinas al sur del Perú (en el distrito de Kimbiri), que algunos investigadores se atrevieron a relacionar rápidamente con Paititi. En realidad se trata de unos restos dispersos en un área de 40.000 metros cuadrados, llamada Lobo Tahuantinsuyo, que podrían pertenecer a una fortaleza inca. Hasta la fecha se han apreciado unas estructuras en piedra tallada que formarían una serie de muros, pero de momento no se han llevado a cabo excavaciones arqueológicas. Tampoco se ha intervenido en otros restos megalíticos medio ocultos por la selva situados en Ixiamas (Parque Nacional Madidi, Bolivia), que podrían formar parte de una posible fortaleza pre-incaica, con una longitud de muralla de más de 300 metros y una altura conservada de hasta 3 metros. 

Asimismo, en la Amazonía peruana encontramos otro tipo de huellas de antiguas culturas locales –probablemente anteriores al imperio inca– en forma de petroglifos (signos o dibujos grabados sobre piedra). Nos referimos a unos grabados situados en la roca de Cumpanamá, cerca del pueblo de Yurimaguas, a orillas del río Huallaga[7]. Los petroglifos representan motivos diversos, como la máscara-corona de un jefe o cacique y varios símbolos zoomórficos, antropomórficos y geométricos. También son muy destacables los petroglifos de Pusharo (Parque Nacional del Manú, Perú), de incierto origen inca, con algunos rostros y multitud de signos abstractos. Y ya en Brasil, cabe citar los más de 400 grabados de la Piedra de Ingá (un enorme monolito horizontal de 24 x 3 metros), con motivos zoomórficos, estrellas y signos abstractos, que podrían constituir una extraña forma de escritura, sin ninguna relación con otras escrituras conocidas de la América precolombina. Algún investigador, incluso, ha creído ver en estos grabados información arqueoastronómica, en forma de calendario solar.

Piedra de Ingá (Brasil), un enorme monolito repleto de grabados

Con todo, los datos más reveladores de los últimos tiempos sobre la antigua población del Amazonas se han localizado principalmente en la Amazonía brasileña. Por una parte, varios investigadores se han fijado en una vasta región de miles de hectáreas que constituye la llamada Terra Preta (“tierra negra”), un territorio extremadamente fértil gracias a la composición del suelo, una mezcla de terreno arenoso, cal de conchas y carbón vegetal, que los indios han estado explotando durante siglos. A este hallazgo se deben sumar trazas de posibles canalizaciones de riego, caminos y diversos restos materiales (cerámicas), todo ello localizado en los llanos de los Mojos (Bolivia), que indicaría una amplia explotación del territorio por parte de una antigua civilización agrícola.

Antiguas obras sobre el terreno (Brasil)
Por otra parte, ya desde finales del siglo XX y como consecuencia de la progresiva deforestación de la selva amazónica, se empezaron a identificar en las regiones brasileñas de El Acre y Rondonia una serie de marcas o zanjas sobre el terreno ya despojado de árboles[8]. Cuando se contemplaron estas marcas desde el aire se pudo verificar que eran grandes obras, normalmente de forma circular o redondeada (de unos 100-150 metros de diámetro) o bien cuadrangular (de entre 100 y 200 metros de lado). A día de hoy ya se han contabilizado unas 450, que no es poca cosa.

Sobre la razón de ser de estas construcciones hay básicamente dos interpretaciones. La primera es que se trataba de geoglifos, unos trazados de gran tamaño excavados sobre la superficie del terreno con una finalidad indefinida, como los que pueden observarse en Nazca, Palpa o Atacama. No obstante, hay que señalar que la iconografía de estas obras no se corresponde con los clásicos geoglifos –generalmente de formas zoomórficas o antropomórficas– que podemos ver en otros lugares de la región andina y que parecen estar diseñados para ser vistos desde los cielos. Además, los supuestos geoglifos están visiblemente delimitados por fosos y terraplenes, lo que ha inducido a formular una interpretación alternativa.

Comparación entre El Acre y Stonehenge
Precisamente, esa segunda interpretación ha llevado a inesperadas conexiones históricas y culturales. Así, la arqueóloga británica Jennifer Watling[9] ha apreciado un paralelo muy claro con los “henges” neolíticos típicos de Gran Bretaña (como Stonehenge), esto es, recintos de forma más o menos circular –de entre 20 y 300 metros de diámetro–definidos por una zanja y un terraplén (y a veces con estructuras interiores, como por ejemplo megalitos) en los que se cree que se llevaban a cabo determinadas ceremonias o rituales. Otros investigadores, en cambio, han apuntado a que tal vez podrían ser recintos defensivos de pequeñas aldeas, con el añadido de una empalizada. Frente a esta hipótesis cabe decir que las investigaciones realizadas sobre el terreno no han localizado los agujeros para los postes ni han identificado estructuras internas, y tan sólo se han recogido unos pocos artefactos, lo que favorece la hipótesis de un uso comunitario ritual, si bien ello no deja de ser una especulación similar a la que se aplica al clásico megalitismo europeo.

En todo caso, Watling cree que, pese a la gran separación cronológica entre ambos lugares (que ella estima en unos 2.500 años), el tipo de estructura podría representar la misma fase de desarrollo social y cultural. Y lo que es más importante, esta intervención sistemática demostraría, rompiendo de algún modo las ideas preconcebidas de una naturaleza amazónica virgen y prístina, que el hombre primitivo del Amazonas habría modelado de forma significativa el ecosistema que lo rodeaba, si bien de una manera mucho más racional y eficaz que las prácticas actuales.

