jueves, 20 de abril de 2017

Los extraños petroglifos de la Piedra Cochno


Según nos confirma la arqueología, desde la más remota Prehistoria las sociedades primitivas realizaron trazados o grabados sobre piedra, lo que técnicamente se denomina petroglifos. Estos trazados, que van de lo relativamente naturalista a lo más simbólico, vendrían a ser una representación de su mundo cotidiano y de su sistema de creencias, que no siempre podemos captar en su significado último. De hecho, existen en todo el mundo muchos petroglifos que todavía nos resultan bastante incomprensibles, pues o bien muestran objetos o seres que no acabamos de descifrar en su simbolismo o bien se trata de formas geométricas o abstractas cuya interpretación es a menudo un auténtico rompecabezas.

Entre estos petroglifos tan peculiares por su extraño simbolismo, vale la pena destacar los que figuran en la llamada Piedra Cochno, un objeto arqueológico ubicado en Escocia y que es muy poco conocido por el público en general más allá de las fronteras del Reino Unido. Vamos a comentar en este breve artículo las particularidades de este objeto megalítico, su curiosa historia y las diversas incógnitas que suscitan sus enigmáticos petroglifos.

Signos grabados sobre la Piedra Cochno
La Piedra Cochno[1], de forma más o menos ovoide, es un gran bloque de arenisca de unos 13 metros de largo por unos 8 de ancho. Fue descubierta por el reverendo James Harvey en 1887 en un lugar llamado Auchnacraig, en las cercanías de la urbanización Faifley (West Dunbartonshire), próxima a la ciudad de Glasgow. En realidad, la Piedra ya era conocida desde hacía mucho tiempo por los pastores y los guardabosques locales. De hecho, aún conservaba un antiguo nombre gaélico, Cochno o Cauchanach, que significa “lugar de tacitas”. En aquella época, la Piedra sobresalía apenas un poco sobre el terreno pero se podían apreciar ciertas marcas sobre su superficie, y precisamente tales marcas –que también aparecían en otras piedras del lugar– se asemejaban a pequeñas concavidades o tazas rodeadas por anillos concéntricos, lo que ha dado el nombre coloquial de “taza y anillo” a este estilo de petroglifo. Asimismo, se identificaron otras formas geométricas, como espirales, y unos raros pies de cuatro dedos[2].

A raíz del hallazgo, la Piedra fue totalmente despejada y se realizaron dibujos y calcos de las 90 marcas o surcos, que cubrían aproximadamente la mitad de la superficie. Este material fue publicado en el Journal of the Society of Antiquaries of Scotland en 1889. Posteriormente, la Piedra fue objeto de diversos estudios in situ, destacando la peculiar intervención realizada en los años 30 del siglo pasado por el arqueólogo amateur Ludovic Maclellan Mann, que consideraba que el arte rupestre poseía algún tipo de significado cosmológico. Y así, en un arrebato de excentricidad, se dedicó a pintar los anillos en blanco y los diferentes motivos de la Piedra en varios colores. Además, trazó una gran rejilla en amarillo por encima de los signos. De este modo, Mann trataba de encontrar algún patrón cosmológico que relacionara las figuras, pero no pudo llegar a ninguna conclusión. No obstante, aún en la actualidad algunos expertos no descartan que el conjunto de símbolos pudiera tener alguna significación astronómica.

En cuanto a su cronología, las investigaciones emprendidas concluyeron que la Piedra, así como el conjunto de petroglifos localizados en el área circundante, tenía una antigüedad de unos 5.000 años, y que debía ubicarse pues entre el Neolítico y la Edad del Bronce. Ahora bien, sobre los autores de los grabados y el significado de éstos no se pudo decir gran cosa, más allá de constatar el gran paralelismo con otros antiguos petroglifos de varias partes del planeta.

La Piedra Cochno convertida en espectáculo
Sea como fuere, la Piedra se convirtió en objeto de interés turístico local y empezó a ser visitada masivamente, lo que causó que muchas personas caminaran sobre su superficie y, lo que es peor, que realizaran graffiti en las partes más blandas de la roca. Así pues, en 1965, y a fin de evitar que fuera objeto de actos vandálicos, la Piedra fue vuelta a enterrar y quedó relegada a cierto olvido durante décadas. Esta situación se mantuvo hasta que en 2015, tras 50 años de abandono, un equipo de investigadores –con el apoyo de la Universidad de Glasgow– ha procedido a su “redescubrimiento” y limpieza[3], y ha impulsado un proyecto de investigación, el Cochno Stone Project, centrado en realizar una perfecta imagen en 3-D del objeto. El objetivo de esta iniciativa es doble. En primer lugar, se quiere disponer de una fiel representación tridimensional digital que permita estudiar en detalle los petroglifos sin necesidad de recurrir al objeto físico. Y en segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, se pretende enterrar la Piedra de forma definitiva para preservarla de los elementos y de la acción del hombre.

Pero ¿qué tienen de especial los signos grabados en la roca? ¿Por qué los arqueólogos están tan faltos de explicaciones? Este es realmente el quid de la cuestión y lo que ha llevado a sugerir las más variadas teorías e interpretaciones, que van de las visiones académicas “habituales” a los planteamientos propios de la arqueología alternativa, siendo algunos de ellos relativamente moderados, como los del ya citado Mann u otros más radicales, como los que han relacionado los anillos concéntricos con los famosos crop circles de la campiña británica, incluyendo de paso intervenciones extraterrestres.

Y para que no falte el tono misterioso, el investigador alternativo Wayne Herschel (especialista en arqueoastronomía) sospecha que hay otros motivos para mantener la Piedra bajo tierra. En concreto, piensa que esta operación podría tratar de ocultar un evidente mapa estelar, que incluiría constelaciones tan destacadas como Orión o las Pléyades, aunque no queda claro qué podría de haber de comprometedor en tal mapa (si es que en efecto es un mapa cósmico). No obstante, Herschel profundiza en una línea conspirativa y afirma que los grabados han sido retocados en la actual restauración, pues a su juicio no coinciden con lo que se ve en las fotos antiguas.

En cuanto a las interpretaciones más o menos ortodoxas, el historiador Alexander McCallum ha reconocido que los enfoques son múltiples y que de momento no hay forma de confirmar ninguno de ellos. Además, cree que la Piedra podría haber tenido usos distintos a lo largo de los siglos. Sólo a modo de muestra, podemos citar algunas de estas interpretaciones más socorridas:

  •  Algún tipo de escritura primitiva.
  • Un marcador tribal o territorial, una especie de “hito”.
  • Un mapa del terreno, concretamente de los asentamientos del valle del Clyde.
  • Un mapa del firmamento.
  • Un lugar simbólico de celebración de la vida, muerte y renacimiento.
  • Un lugar de prácticas rituales, tal vez un altar en el cual se vertían líquidos sobre las “tazas” y los anillos.
  • Un objeto puramente decorativo o “artístico”.


Espirales grabadas sobre un gran megalito
Asimismo, se ha intentado abrir una vía de estudio a partir del entorno físico de estos petroglifos. Según esta visión, el paisaje circundante debería dar pistas sobre la función de los grabados, lo cual también se ha aplicado hasta cierto punto en la cuestión del megalitismo. Así, algunos expertos han apuntado a que los petroglifos están próximos a determinados montículos funerarios o cairns[4]. Además, se han hallado signos parecidos en monolitos verticales, cistas[5], cromlechs (círculos) y tumbas de corredor, monumentos a los cuales se les ha conferido también un sentido religioso y funerario. De algún modo, esto supondría establecer un vínculo entre los grabados y las prácticas funerarias, siendo los primeros algún tipo de referencia simbólica a los antepasados o al mundo de ultratumba. Pero, por supuesto, esto no es más que otra conjetura.

Como vemos, las propuestas son del todo variopintas –e incluso imaginativas– pero nadie ha ido mucho más allá en este tema y realmente tampoco se han aportado pruebas sólidas que puedan sustentar una u otra interpretación. En todo caso, se aprecia una gran desconexión cultural y mental con el supuesto primitivismo de los antiguos y por ello se suele recurrir con frecuencia al magnífico cajón de sastre de la magia, los rituales, las creencias, etc. sin llegar a entender en el fondo cuál era la verdadera mentalidad –o nivel de conciencia– de esas comunidades.

Sin embargo, antes de cerrar el comentario sería apropiado realizar una breve reflexión sobre dos elementos que podrían tener una cierta relevancia. El primero de ellos no representa ningún misterio ni ninguna novedad, pero tal vez haya sido despachado con demasiada ligereza por los investigadores. Y no es otro que la universalidad de este tipo de simbología (o iconografía). En efecto, los propios especialistas académicos han destacado que estos motivos de anillos concéntricos, espirales o laberintos circulares[6] aparecen con profusión en las Islas Británicas pero también en otras regiones del planeta muy distantes entre sí, como por ejemplo en la Europa continental (Portugal, España[7], Italia, Grecia, Suiza...), América (Brasil), Asia (India) y en algunos puntos de África y del Pacífico. En cuanto a su datación, estas simbologías parecen remontarse a culturas muy antiguas, por lo menos desde el neolítico hasta la Edad del Bronce y del Hierro, con especial incidencia en el fenómeno megalítico.

Petroglifo de Portaxes (Galicia), con la típica forma de anillos concéntricos

Lo cierto es que todavía nadie ha sabido acercarse al simbolismo de esas figuras, pero su presencia en tantas culturas y en tiempos tan remotos sugiere que hace milenios tal vez existió una cosmología común para la Humanidad, sin que podamos determinar si fue fruto de un gran difusionismo o bien de fenómenos autóctonos idénticos. La arqueóloga lituana Marija Gimbutas ya intentó –sin éxito– convencer al estamento académico de que estos símbolos en realidad constituían el complejo metalenguaje de una supuesta civilización matriarcal neolítica existente sobre todo en el Mediterráneo y buena parte de Europa y que habría sucumbido a manos de una cultura guerrera euroasiática. Y con respecto a los trazados en forma de anillos o espirales, Gimbutas recalcó que eran muy frecuentes las representaciones de dos espirales confrontadas, que quizás podrían simbolizar el ciclo de vida, muerte y renacimiento, o simplemente un sentido de eternidad. De todas formas, estas propuestas se quedaron en el terreno de la teoría, pues nadie en el mundo académico continuó la línea de los trabajos emprendidos por Gimbutas, tras su muerte hace unos 20 años.

Yacimiento de Cancho Roano (Jaén)
El segundo elemento de reflexión es una apreciación personal que se basa en unas hipotéticas conexiones entre el arte de las antiguas civilizaciones o las comunidades prehistóricas y el mito de la Atlántida. Como ya se ha comentado, los motivos de los anillos concéntricos aparecen en muchas culturas de varios rincones del planeta, pero es de destacar que en la Piedra Cochno algunas representaciones de estos anillos muestran un núcleo central (la “taza”) del que parte una línea recta[8] o canal que atraviesa los anillos. ¿A qué nos recuerda esto?  Al ver este modelo, me vino a la mente un tipo de decoración idéntica que podemos hallar en algunas antiguas cerámicas de la Península Ibérica. Y precisamente el investigador independiente Díaz-Montexano relacionó esta iconografía con la descripción platónica de la isla principal atlante, con su ciudadela rodeada de canales circulares de tierra y agua y su gran canal que comunicaba la ciudadela con el mar. A ello se debía añadir el descubrimiento de un poblado de la Edad del Bronce en Jaén, llamado Cancho Roano, que estaba estructurado en una serie de terrenos y fosos concéntricos.