Por cierto, vale la pena remarcar que en 2006 se identificaron ciertos restos megalíticos estilo Stonehenge en lo alto de una colina en el estado de Amapa (Brasil). Se trataba de 127 bloques de unos 3 metros de altura dispuestos en forma circular que, según la arqueóloga Mariana P. Cabral, podrían constituir un observatorio astronómico, con una antigúedad aproximada de unos 2.000 años. Este hallazgo sugirió a los arqueólogos que la tópica imagen de miles de años de comunidades primitivas en la selva tropical sin ningún signo de civilización o sofisticación debía ser revisada.

En definitiva, si juntamos ahora todas las piezas sueltas, podemos proponer unas vías de investigación relativamente audaces, vistas las pruebas y los indicios ya mencionados:

1.      Existen bastantes pistas de tipo arqueológico, pero también geológico, de que el Amazonas estuvo ampliamente poblado por culturas neolíticas –o más avanzadas– que explotaban las fértiles tierras de la región y que tal vez recurrieron a la tala o quema de árboles para disponer de tierras de cultivo. Con el declive de estas culturas, por motivos desconocidos, la selva volvió a ocupar todo el territorio y ocultó las obras de esas culturas primigenias. Es bien posible que las actuales tribus de la Amazonía, en vez de “evolucionar” desde un estadio más primitivo, hayan sido fruto de una involución a partir del legado de una civilización superior.

2.   Las pruebas arqueológicas insinúan que junto a la más que probable presencia de la civilización inca en la Amazonía podríamos tener restos de culturas o civilizaciones anteriores, que podríamos conectar con enclaves megalíticos tan característicos como Tiahuanaco[10] o Cuzco. Estaríamos hablando de un horizonte de una enorme antigüedad –no reconocida por la arqueología académica­– que tal vez estaría en la línea de lo que Arthur Posnansky propuso mediante datación arqueoastronómica para Tiahuanaco, esto es, alrededor de 15.000 a. C. Una datación fiable de todos los restos disponibles debería aportarnos pistas en este sentido.

Muralla megalítica del Kalasasaya (Tiahuanaco)
 3.   Ya se ha comentando que existen unos pocos restos de grandes construcciones en piedra que en su mayoría están aun por excavar o estudiar sistemáticamente. Ahora bien, ¿podríamos hablar de la existencia de grandes ciudades megalíticas de una civilización desconocida en la Amazonía? Esta hipótesis no es tan arriesgada si tenemos en cuenta que aún hoy en día en Mesoamérica se descubren grandes complejos arquitectónicos de la civilización maya (o de otras culturas) que habían estado sepultados bajo la tupida vegetación de la selva. Y dado que la Amazonía es todavía un vasto territorio salvaje e impracticable en muchas zonas, no es impensable que existan ciudades totalmente ocultas por la jungla a las cuales sea muy difícil acceder. Si hemos de creer en el informe de la expedición de Raposo (del siglo XVIII) quizás ellos tuvieron un golpe de suerte que no se ha vuelto a repetir, pero es bien factible que se lograse dar con la ciudad a través de exhaustivas prospecciones con los recursos humanos y técnicos adecuados.

4.   La curiosa coincidencia entre los henges neolíticos de Gran Bretaña y las estructuras del Brasil quizá sea una mera casualidad, pues la arqueología –a decir de los expertos académicos– está llena de procesos autóctonos semejantes, sin ningún tipo de difusionismo. Desde luego esto es bien posible, pero no deberíamos descartar un origen cultural común a tales obras, dadas las formas, medidas y los sistemas de construcción observados, que son sorprendentemente similares. También podríamos señalar la confusa presencia de indios de piel blanca y pelo rojo o rubio, un elemento que se repite en multitud de crónicas en toda América, de norte a sur. Tal vez por aquí podríamos intuir una aportación cultural foránea (“dioses venidos del este”) que igualmente tiene una constante referencia mitológica en figuras como Quetzalcóatl o Viracocha, lo que inevitablemente hace resurgir una vez más el fantasma de la Atlántida, aunque lo más probable es que dichas aportaciones foráneas se deban a civilizaciones de allende los mares que llegaron a América mucho antes del cambio de era[11].

Muros hallados en la selva peruana
Concluyendo, pese a todos los esfuerzos realizados hasta la fecha todavía nos movemos en el terreno de las conjeturas. Faltan pruebas sólidas, dataciones, estudios continuados y sistemáticos, nuevas prospecciones... Es evidente que queda mucho trabajo por hacer, y quizás debería haber más implicación por parte de las autoridades culturales, que más bien se muestran reacias a meterse en este campo, quizá en parte por el coste económico pero también por el miedo a caer en el peligroso descrédito de patrocinar la búsqueda de historias fabulosas y antiguos mitos. Como consecuencia, casi todas las pesquisas sobre el terreno las realizan soñadores y aventureros –y quizá algún buscador de tesoros– aunque a decir verdad la mayoría de estas personas que publicitan sus investigaciones en Internet muestran estar sinceramente interesadas por la vertiente histórica y arqueológica del tema.

Actualmente, quien parece estar más próximo a obtener algún resultado sobre la mítica Paititi es el investigador estadounidense Gregory Deyermenjian[12], que ha emprendido numerosas expediciones a la Amazonía peruana desde 1984 hasta hoy en día. En estas exploraciones Deyermenjian ha descubierto diversos yacimientos arqueológicos de origen inca o pre-inca, generalmente fortines o fortalezas. Pero lo más significativo es que –gracias a las referencias concretas dadas por los indios matsiguengas– ha identificado recientemente en el Santuario Nacional de Megantoni (Perú) una alta montaña de extraña forma cuadrangular en cuya cumbre podría estar la ciudad de Paititi, pero con un casi imposible acceso por tierra, lo que obliga a una compleja expedición con ayuda de helicópteros. En el momento de escribir este texto no dispongo de más información sobre este proyecto. Veremos si, con un poco de suerte, Deyermenjian o algún otro investigador consigue completar la empresa que el tenaz Percy H. Fawcett no pudo llevar a buen puerto.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons, National Geographic y Salman Khan / José Iriarte