Para Díaz-Montexano, este sería un indicio más que notable de que la Atlántida estaba en las cercanías de la Península Ibérica o que tendría una relación directa con la antigua cultura de Tartessos, en el sudoeste peninsular. De hecho, este investigador, como muchos otros a lo largo de décadas, se ha obsesionado con la literalidad de los diálogos platónicos y ha tratado de descubrir sobre el terreno las formas exactas –o al menos aproximadas– descritas por Platón. No obstante, la presencia de una simbología tan similar en un lugar tan distante como Escocia nos tendría que plantear dudas razonables sobre la correlación geográfica de estos trazados. ¿Es una simple casualidad? ¿O también los antiguos habitantes de aquella región nórdica tenían un conocimiento o recuerdo de la antigua (y perdida) Atlántida? Esa es una posibilidad, pero estamos aquí ante la vieja controversia de ubicar la Atlántida en algún lugar concreto de la Tierra, lo que ha derivado en opiniones y teorías para todos los gustos.

Representación "terrenal" de la Atlántida
Ahora bien, ¿y si cambiáramos nuestro clásico patrón de pensamiento y dejáramos de considerar la Atlántida como un lugar físico sobre el planeta? Dicho de otro modo, el relato platónico no sería una descripción geográfica “terrenal”, sino una sutil metáfora de otra realidad que deberíamos situar en otro plano, tal vez astronómico o astrológico, aunque también podría tratarse de un fenómeno cósmico o de otra dimensión, que se escapa de nuestro actual nivel de conciencia. Así pues, aquí se abriría un campo de interpretación insospechado para leer los extraños petroglifos de la Piedra, que quizás representarían realidades y conocimientos codificados a los que sólo podrían acceder ciertos iniciados, ya fuera en un estado de conciencia “normal” o en un estado alterado de ésta, probablemente mediante prácticas chamanísticas, incluyendo la ingestión de sustancias psicotrópicas. Desde este punto de vista, quizá esos grabados concéntricos o laberínticos podrían representar algún tipo de mandala, con una finalidad mística.

Naturalmente, esta visión no deja de ser una especulación más, pero a veces es preciso romper con los moldes establecidos para avanzar en las investigaciones. En este sentido, los análisis convencionales de estos petroglifos se han estancado en un callejón sin salida y no han aportado nada realmente convincente. Tal vez ya sería hora de plantear hipótesis más arriesgadas (de arqueología muy alternativa, si se quiere) que de alguna manera nos permitan salir de este paradigma tan dogmático que nos sigue insistiendo en la idea fija de que los antiguos eran primitivos, ignorantes y supersticiosos, y que no tenían un conocimiento científico de su entorno y del cosmos.

En cualquier caso, lo que es del todo evidente es que nosotros –anclados en la soberbia de una ciencia y una tecnología aparentemente avanzadas– somos incapaces de interpretar su profundo simbolismo. Porque está claro que los que grabaron esos signos sobre la piedra hace miles de años no lo hicieron para pasar el rato o para expresar cierto “arte”.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Historic Environment Scotland. Wikimedia Commons





[1] También conocida localmente como Druid Stone o “Piedra de los druidas”.

[2] Según algunos expertos, estos pies podrían ser un añadido muy posterior a los trazados originales.

[3] Esta labor fue llevada por un pequeño equipo de trabajo ayudado por una excavadora. Tras desenterrar la Piedra, ésta fue rociada por los bomberos con 2.000 litros de agua. Luego se pudo comprobar que después de tantos años, todavía se conservaban restos de pintura del trabajo de Mann, así como de las inscripciones de los turistas.

[4] Cairn: túmulo, mojón, hito o simple apilamiento de piedras.

[5] Tumbas realizadas con grandes losas más o menos rectangulares, a modo de cajas.

[6] De hecho, muchos petroglifos se asemejan más al típico laberinto circular, que se perpetuó en la iconografía antigua y medieval, como por ejemplo el famoso laberinto de la catedral de Chartres.

[7] Son muy destacables los petroglifos de la zona noroeste, especialmente los de Galicia, con una gran similitud a los de Escocia.


[8] En algún caso, empero, tal línea se muestra ondulante.

sábado, 8 de abril de 2017

Tesoros del pasado perdidos... o expoliados



Para desgracia de los arqueólogos, no sabemos realmente cuánto se ha conservado del pasado más remoto y cuánto hemos perdido. A veces tenemos referencias históricas –o incluso mitológicas– que nos hablan de multitud de realidades que se han desvanecido completamente con el paso de los milenios y que ya nunca podremos recuperar. En otros casos, tal vez los restos de ese pasado se mantengan ocultos –en un estado más o menos precario– en algún lugar recóndito a la espera que o bien las prospecciones arqueológicas o bien un golpe de fortuna los hagan salir a la luz. Y no obstante, muchas veces –aun habiendo encontrado tales restos–  la desidia, la dejadez, la falta de método u otros motivos provocaron la pérdida parcial o total del patrimonio arqueológico, sobre todo en los primeros tiempos de la ciencia arqueológica[1].

En cualquier caso, existe otra realidad bien conocida desde hace mucho tiempo que no es otra que el expolio o saqueo de yacimientos arqueológicos. Actualmente se asocia este fenómeno a la acción de excavadores clandestinos que llevan a cabo razzias en yacimientos arqueológicos sin ningún método ni cuidado y con el único afán de extraer y luego comercializar objetos de valor en el mercado ilegal de antigüedades[2]. Y si bien es cierto que a veces se recuperan los objetos expoliados, lo más frecuente es que –al no saber qué se ha podido hallar y dónde exactamente– esos artefactos desaparezcan para siempre para la investigación científica.