[1] Esta expedición estuvo vagando por la selva durante varios años y la condujo un tal Francisco Raposo en 1743, con el objetivo inicial de localizar unas minas de diamantes en Muribeca. Un fraile llamado Barbosa escribió un informe sobre este viaje a la atención del Virrey de Carvalho, que no tomó ninguna decisión al respecto. Luego, el informe quedó archivado en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro (referencia MSS 512).   
[2] Se dice de él que Hergé lo tomó como referente para crear el personaje del explorador Ridgewell en el cómic de Tintín “La oreja rota” y que también inspiró el reciente personaje de Indiana Jones.
[3] Según un indígena llamado Tatunca Nara, de hecho existirían tres ciudades perdidas, Akakor, Akakim y Akanis, y las tres estarían aún habitadas. Su relato resulta confuso porque añade la sorprendente presencia de los nazis en dichas ciudades
[4] Ciudad de oro supuestamente vista por el misionero Andrés López en el año 1600, según un documento guardado en los Archivos del Vaticano.
[5] Se trata de una formación natural de 12 montículos en el Perú, los cuales a vista de satélite parecían pirámides. Varios investigadores han visitado la zona y han corroborado que son simples colinas.
[6] La ceremonia consistía en que el nuevo soberano se recubría completamente el cuerpo con polvo de oro y se adentraba en el lago en una balsa o barca junto con cuatro personajes notables. Allí arrojaba al agua los objetos dorados y piedras preciosas. Luego, él mismo se lanzaba al agua para que se desprendiese el polvo de oro y regresaba a nado a la orilla.
[7] Fuente: http://yurileveratto1.blogspot.com.es/2014/07/el-misterio-de-los-petroglifos-de.html
[8] También hay noticia de estructuras similares en los departamentos de Pando y Beni, en Bolivia.
[9] Fuente: http://www.telegraph.co.uk/science/2017/02/06/hundreds-ancient-earthworks-resembling-stonehenge-found-amazon/
[10] Cabe destacar que en los alrededores de Tiahuanaco se encontraron de restos de explotaciones y prácticas agrícolas muy avanzadas, lo que vendría a cuadrar con lo hallado en Brasil (la Terra Preta).
[11] Actualmente, a la vista de las pruebas recogidas en diversos puntos de América ya parece innegable el hecho de que varias civilizaciones antiguas, principalmente del Mediterráneo, llegaron a América mucho antes que Colón, y que tal vez pudieron asentarse temporalmente o fundar colonias allí.

[12] Para más información, véase la entrevista concedida a la revista Enigmas: http://www.revistaenigmas.com/secciones/entrevistas/gregory-deyermenjian-busca-ciudad-perdida-paititi

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Para qué se alinearon miles de megalitos en Carnac?


En el paisaje rural de Carnac (Bretaña, al noroeste de Francia), podemos encontrar una de las mayores concentraciones de megalitos de  toda la Europa Atlántica en forma de largas hileras de piedras verticales o menhires –denominadas alineamientos– que han sido objeto de estudio durante décadas sin que a día de hoy sepamos aún con certeza para qué se realizaron. Téngase en cuenta que no estamos hablando de unas pocas piedras de gran tamaño agrupadas en fila, sino de miles de ellas, que se extienden a lo largo de terrenos que superan el kilómetro de longitud. Lógicamente, surge la pregunta: ¿Qué sentido tiene tanto trabajo y esfuerzo, posiblemente llevado a cabo durante varias  generaciones? ¿Qué finalidad perseguía la colocación de esas grandes piedras siguiendo unas ciertas líneas o direcciones y con ciertas disposiciones regulares? Una vez más, el fenómeno megalítico se muestra aquí desconcertante y esquivo a los investigadores, incapaces de dar con las motivaciones últimas de tamaña empresa colectiva, aparte de recurrir a las meras especulaciones y a los consabidos “cajones de sastre”.

El malogrado autor belga Phillip Coppens, del cual ya he publicado algunos notables materiales en este blog, fue un apasionado del megalitismo y lo estudió a lo largo y ancho de varios países atlánticos y mediterráneos, tratando siempre de superar los clásicos clichés impuestos por la arqueología convencional. Coppens también estuvo en Carnac, se fijó en ciertos detalles y ofreció una hipótesis ciertamente aventurada, pero que podría tener cierto sentido en un marco antropológico que nos lleva nada menos que a las antiguas creencias de los aborígenes australianos, en el otro extremo del planeta. En este sentido, considero que –llegados al terreno del análisis y la interpretación– a veces es preciso tomar riesgos y echar mano de la imaginación y del pensamiento lateral para abrir puertas a interpretaciones audaces que, sin traicionar la visión científica, tal vez vayan en la dirección correcta. Les dejo con Coppens en este fascinante paseo por Carnac y su gran enigma en piedra. 


Carnac: un paseo de almas


Hilera de menhires (de los más altos) en Carnac
El extremo más occidental de Bretaña se llama Finistère (Finis Terrae), el fin del mundo. Más allá está el mar. Pero una vez, durante la última Edad de Hielo, no había mar. Entonces, por supuesto, la Edad de Hielo terminó y el mar hizo de este lugar el fin del mundo. Luego, cinco mil años más tarde, en el sur de Bretaña, alrededor de Carnac y sus aldeas vecinas, se erigieron cuatro mil piedras megalíticas, muchas de ellas en hileras, que se han convertido en el sello distintivo de Carnac. Los arqueólogos creen que la cantidad original probablemente estuvo cerca de las diez mil piedras. Aunque las hileras de piedra de Carnac no son únicas –se encuentran en otras partes de Francia y en otros países– Carnac tiene las alineaciones de piedra más impresionantes y gigantescas del mundo. Pero la gran pregunta es a qué propósito sirvieron. Los arqueólogos datan las hileras de piedra en una antigüedad de entre 5.000 y 6.000 años, lo que las hace aproximadamente 1.000 años más antiguas que la Gran Pirámide de Guiza, en Egipto. Por lo tanto, no debe sorprender que localmente las hileras de piedra se comparen con una “catedral neolítica”.