Ahora bien, es justo resaltar que el saqueo o expolio de yacimientos para fines privados se remonta a los inicios mismos de la arqueología y estaba protagonizado muchas veces por supuestos “arqueólogos”, que en realidad tenían mucho más de aventureros y de anticuarios que de auténticos científicos. Así pues, el simple objetivo de estas personas era acumular tesoros y antigüedades y llevárselos a sus países de origen, para ir a parar finalmente a museos o a colecciones privadas[3]. Lógicamente, en aquella época la protección del patrimonio histórico y cultural de todos los países estaba en pañales, y cuando no se conseguían los permisos oportunos se recurría a todo tipo de artimañas para excavar en el lugar deseado y transportar después los objetos hasta su destino final sin dar mayores explicaciones.

De este modo, desde los tiempos de Lord Elgin (el que se llevó los frisos del Partenón a Londres a principios del siglo XIX), se fue generando una cultura de expolio por parte de los exploradores occidentales, que actuaron con relativa impunidad en los cinco continentes sobre todo tipo de civilizaciones y culturas del pasado, por lo menos hasta bien entrado el siglo XX. El resultado es que muchos de los antiguos tesoros de esos pueblos ya no están en su lugar de origen y presumiblemente nunca van a volver allí.

Como ejemplo y explicación de esta casuística, me es grato presentar aquí un artículo del investigador italiano Yuri Leveratto sobre el expolio practicado en el famosísimo yacimiento peruano de Machu Picchu, un asunto turbio muy poco conocido y que todavía está lejos de solucionarse. Además, este artículo nos aporta interesantes datos sobre el origen y decadencia de esta ciudadela y nos revela que no fue Hiram Bingham –en contra de la creencia común– el descubridor de las ruinas en tiempos modernos. Lo que sí es cierto es que fue Bingham el que protagonizó la excavación sistemática de los restos de la ciudad durante tres años (1912-1915) y el que se encargó de trasladar varios miles de objetos arqueológicos incas a la Universidad de Yale, entre los cuales tal vez podría estar la momia del Inca Pachacutec, el monarca que mandó construir este fabuloso enclave.

 

El saqueo de Machu Picchu




El soberano de los Incas Pachacutec hizo construir, alrededor de 1440 d. C., un complejo urbano con edificaciones imponentes entre las cimas llamadas Machu Picchu y Huayna Picchu, no lejos del río Urubamba, en el actual Perú meridional. La ciudadela, cuyo nombre original era probablemente Picchu, quizá tuvo una función religiosa y fue poblada por dignatarios de casta alta cercanos al rey. El hallazgo de esqueletos de mujeres jóvenes hace pensar en las vírgenes del Sol y clasificaría al asentamiento como un Aclla o casa de las elegidas.
El asentamiento está dividido en una zona agrícola, constituida por terrazas cultivadas delimitadas por muros de contención y la zona urbana, donde se desarrollaron las principales actividades religiosas y cotidianas. Las dos áreas están divididas por un muro de aproximadamente 400 metros de largo, paralelo a una acequia que sirve para el desagüe.


La construcción de Machu Picchu (como se le denomina hoy: del quechua montaña vieja) en una zona geológicamente inestable, a altísima pluviosidad y ubicada entre dos montañas, fue una obra de ingeniería de máximo nivel. El sistema de drenaje de las aguas, constituido por 129 canales, es todavía hoy admirado como único. Los doscientos edificios aproximadamente fueron construidos teniendo en cuenta fenómenos astronómicos como los equinoccios y están destinados a coincidir con algunas estrellas durante particulares días del año. Casi todas las construcciones tienen un perímetro rectangular y los muros están formados de granito que fue elaborado con hachas de bronce, puesto que el hierro se utilizaba poco en el imperio incaico. En el sector alto, denominado Hanan, además de unidades residenciales, está el templo del Sol, utilizado para ceremonias relacionadas con el solsticio de junio; algunos estudiosos lo consideran como un mausoleo donde se conservó la momia de Pachacutec. En el sector alto, hay un patio cuadrado circundado por construcciones maravillosas: dos templos principales y una casa sacerdotal.


En el sector bajo, llamado Urin, se encuentra un gran edificio caracterizado por una sola puerta de ingreso. De algunos estudios se deduce que se trata de la Acllahuasi o casa de las mujeres elegidas, que se dedicaban a la religión y a la artesanía. En los cien años siguientes a su fundación, Machu Picchu prosperó. En los alrededores fueron fundados otros asentamientos como Patallacta y Quente Marca, que servían de base para las provisiones agrícolas de Machu Picchu.


En los años siguientes a la muerte de Pachacutec, sin embargo, Machu Picchu perdió parte de su importancia, puesto que debió competir con las posesiones personales de otros emperadores.


El monarca inca Manco-Capac
Cuando los españoles irrumpieron a la fuerza en la región de Cuzco, alrededor de 1534, muchos colonos agrícolas, llamados mitimaes, que habían sido obligados a trabajar en los valles vecinos, volvieron a sus tierras, abandonando la zona. Durante la resistencia de Manco Inca a la invasión de los españoles, algunos nobles que vivían en Machu Picchu se integraron en la corte del soberano incaico abandonando, por consiguiente, la ciudad.


Sin embargo, algunos documentos de la época prueban que Machu Picchu no permaneció del todo desierta en los años sucesivos, sino que pagaba un tributo a la ciudad de Ollantaytambo, en manos de los españoles. El último Curaca de Machu Picchu, Juan Macora, fue el líder espiritual de la ciudad hasta 1568. Después, nada más, sólo documentos y descripciones confusas.