La región de Carnac es famosa por su superficie de granito. El milagro más grande de las hileras de piedra no es, pues, que existan. Se sabe que las piedras más grandes pesan más de veinte toneladas. Las reconstrucciones modernas, utilizando herramientas y técnicas conocidas por nuestros antepasados ​​neolíticos, han demostrado que un grupo de aproximadamente unas veinte personas era capaz de crear un bloque de tal tamaño. Pero, como se ha mencionado, este no es el enigma. El enigma es que las piedras todavía están de pie. El nivel de la Edad Neolítica está apenas a veinte centímetros por debajo de la superficie actual, y la capa de granito se encuentra a cuarenta centímetros por debajo del nivel actual. Esto significa que las piedras se colocaron a una profundidad máxima de veinte centímetros. Así, en este agujero tan poco profundo, tuvieron que crear todo el equilibrio necesario y disponible para mantener la piedra en posición vertical. Y contra toda probabilidad, lograron tener éxito en esto, como lo demuestran las miles de piedras. Y lo que es aún más notable es que todavía estén erguidas...

Mientras que muchos restos megalíticos han sido gravemente dañados y han sido objeto de vandalismo deliberado (como en el yacimiento inglés de Avebury, donde su hilera de piedras fue antaño mucho más larga y majestuosa), la clave para la supervivencia de los megalitos de Carnac podría deberse a que fueron en gran medida invisibles hasta el siglo XVII. Los documentos no se refieren a ellos y lo más probable es que estuvieran ocultos por arbustos intensos y otros follajes que los enmascaraban de los transeúntes. En el siglo XVII hubo una necesidad de más tierras agrícolas, que implicó una búsqueda de nuevos campos, lo cual llevó al descubrimiento de los megalitos. Debido a esta necesidad de obtener nuevos terrenos, algunas hileras de piedra fueron demolidas, pero al final, resultaron ser simplemente demasiadas y el esfuerzo de limpiarlas superó a los beneficios.


Vista de los menhires de Carnac diseminados a pie de campo
Aunque se conocían desde el siglo XVII, el mayor interés arqueológico en las hileras de piedra se dio solamente en la segunda mitad del siglo XX, lo que podría explicar por qué hoy todavía sabemos muy poco sobre su verdadero propósito. Originalmente, los arqueólogos creían que en lugar de una serie de hileras de piedra, había en origen sólo una hilera principal de piedras, que cubre una distancia de más de ocho kilómetros. Otros descubrimientos revelaron que esta teoría de “una sola hilera de piedras” no se sostenía; parecía que había cinco hileras de piedra, cuatro de las cuales contenían aproximadamente unas 1.000 piedras. Sin embargo, Howard Crowhurst[1] ha argumentado que las hileras de piedra de Le Menec, Kermario y Kerlescan están en realidad vinculadas entre sí y forman un todo, una conclusión que ha sido capaz de dibujar, mostrando las matemáticas que se emplearon en la creación de las diversas hileras.

Se puede encontrar una concentración de hileras de piedra cerca de Erdeven, mientras que las otras concentraciones se sitúan de espaldas al norte de Carnac. La más occidental es la de Le Menec, donde hay 1.099 piedras en once hileras. Entre ellas hay una piedra que se eleva por encima de todas los demás –llamada en consecuencia “el gigante”– que mide unos enormes 3,7 metros. Sin embargo, la mayoría de las piedras aquí son relativamente pequeñas, en comparación con la hilera de piedras de Kermario, al este de la hilera de Le Menec.

Alineamientos de Kermario
Kermario cuenta con 1.029 piedras, distribuidas en diez hileras. El campo mide 1.120 metros, mostrando que las piedras están aproximadamente a un metro de distancia. Este campo tiene las piedras más gigantescas, y continúa en el campo de Kerlescan, donde hay 594 piedras, en trece hileras a lo largo de 880 metros. Los tres campos fueron construidos bajo el mismo principio: las piedras más altas están situadas en el lado occidental. El lado occidental también está situado en un terreno más alto que su contraparte oriental. Las piedras más pequeñas en el lado oriental también están a intervalos más pequeños entre sí.

La hilera de piedras de Le Menec es un extremo de la serie de hileras de piedra. En una distancia de aproximadamente dos kilómetros no hallamos piedras, excepto algunos dólmenes dispersos que, si bien resultan menos impresionantes que las hileras de piedra, están a su nivel en cuanto logro tecnológico. Así, el dolmen de Crucuno se apoya contra la pared de una granja y su piedra de cubierta pesa unas impresionantes cuarenta toneladas. Los arqueólogos lo han datado como contemporáneo de las hileras de piedra, es decir, hacia el 4000 a. C.

Dos dólmenes muestran la dirección de la hilera de piedras de San Barbe. Era un alineamiento orientado de sur a norte compuesto de cincuenta piedras, colocadas en cuatro hileras. Sólo las piedras más altas, en el norte, se mantienen en pie. Una vez más, encontramos que las más altas están en pie en el terreno más alto. Catorce piedras todavía se encuentran bajo la arena, pero el resto de las piedras han sucumbido a las demandas agrícolas.