Machu Picchu permaneció perdida en el olvido por más de 300 años, cuando un colono alemán de nombre Augusto Berns la visitó en 1867. Lamentablemente, el alemán no era un arqueólogo y tampoco una persona interesada en la historia o respetuosa con los hallazgos antiguos. El rudo aventurero constituyó una sociedad para la explotación de los tesoros auríferos que encontrara en el lugar, llamada Compañía Anónima Explotadora de las Huacas del Inca y, con el consentimiento del gobierno peruano de entonces, comenzó a saquear la ciudad y a vender innumerables manualidades de oro de enorme valor artístico e intrínseco a comerciantes sin escrúpulos.


En 1870, el estadounidense Harry Singer dibujó un mapa de la zona y, por primera vez, lo nombró Machu Picchu, probando que el lugar comenzaba a ser conocido. En 1902, Agostino Lizaraga, un propietario de tierras del Cuzco, visitó Machu Picchu con algunos de sus amigos.
 
Nueve años más tarde, el estadounidense Hiram Bingham, profesor de historia, llegó a Cuzco. Tuvo contacto con el arqueólogo Gabriel Cosio, que le describió a Machu Picchu. Bingham intuyó la posibilidad de conocer un lugar arqueológico de enorme importancia. Llegó allí poco después, guiado por otro peruano, Melchor Arteaga. El estadounidense se dio cuenta inmediatamente de que se encontraba frente a un lugar extraordinario.

H. Bingham en Machu Picchu
Con el apoyo de la Universidad Yale, de la National Geographic Society y del gobierno peruano, Bingham realizó cuidadosos estudios arqueológicos del 1912 al 1915, en cooperación con otros dos estadounidenses y varios peruanos. La existencia de Machu Picchu fue divulgada al mundo en 1913, mientras Bingham llevaba a cabo sus estudios.


El estadounidense, quien fue el primero en estudiar el lugar arqueológico, fue, sin embargo, el responsable de haber enviado a los Estados Unidos unos 46.332 hallazgos arqueológicos, que hoy en día se encuentran en la Universidad privada Yale, en la ciudad de New Haven, en Connecticut y no han sido todavía restituidos al gobierno de Perú.

Cientos de cajas que contenían momias enteras perfectamente adornadas, objetos de oro de valor inestimable, cerámicas finamente talladas y otros utensilios importantísimos para conocer la vida y la cultura de los Incas, fueron transportados en la espalda de mulas hasta el Cuzco y luego montadas en trenes hasta el puerto de Mollendo, ciudad del actual departamento de Arequipa, de donde se dirigieron, vía mar, hacia los Estados Unidos.

¿Quizás entre las momias sustraídas estaba aquella de Pachacutec? El gobierno de Lima, que había autorizado a Bingham a efectuar los estudios histórico-arqueológicos, se mostró impotente para detener el saqueo de Machu Picchu. Luego de este atraco, efectuado probablemente con la excusa de que en la Universidad Yale los hallazgos podían ser estudiados, Bingham obtuvo fama y poder y posteriormente fue elegido senador de los Estados Unidos y gobernador de Connecticut (en 1925).

Los objetos robados se encuentran aún hoy en la Universidad Yale. Sólo en los años 80’s del siglo pasado se comenzaron a estudiar y a catalogar. Actualmente, algunos hallazgos se exhiben en el museo Peabody en la Universidad Yale.

En los primeros años del siglo XXI, el gobierno peruano inició un proceso contra la Universidad Yale para obtener la restitución de los hallazgos substraídos. El actual gobierno peruano está, en cambio, llevando una política más suave para buscar un acuerdo con la Universidad Yale. Parece, sin embargo, que la Universidad puso condiciones para la restitución de aproximadamente 350 hallazgos, entre las cuales pide tenerlos por otros 99 años. Además, puso la condición de que se construya un museo (financiado por Perú) en el Cuzco, donde estos objetos puedan ser exhibidos. No está clara la suerte de los otros hallazgos.


En mi opinión, todos los 46.332 objetos injustamente sustraídos deben ser devueltos lo más pronto posible, sin condiciones de la Universidad Yale, al pueblo peruano, legítimo propietario. Debe, además, pagarse una compensación equitativa al gobierno peruano.

© Yuri Leveratto 2008


Fuente de imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor

 


[1] Otro asunto sería hablar de una “pérdida” deliberada de objetos, esto es, la ocultación, encubrimiento o destrucción de pruebas por oscuros motivos. Esta seria acusación ha sido realizada por determinados autores alternativos ante la ausencia incompresible de unos restos que se habían excavado y almacenado en su momento, como ocurre, por ejemplo, con el muy controvertido tema de los gigantes.

[2] Yo mismo, siendo estudiante, viví esta realidad al comprobar cómo unos clandestinos habían destrozado parcialmente el yacimiento de cultura ibérica en el que yo me iniciaba en la práctica arqueológica. Estas personas iban en busca de “tesoros” cuando el equipo arqueológico no estaba presente, normalmente recurriendo al detector de metales y al pico y la pala.


[3] Véase la anécdota sobre Giovanni Belzoni en el artículo sobre curiosidades de la arqueología en este mismo blog. Y hasta el propio Schliemann se llevó numerosos objetos de Troya para su colección particular, hecho por el que fue perseguido y sancionado por el Gobierno otomano.

jueves, 30 de marzo de 2017

Ni Von Däniken ni los académicos




Parece que actualmente se van acumulando más y más noticias sobre la posible existencia de vida inteligente fuera de nuestro planeta, avaladas incluso por instituciones tan oficiales como la propia NASA. Y mientras tanto, las viejas teorías sobre hipotéticas visitas extraterrestres en el pasado –lejos de ser olvidadas o marginadas– cobran nueva fuerza a través de los medios de comunicación y de Internet en particular. 

Así, desde fuera del fenómeno, da la impresión de nos quieren hacer creer en los alienígenas sí o sí, demostrando que están ahí fuera y que de hecho han estado con nosotros a lo largo de los milenios. Y a todo esto, el estamento científico oficial sigue instalado en su cómodo paradigma evolucionista y ha ido ignorando o despreciando cualquier asalto por parte de los proponentes de la teoría de los antiguos astronautas.

Podríamos considerar, en efecto, que a la hora de analizar el pasado más distante no puede haber dos posiciones más enfrentadas que la de los defensores de las paleovisitas y la del estamento académico arqueológico, pero... ¿es así realmente? ¿O son dos caras de una misma moneda? ¿O dos tendencias que se retroalimentan eficazmente la una a la otra? Propongo ahora una breve reflexión sobre este dilema en arqueología, que tiende a simplificar los debates y a escurrir el bulto de las verdaderas incógnitas sobre la historia más remota de la Humanidad.

E. Von Däniken
Por un lado, tenemos la citada teoría de los antiguos astronautas que fue popularizada por el investigador suizo Erich Von Däniken, que si bien no la ideó, sí le dio el empaque y la difusión necesaria para calar ente amplias capas sociales. La propuesta de Von Däniken partía, de hecho, de las observaciones realizadas por los autores del llamado realismo fantástico, que pusieron de manifiesto que el pasado estaba lleno de misterios e incongruencias que no tenían una explicación lógica, y que de algún modo la presencia de unos supuestos dioses que “civilizaron” (o incluso crearon) al ser humano era la que podía explicar tales incongruencias. Y como en aquella época la carrera espacial estaba en pleno auge y la ufología se instalaba como ciencia que trataba de relacionar los extraños fenómenos celestes con seres de otros planetas, no es de extrañar que Von Däniken llegase a una conclusión evidente: los dioses fueron en realidad astronautas venidos en sus naves de lejanos planetas. Así pues, todas las maravillas arquitectónicas o técnicas que no parecían encajar en un mundo antiguo y primitivo, debían ser –por fuerza– obra de unos seres avanzados no humanos.

Y detrás de este modelo de pensamiento, vemos que Von Däniken asume que el escenario histórico propuesto por el mundo académico es básicamente correcto, al aceptar que el ser humano de la Prehistoria –e incluso de las primeras civilizaciones–estaba en un estadio muy primitivo de conocimiento y que sus habilidades, medios y recursos para emprender según qué gestas eran simplemente insuficientes. Así pues, no se podía esperar gran cosa de los humanos de la Edad de Piedra, y en consecuencia se debería deducir que para llevar a cabo determinados logros necesitasen la ayuda o colaboración de unos seres humanoides mucho más avanzados, que lógicamente eran los alienígenas. Por lo tanto, las grandes pirámides, los enormes monumentos megalíticos, la ciudad de Tiwanaku o la de Teotihuacán, los artefactos como la pila de Bagdad, las bombillas de Dendera o el mecanismo de Antikythera, etc. serían el resultado de una intervención extraterrestre.

Naturalmente, si ahora nos vamos al ámbito académico de la arqueología, nos encontramos con una férrea oposición a la posibilidad de las visitas extraterrestres. Desde su visión darwinista, los académicos plantean una evolución biológica y cultural de la Humanidad, pasando a través de los siglos de lo más primitivo a lo más avanzado. No obstante, el escenario de Von Däniken podría suponer un dolor de cabeza para estas explicaciones evolutivas pues no pueden negar que hay unos restos, unos objetos y unos conocimientos muy notables en un contexto aparentemente demasiado antiguo. ¿Cómo solucionan pues este dilema?

La gigantesca Piedra del Sur (Baalbek)
La interpretación tradicional frente a las proclamas altisonantes de Von Däniken ha sido precisamente rebajar sus expectativas y diluir los supuestos misterios. Así, al hablar de conocimientos astronómicos, tallado y transporte de grandes bloques y otros asuntos polémicos, la ortodoxia afirma que no hay para tanto y que todo estaba al alcance de las antiguas culturas humanas de hace miles de años. Por tanto, consideran –por ejemplo–que el asunto del trabajo de la piedra no era especialmente complicado aunque sí muy lento y laborioso, pero que podía hacerse con herramientas simples, y mucha habilidad y esfuerzo. Todo ello se plasmaba en edificaciones propias de la época como templos, tumbas, pirámides, etc., que encajan perfectamente en el marco cronológico de hace unos pocos miles de años.

Otra cosa, desde luego, es que podamos ponerle muchos peros a tales interpretaciones, pues muchas veces los argumentos esgrimidos se salen por la tangente, acudiendo a axiomas mantenidos durante décadas o a simples suposiciones y conjeturas. Y ello por no citar los proyectos de arqueología experimental, que a veces ofrecen resultados inciertos o fracasan estrepitosamente. Esto no implica, claro está, que los antiguos no pudieran realizan obras enormes o alcanzar logros sobresalientes con los medios y metodologías que teóricamente estaban a su disposición, pero hay ciertos límites que no pueden ser sobrepasados. El problema es que la ortodoxia mete todo en el mismo saco y se desentiende de lo que no puede explicar de una manera convincente.

Civilización: ¿con o sin alienígenas?
En cualquier caso, si comparamos ambas visiones, vemos que ambas comparten un mismo sustrato conceptual, un evolucionismo rígido que pone al hombre del pasado remoto en un estadio de barbarie e ignorancia que fue progresivamente superado gracias al fenómeno de la civilización. La clave está en que los académicos ven la civilización como un proceso “natural” derivado de la evolución cultural de la Edad de Piedra[1], mientras que Von Däniken y todos sus seguidores (muy en especial Sitchin) no creen en el salto evolutivo espontáneo sino en la intervención directa de unos seres extraterrestres que crearon y tutelaron al ser humano en sus primeras fases de desarrollo.