A tres kilómetros al norte de Saint Barbe se halla la hilera de piedras más septentrional: Kerzerho. Cuenta con 1.130 piedras en diez hileras, con una impresionante longitud de 2.150 metros. Algunas de estas piedras, situadas cerca del terreno de acampada de Kerzerho, miden no menos de seis metros de altura. Son las piedras más altas de toda la región. La hilera está alineada de sureste a noroeste. Una vez más, las piedras más altas se colocan en el suelo más alto.

Dolmen próximo a los alineamientos (Kermario)
Aunque las hileras San Barbe y Kerzerho no están unidas entre sí, como sí lo están los alineamientos de Le Menec, Kermario y Kerlescan, parecen formar un todo: a partir de la hilera de piedras de Petit Menec, se atraviesa Kerlescan, Kermario y Menec. Después, no hay hileras de piedra durante dos kilómetros, seguidas por dos dólmenes. Luego tenemos las hileras de piedra de San Barbe, y más adelante, más al noreste, el dolmen y los círculos de piedra de Crucuno, el dolmen de Mane-Croh, y al norte una pequeña hilera de piedras, y a un lado el dolmen de Mane-Braz. Al oeste, está la hilera de piedras de Kerzerho. Aunque las formaciones no están alineadas, se puede descubrir un cierto flujo a través de los diversos sitios. Se tarda aproximadamente de tres a cuatro horas en cubrir la distancia desde las hileras de piedra de Petit Menec hasta las de Kerzerho.

Aparte de las enormes hileras de piedra, se pueden encontrar en la zona otros impresionantes monumentos de piedra. Esto incluye un menhir que tenía unos veinte metros de alto y un peso de 340 toneladas y que fue movido a lo largo de seis kilómetros. No debería sorprender que esta piedra ya no esté en pie[2]. Pero esta piedra subraya el conocimiento y la tecnología de una cultura que pudo realizar tales hazañas, que son mucho más impresionantes que Stonehenge y Avebury juntos, que apenas pueden resistir la comparación con la magnitud constructiva que se pudo ver en  Carnac, mucha de la cual tuvo lugar bastante antes de la construcción de Stonehenge.


El gigantesco menhir partido de Er Grah (Locmariaquer), cercano a los alineamientos de Carnac

Pero, ¿qué son las hileras? Los arqueólogos han excluido la posibilidad de que fueran tumbas. Tampoco sirvieron para un propósito militar, pese a que durante la Segunda Guerra Mundial los soldados estadounidenses confundieron las hileras de piedra con una línea de defensa alemana. Según la leyenda, un soldado francés que era consciente de la situación tuvo que intervenir, ya que de otro modo las hileras de piedra se habrían convertido en el blanco de bombardeos intensivos.

Excluyendo pues los fines funerarios y militares, los arqueólogos concluyen que el único propósito pudo haber sido religioso. Los arqueólogos modernos piensan que es probable que las piedras fueran empleadas para marcar una procesión. Esto se aplicaría específicamente a las hileras individuales de piedra, pero no parece improbable que toda la serie de hileras de piedra formara parte de un recorrido procesional más grande.


Pintura aborigen australiana
Se sabe que la marcha ritual formó parte de la llamada civilización megalítica. Es comparable a la de los aborígenes australianos, que recorrían sus “líneas de canción”, cantando las canciones sagradas de sus tribus, honrando así a los dioses del Dreamtime (“el Tiempo de los Sueños”). Esta es una de las razones por las que se las llamó “Rutas del Sueño”, si bien los propios aborígenes las llaman “Huellas de los antepasados”. Además, podemos hallar otros aspectos de la marcha ritual a lo largo de Europa, en las denominadas ley lines[3]. Consideradas antaño como líneas de energía, se descubrió en la década de 1990 que las ley lines eran en realidad caminos de los antepasados, líneas rectas que –según se decía– los muertos recorrían o sobrevolaban (se creía que los muertos sólo se podían mover en línea recta), razón por la cual hay tantos caminos rectos entre la iglesia y el cementerio.

Otra característica común entre algunas de las piedras más grandes es que presentan imágenes subliminales trabajadas, específicamente caras, en su mayoría humanas, pero a veces de animales o de perfiles más imaginativos o contorsionados[4]. Uno de los ejemplos más fácilmente visibles de caras en las piedras de Carnac lo tenemos en Erdeven, donde al otro lado de la carretera, junto al pequeño aparcamiento, hay una serie de piedras independientes que parecen “mirar hacia abajo” a las otras piedras. 

Es evidente que las personas que erigieron estas piedras eran plenamente conscientes de estas imágenes subliminales; de hecho, las piedras específicas fueron elegidas probablemente porque mostraban estas imágenes parecidas a caras. La pregunta entonces es: ¿a quién pertenecían dichas caras? La respuesta es que presumiblemente sean los antepasados ​​–los que habían venido antes– tal vez los que habían vivido en el equivalente megalítico del Tiempo de los Sueños.

Las piedras no eran marcadores funerarios, pero la conclusión más lógica apunta a una conexión con el culto a los antepasados. Estas fueron las piedras de los antepasados ​​–el equivalente megalítico de los santos cristianos– y lo que aquí ocurrió fue probablemente una peregrinación, en que cada piedra representaba a un antepasado. Las caras de las piedras eran un recordatorio visible de que dentro de estas piedras había un espíritu, un alma. Se podría decir que las hileras de piedra eran pues un paseo (o avenida) de almas.


© Phillip Coppens 2006

Fuente original: http://philipcoppens.com/carnac.html

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

[vídeo: vista aérea de los alineamientos de Carnac]






[1] Investigador independiente galés que lleva más de 20 años viviendo en Bretaña y que ha centrado sus estudios en el fenómeno megalítico en todo el mundo.