Lo cierto es que, a día de hoy, no hay pruebas fehacientes e irrefutables de esas visitas alienígenas pese a los miles de libros y documentales que se han realizado al respecto. Personalmente, desde la discrepancia, creo que la labor de Erich Von Däniken merece un respeto y un reconocimiento porque durante décadas ha estado investigando numerosos temas espinosos y ha realizado cientos de preguntas incómodas al estamento académico desde su posición de investigador dominguero (tal como él mismo se definió). Sin embargo, su falta de erudición y su obstinada fijación en una tesis intocable le hizo cometer muchísimos errores y deslices, por no mencionar algunos intentos de manipulación y fraude y la siempre presente sombra del negocio literario por encima de cualquier consideración científica.

Ahora bien, para ser sinceros y justos, tampoco podemos negar al 100% que existan civilizaciones extraterrestres en lejanos planetas o que las famosas paleovisitas no hubieran tenido lugar. Este es el clásico problema de intentar demostrar que algo no existe, lo cual es absurdo, y de hecho no es el objetivo de la ciencia. Así pues, la teoría de los antiguos astronautas merece una consideración dentro del ámbito científico pero no deja de ser simplemente un escenario posibilista que algunos nos quieren vender como realidades irrefutables a partir de unas supuestas pruebas basadas en el paradigma que ya hemos comentado: “si es demasiado avanzado, debe venir de otro planeta”.

El dios Quetzalcoatl
A su vez, el mundo académico no ve nada de extraño en los logros del pasado y acusa a los paleoastronáuticos de menospreciar la grandeza de las antiguas civilizaciones. Y por supuesto, cualquier mención a dioses, semidioses, héroes, Edades de Oro, etc. es enviada al cómodo cajón de sastre de las mitologías, las creencias y la superstición propia de los antiguos. En cualquier caso, consideran que el ser humano nunca ha estado tan avanzado en conocimientos y tecnología como en el momento actual, siguiendo la ortodoxia evolucionista, y por tanto no se puede admitir que en algún momento nuestros antepasados estuviesen situados en un estadio superior de desarrollo.

De este modo, el mundo académico se siente muy cómodo al tener como oponente principal a esos lunáticos que hablan abiertamente de extraterrestres, tecnologías fantásticas y platillos volantes porque les resulta muy fácil ridiculizarlos o ignorarlos, como ya hizo en su día Carl Sagan, auténtico estandarte de la ciencia moderna frente a los creyentes en las pseudociencias. Basta citar, por ejemplo, esta declaración inequívoca de Sagan para ver por dónde van los tiros:
“El interés mostrado por los ovnis y los astronautas antiguos parece derivar, al menos en parte, de necesidades religiosas insatisfechas. Pon lo general, los extraterrestres son descritos como seres sabios, poderosos, llenos de bondad, con aspecto humano y frecuentemente arropados con largas túnicas blancas. Son, pues, muy parecidos a dioses o ángeles que, más que del cielo, vienen de otros planetas, y en lugar de alas usan vehículos espaciales. El barniz pseudocientífico de la descripción es muy escaso, pero sus antecedentes teológicos son obvios. En la mayoría de los casos los supuestos astronautas antiguos y tripulantes de ovnis son deidades escasamente disfrazadas y modernizadas, deidades fácilmente reconocibles. Un informe británico reciente sobre el tema llega incluso a señalar que es mayor el número de personas que creen en la existencia de visitantes extraterrestres que en la de Dios.”[2]
Pero no hace falta ser muy avispado para apreciar que esta polaridad centrada en la presencia o no de alienígenas es en realidad un debate distorsionado e incompleto, que trata de poner o quitar a los extraterrestres como recurso para explicar determinadas anomalías arqueológicas. Es evidente que ambos bandos no están demasiado interesados en explorar una vía alternativa que rompe completamente con la concepción evolucionista, y que no es otra que la historia cíclica. Así pues, según este escenario ya expuesto por muchas culturas antiguas en todos los continentes, el tiempo no es lineal sino cíclico... y tampoco son precisos los extraterrestres para explicar según que cosas. De alguna manera, esta línea es la que mantienen –con matices– algunos autores como Graham Hancock o John Anthony West, que creen en la existencia de una Edad de Oro o civilización desaparecida que precedió a las primeras civilizaciones conocidas y a las que transmitió muy tenuemente su legado, ya que se produjo una evidente caída o degeneración.

El "mundo perdido"
Desde este enfoque, los alienígenas no son en absoluto necesarios, porque esos dioses de Von Däniken seríamos nosotros mismos en un estadio superior de conciencia que posibilitaría la realización de esos grandes logros que la ciencia oficial atribuye a las antiguas civilizaciones. Dicho de otro modo, los “superhumanos” de esa remota época vivirían en un entorno de alta tecnología (pero no como la nuestra) y serían capaces de llevar a cabo obras que hoy nos parecen una barbaridad por sus dimensiones y complicaciones técnicas[3]. Y en este escenario podemos especular con la idea de que la Atlántida citada por Platón –y otras realidades similares mencionadas en otras tradiciones antiguas– podría simbolizar esa Edad de Oro, aunque lógicamente los antiguos no podían reconstruir la grandeza y complejidad de ese pasado mítico y tenían que referirse a él en términos comprensibles para ellos mismos.

En consecuencia, esta propuesta de un mundo anónimo desaparecido –pero humano–rompe con la idea de Von Däniken de que ciertas maravillas del pasado se debieron a la irrupción puntual de unos astronautas venidos de Dios sabe dónde. Asimismo, pone de manifiesto que la rígida visión de que no hay ninguna anomalía –según defienden los académicos– no es aceptable, pues tratar de encajar “con calzador” unas realidades que incluso hoy en día superan a nuestro saber más avanzado es un ejercicio de hipocresía y de falta de rigor científico.