[2] Coppens se refiere al gigantesco menhir partido de Er Grah, cerca de la localidad de Locmariaquer. Se trata del menhir más grande del mundo conocido hasta la fecha.

[3] Concepto acuñado por Alfred Watkins en 1925. Se refería a una amplia red de antiguas rutas o sendas de carácter sagrado, tal vez conectadas a líneas de energía telúrica. Dichas rutas estaban asociadas a topónimos que contenían el antiguo sufijo -ley, -ly o -leigh, que significa “terreno despejado”, de ahí el nombre. 

[4] Cabe recordar que en Filitosa (Córcega) existe una serie de pequeños menhires antropomórficos con caras esquemáticas esculpidas sobre la piedra, a modo de bastos “moais”.

jueves, 19 de enero de 2017

Edgar Cayce o la arqueología psíquica


Introducción


Al estudiar los diversos enfoques de la arqueología alternativa, podemos ver que detrás de ellos existen múltiples fuentes de información o de inspiración, como los estudios heterodoxos de la historia, la mitología, el creacionismo, la arqueoastronomía, la ufología, los ooparts, el esoterismo, etc. Y entre esta diversidad es de destacar la presencia de una fuente bastante insólita, que no es otra que el mundo de la parapsicología. Así, dentro de este ámbito, podemos encontrar experiencias diversas de supuesto contacto con el pasado a través de la xenoglosia[1], las visiones fugaces o apariciones, las intuiciones,  las psicofonías, el espiritismo, etc. Pero sin duda el mayor exponente de este fenómeno es el caso de las personas con ciertos poderes psíquicos que son capaces de conectar –generalmente en estado de trance– con unas entidades o inteligencias eternas que carecen de soporte físico en este mundo.

Y como muestra muy notable de esta tendencia heterodoxa, que podríamos denominar arqueología psíquica, me permitiré hacer una breve reseña de lo que aportó a este campo el famoso vidente norteamericano Edgar Cayce, también llamado “el profeta durmiente”, un reconocido personaje que ha sido seguido y citado por bastantes autores alternativos desde mediados del siglo XX hasta nuestros días.

Las capacidades paranormales de Edgar Cayce


Edgar Cayce
Edgar Cayce nació en 1877 en Hopkinsville, Kentucky (EE UU), en un ambiente rural. Sus primeros años de vida no fueron especialmente destacados, pero según su biografía oficial un ángel se le apareció en 1890 y desde ese momento pudo memorizar libros sólo durmiendo sobre ellos[2]. Pero el evento que cambió su vida se produjo en 1900, cuando contrajo un fuerte resfriado que casi le hizo la perder la voz (apenas podía susurrar). Tras pasar por la consulta de varios especialistas que fueron incapaces de resolver su problema, en 1901 Cayce acudió a un hipnotizador, y fue precisamente durante el estado de hipnosis inducido en el que el propio Cayce reveló el método para su curación. A partir de este punto, adquirió la facultad de entrar en trance o “dormir” a voluntad y empezar a hablar de diversos asuntos que él en principio desconocía en estado consciente, ya que era una persona de cultura limitada.

De alguna manera, se suponía que Cayce, una vez dormido, entraba en contacto con un tipo de inteligencia o saber cósmico[3] a través del cual tenía acceso a conocimientos del pasado, del presente y del futuro, de tal modo que muchas de sus revelaciones eran en realidad profecías o bien una especie de prospecciones en un remotísimo pasado. Cayce pronunció en trance miles de discursos –concretamente 14.306– a preguntas de sus interlocutores, que fueron recogidos en forma de “lecturas”, y que versaban sobre cuestiones paranormales, filosófico-metafísicas, científicas (orientadas a la sanación), o histórico-arqueológicas[4]. Sobre las profecías en particular, se puede decir que acertó en bastantes, por ejemplo el crash bursátil del 29 o la Segunda Guerra Mundial, pero también falló en otras tantas, mientras que algunas han quedado por comprobar en un futuro próximo[5]. Cayce falleció en 1945 y su legado se ha trasmitido a través de la organización sin ánimo de lucro Association for Research and Enlightment (A.R.E., “Asociación para la Investigación y la Iluminación”), que él mismo fundó en 1931, y que sigue plenamente activa en la actualidad.

La historia vista desde la experiencia psíquica


Recreación artística de la Atlántida
En lo que aquí nos atañe, cabe destacar que Cayce habló en varias ocasiones sobre el pasado más distante, y no sólo se refirió al pasado conocido (el Antiguo Egipto, por ejemplo) sino también a un ignoto pasado mítico encarnado por civilizaciones desaparecidas como la Atlántida o Mu. Sin embargo, este no fue un interés principal de Cayce; de hecho, no fue hasta 1922 en que empezó a dictar experiencias o recuerdos relacionados con la Atlántida u otras civilizaciones perdidas. Seguidamente repasaremos lo que dijo sobre diversas materias de alcance histórico-arqueológico y hasta qué punto pudo “acertar” o aportar conocimientos fiables a los estudios convencionales.

Historia de América


Cayce tocó el tema de la historia de América (más bien centrada en Norteamérica) en 68 lecturas, de las cuales cerca de la mitad han sido corroboradas a posteriori con datos científicos. Básicamente, lo que Cayce dijo es que la población de América no tenía un solo origen (asiático) sino que habían existido aportaciones procedentes tanto del este como del oeste, y desde tiempos muy remotos. En concreto, afirmó que hacia el 28.000 a. C. llegaron al continente gentes venidas de China, del Pacífico y de ¡la Atlántida! Además, especificó que la última migración tuvo lugar poco antes del 10.000 a. C. y que se trató de refugiados atlantes.

Estos datos podrían parecer muy especulativos (por decir algo), pero lo cierto es que los estudios genéticos más recientes de las poblaciones indígenas americanas –aparte de confirmar la migración siberiana– muestran rastros de diversos haplogrupos de ADN mitocondrial originarios de localizaciones lejanas[6], y de un tiempo muy anterior a la llegada “oficial” de los europeos y de otros pueblos al continente.

Los papiros del Mar Muerto


Rollos del Mar Muerto
Este fue un tema secundario en la obra de Cayce, pero vale la pena remarcar que en poco más de un centenar de lecturas mencionó, once años antes del descubrimiento de los famosos rollos del Mar Muerto, la existencia de la secta de los esenios, un grupo religioso muy poco conocido hasta ese momento. Lo cierto es que Cayce facilitó bastante información sobre esta comunidad y su forma de vida, que luego fue contrastada con el material encontrado en el yacimiento de Qumram.


Antiguo Egipto


Cayce dijo haber soñado –o conectado– con el Antiguo Egipto en muchas ocasiones (más de mil), en escenas que habría experimentado con identidades de personajes del pasado, como por ejemplo el sumo sacerdote Ra-Ta. Estas experiencias revelaron en particular que el periodo álgido de esta civilización no habría sido la conocida época faraónica, sino mucho antes, hacia el 10.000 a. C. Esa habría sido una era caracterizada por una avanzada tecnología y una rica cultura, pero sobre todo por una marcada comprensión espiritual. Y entre otras cosas, afirmó que “presenció” la dedicación de la Gran Pirámide, que no habría sido erigida en el Imperio Antiguo (hacia el 2500 a. C.), sino mucho antes: entre 10490 a. C. y 10390 a. C., en los tiempos de un desconocido rey llamado Arart. Por otro lado, Cayce vinculó el Antiguo Egipto al legado de la Atlántida, como luego veremos.

Pero más allá de estas oscuras visiones, cabe señalar que Cayce fue sorprendentemente preciso al describir el antiguo paisaje que circundaba al río Nilo, afirmando que había cambiado su curso a lo largo de los milenios, que una vez había desembocado en el Atlántico y que el Sahara había sido un territorio fértil y frondoso. Todo esto pudo ser contrastado y validado años después (en los 80 y 90) por los estudios de la NASA mediante satélite.

La Atlántida


Como ya se ha comentado, desde 1922 Cayce empezó a referirse a la Atlántida, y ofreció extensa información sobre su devenir pero especialmente sobre su trágico final, y todo ello sin haber leído previamente nada sobre el tema, particularmente los famosos diálogos de Platón, si bien algunos contenidos de sus lecturas recuerdan algo al relato platónico y especialmente al discurso teosófico de Madame Blavatsky.

Cayce situó la Atlántida en medio del Atlántico, y al parecer habría sido en origen una masa continental, luego disgregada en varias islas. Respecto al mito de su destrucción, Cayce apuntó que habría sufrido más de un cataclismo; concretamente al menos tres. En el primero, acaecido hacia el 15600 a. C., el continente ya se habría partido en tres grandes islas llamadas Poseidia, Og y Aryan. La última y definitiva catástrofe, la recordada por los mitos, habría sucedido hacia el 10000 a. C., una fecha no muy lejana de la cronología tradicional basada en Platón, que ronda el 9500 a. C. Además, Cayce comentó la existencia de otra gran civilización perdida, un continente que se hundió en el Pacífico y al cual se refirió con distintas denominaciones: Lemuria, Mu, Zu, y Oz.

¿La Sala de los Archivos atlante bajo la Gran Esfinge?
En cuanto a las características de la Atlántida, Cayce dijo que era un mundo mucho más avanzado que el nuestro en muchos aspectos y que destacaba por su fabulosa tecnología de cristales[7]. Lamentablemente, esta civilización se perdió en la última gran catástrofe y los supervivientes tuvieron que refugiarse en otras tierras, dando origen a las grandes civilizaciones antiguas, como el propio Egipto[8]. En este punto, Cayce fue muy riguroso y declaró que el legado histórico, cultural y científico de la Atlántida se había guardado y enterrado en una cierta Sala de los Archivos, localizada bajo la Esfinge de Guiza, y que dicha estancia sería descubierta a finales del siglo XX. Asimismo, predijo con rotundidad que los primeros restos físicos de la Atlántida (de la isla Poseidia) saldrían a la luz entre 1968 y 1969 cerca de la costa de Florida.

Este último dato resulta muy significativo pues en 1968 se hallaron bajo las aguas de las islas Bimini (en el Caribe) unas estructuras en piedra que por su tallado y disposición parecían artificiales, formando una especie de avenida o camino (“Bimini Road”). Para el mundo académico, empero, estos restos son sólo resultado de la erosión natural. De todos modos, en los últimos tiempos los investigadores de la A.R.E. han señalado que existen otros sospechosos restos submarinos en el Caribe, como en la isla de Andros (del archipiélago de las Bahamas) o cerca de la costa de Cuba.

A su vez, a día de hoy no se ha localizado en Egipto la famosa Sala de los Archivos, si bien la exploración mediante georadar llevada a cabo en los años 90 por los geólogos Schoch y Dobecki mostró ciertas anomalías debajo de las patas de la Esfinge de Guiza que, dada su regularidad, podrían relacionarse con la hipotética Sala. De hecho, es bien sabido que bajo la meseta de Guiza se han identificado numerosas cavidades y túneles, la mayoría naturales, pero otros de origen artificial.

Análisis y conclusiones


Es muy complicado juzgar la validez de la vía parapsicológica en los estudios históricos o arqueológicos. Para la ciencia oficial, esta vía carece de la más mínima credibilidad o fiabilidad, de tal manera que los supuestos contactos paranormales con el pasado suelen ser considerados un burdo fraude. Esta reacción no nos debería extrañar, pues encaja bien con el profundo escepticismo, por no decir desprecio, hacia la parapsicología por parte del estamento académico. Así, este tipo de experiencias paranormales, salvo contadas excepciones, queda fuera de la teoría y la metodología empírica del presente paradigma, que se ve incapaz de contrastar lo que va más allá de la observación material y objetiva de los fenómenos. No obstante, aun queriendo ser abiertos y generosos con estos episodios paranormales, resulta difícil darles un voto de confianza por cuanto presentan muchas más incógnitas y dudas que certezas.

En el caso concreto de la vasta obra dejada por Cayce a través de sus lecturas, nos encontramos con el evidente problema de que –aparte de unos datos concretos o ligados a realidades comprobadas a posteriori– la mayoría de las revelaciones “históricas” se enmarcan en un mundo mítico, etéreo o difuso que hoy por hoy no tiene respaldo documental ni arqueológico. Además, la obra de Cayce, en general, respira un aire de filantropía[9], espiritualidad o trascendencia, y en este sentido sus lecturas sobre temas históricos se ceñían bastante a esta línea, mucho más próxima a una visión alternativa o heterodoxa que a una convencional. Sea como fuere, no deja de resultar curioso que de repente, a una edad avanzada, empezase a hablar de la Atlántida y similares, cuando hasta ese momento había tocado temas relativamente alejados de esta materia, sin que sepamos muy bien las motivaciones de este giro (¿el interés de ciertas personas?).

Pero… ¿de dónde provenían esos mensajes? ¿Hasta qué punto es creíble esa conexión con otras inteligencias? Estamos ante una situación muy semejante a la de los llamados contactados o canalizadores, cuya credibilidad ha sido puesta más de una vez en duda, en algunos casos por ser meros farsantes y en otros por ser víctimas de simples sugestiones o de enfermedades mentales. Según parece, Edgar Cayce carecía realmente de sólidos conocimientos sobre temas históricos, mitológicos o arqueológicos, dado que su formación había sido bastante elemental, y en consecuencia, no podía haber engaño acerca de su escaso bagaje en este campo[10].

Sólo como hipótesis, podríamos preguntarnos si alguien de su entorno, de algún modo, pudo “colocar” esos conocimientos en algún lugar recóndito de su mente o bien influir en su subconsciente para “hacerle decir” determinadas cosas. Porque lo que está claro es que su discurso contenía elementos ya conocidos –e incluso populares– en aquellos tiempos, como el ocultismo, el Antiguo Egipto o la Atlántida, sobre todo a partir del discurso alternativo teosófico, todavía muy en boga a inicios del siglo XX. Y naturalmente nos quedaría el planteamiento de que tales conexiones con una especie de base de datos cósmica fueran reales, aunque otra cosa sería determinar hasta qué punto serían fiables o comprobables (¿podría mentir o fantasear la fuente de tal base de datos?). Por otro lado, esta vía nos llevaría a fascinantes especulaciones como la posibilidad de que tanto el pasado como el futuro fuesen flexibles y contuviesen muchos caminos por explorar, haciendo que tanto “lo verdadero” como “lo falso” deviniesen términos más bien relativos.

En cualquier caso, es muy llamativa su profética visión de ciertos detalles como el supuesto redescubrimiento de la Atlántida en 1968 (coincidiendo con el hallazgo de Bimini)[11] o el cauce del Nilo prehistórico, aparte de la incógnita de la escurridiza Sala de los Archivos, cuya existencia sigue siendo una quimera... en tanto no se den permisos para excavar debajo de la Gran Esfinge.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Capacidad de hablar en una lengua extraña (y desconocida) para el individuo.
[2] Para los escépticos, empero, este dato no es más que una leyenda sin ninguna credibilidad.
[3] Algunas personas denominan a estas fuentes de conocimiento universal registros akáshicos, sólo accesibles en determinados estados de trance o profunda meditación.
[4] Normalmente, era su mujer Gertrude la que conducía las sesiones, pero ocasionalmente participaban personas de diverso origen que formulaban preguntas concretas. Las palabras de Cayce eran recogidas por una taquígrafa y luego redactadas como “lecturas”.
[5] Entre lo más destacado, dijo que pasado el año 2000, en la Era de Acuario, tendría lugar un periodo de terribles catástrofes, tras el cual Jesucristo volvería a nuestro mundo y el hombre retornaría a una era de armonía con la Naturaleza y con Dios. También insinuó una posible Tercera Guerra Mundial desatada a partir de los conflictos de Oriente Medio.
[6] En particular, uno llamado “X”, procedente de Europa del Este y Oriente Medio. También se identificó el haplogrupo B, típico de China, Japón, Sudeste asiático, Polinesia y Melanesia.
[7] Sobre esta tecnología, Cayce profetizó que los EE UU redescubrirían en 1958 un cierto “rayo de la muerte” usado por los atlantes.
[8] Esta idea ya había sido lanzada a finales del siglo XIX por Ignatius Donnelly y ha sido seguida, con más o menos matices, por muchos autores actuales.
[9] De hecho, Cayce ofreció muchísimas sesiones de trance para ayudar a la curación de enfermos, si bien sus resultados han sido puestos en duda por los profesionales ortodoxos de la medicina.
[10] A este respecto, cabe apuntar que sus seguidores admiten que Cayce tenía un buen conocimiento del ámbito religioso, en particular de temas bíblicos. No obstante, los críticos van más allá y consideran que Cayce había leído y estudiado muchos otros temas (sobre todo de salud y medicina) y que en realidad no era tan iletrado como desde la A.R.E. se quiere hacer creer.
[11] Naturalmente, tal hallazgo tiene que superar dos fuertes obstáculos: primero, demostrar que se trata de una estructura artificial; y segundo, que pueda relacionarse de forma fiable con el mito de la Atlántida.