Y ahí está el eterno mito de la caída del hombre. La pérdida de su poder, de su mayor nivel de conciencia. Quizá esa sea la clave para poder avanzar en el estudio de la historia más remota y extraer conclusiones. No avanzamos, sino que retrocedemos. Como repetidamente ha dicho Graham Hancock: somos víctimas de una enorme amnesia histórica.

© Xavier Bartlett 2017


[1] Representada básicamente por lo que el arqueólogo Gordon Childe llamó “revolución neolítica”, un cambio radical en las formas de vida, pasando de una mera subsistencia a partir de la caza y recolección a una sociedad compleja y diversificada, basada en la producción y acumulación de alimentos y bienes.
[2] SAGAN, C. El cerebro de Broca. Ed. Grijalbo, 1984.
[3] Esto implica, obviamente, que la arqueología oficial ha interpretado y datado incorrectamente muchos monumentos de la Antigüedad o ha querido pasar por alto ciertas anomalías que resultan mucho más significativas para arquitectos o ingenieros.

domingo, 19 de marzo de 2017

¿Existió el mítico oricalco de la Atlántida?


Ya es cosa habitual que con cierta frecuencia vayan apareciendo noticias, artículos, libros y documentales sobre la mítica Atlántida de Platón, un tema que la arqueología alternativa ha explotado hasta la saciedad desde casi todos los enfoques. A su vez, la arqueología académica se ha mantenido discretamente al margen por considerar que el relato de Platón es pura literatura, una ficción que hunde sus raíces en la mitología y que carece de veracidad histórica[1]. A este respecto, los expertos académicos se remiten una y otra vez a la falta de pruebas históricas, arqueológicas o geológicas mínimamente fiables que respalden la existencia del continente atlante y su fabulosa civilización.

Sin embargo, cualquier pista en forma de hallazgo arqueológico que pueda relacionarse con la Atlántida –aunque sea de manera especulativa o forzada– no deja de atraer tanto a los investigadores alternativos como a algunos arqueólogos ávidos de ofrecer grandes descubrimientos. En este sentido, hace apenas un par de años saltó a los titulares de los medios de comunicación el hallazgo de un pecio griego hundido en el Mediterráneo en el siglo VI a. C. que transportaba unos lingotes de un raro metal que supuestamente era propio de la Atlántida. 

Lingotes hallados en el Mar de Gela (fuente: Ansa)
Concretamente, la noticia hablaba de una nave griega hallada a poca profundidad y cerca de la costa, en el Mar de Gela (al sur de Sicilia), por un equipo de arqueólogos subacuáticos de la asociación Mare Nostrum. Entre los restos del pecio –ya localizado y explorado desde hacía algún tiempo– los buzos identificaron 39 lingotes de un metal dorado que despertó la atención de los expertos. El arqueólogo y Superintendente del Mar de la región de Sicilia, Sebastiano Tusa, declaró a los medios que se habían recuperado diversos objetos del cargamento del barco entre los cuales había abundante cerámica griega, una rueda de molino y una estatuilla de la diosa Démeter. No obstante, lo más valioso parecía ser el conjunto de esos 39 lingotes dorados, ya que se trataría de una prueba arqueológica de la existencia del metal llamado oricalco u orichalcum, un material que aparece citado en los diálogos de Platón –el Timeo y el Critias– en que se describe la Atlántida.

El dios Poseidón y los restos de la Atlántida
De hecho, en el Critias se dice literalmente: “...la isla les proporcionaba la mayor parte de las cosas necesarias para vivir; primeramente cuanto es extraído del suelo por la minería era sólido y fusible, y lo que ahora únicamente se nombra, entonces era más que un nombre, el oricalco, extraído de muchos lugares de la isla y el más preciado por los de entonces con la excepción del oro...”[2] Los atlantes tendrían en gran estima al oricalco por su reluciente brillo, que simbolizaría el fuego que poseía, y tendría un alto valor religioso dado que –según algunos cronistas de la Antigüedad– se empleaba en el culto a Poseidón (dios de los mares) y a otras divinidades del panteón griego. En cuanto a su origen, y según la etimología griega, oricalco significa “cobre de la montaña”, lo que de algún modo ha hecho considerar a muchos expertos en mineralogía que dicho metal era semejante al cobre o bien que era una aleación de cobre con otros metales como el zinc y el plomo, lo que se conoce desde tiempos de los romanos con el nombre popular de latón dorado.

Por de pronto, los análisis realizados sobre los lingotes hallados en los restos del pecio mostraron que, en efecto, contenían un alto porcentaje de cobre (hasta el 80%), en tanto que el 20% restante sería casi todo de zinc, con trazas de níquel, hierro y plomo.  Ahora bien, pese a que estos datos han llevado a algunos a afirmar que se ha descubierto el “auténtico” oricalco y que por tanto es una sólida prueba de la existencia de la Atlántida, habría que ser muy cautelosos y rebajar las expectativas planteadas, puesto que ciertos investigadores y medios de información tienden a sobredimensionar según qué noticias arqueológicas[3] y a extender el sensacionalismo simplemente para atraer más atención, patrocinios o lectores. Vamos a repasar pues las principales incógnitas acerca del oricalco y también algunas teorías más o menos atrevidas sobre este metal y su relación con la ubicación de la Atlántida.

En primer lugar, tenemos la gran duda de si Platón se inventó el oricalco –inspirándose quizá en algún metal conocido en su época– o si realmente se refirió a un metal auténtico. Para ser sinceros, a día de hoy sólo tenemos especulaciones, basadas en posibles relaciones entre diversos metales y aleaciones y el escurridizo oricalco. Tomando literalmente el Critias, que habla de la extracción del oricalco en muchos lugares de la isla (la Atlántida), deberíamos descartar la hipótesis de la aleación de varios metales, ya que la fuente habla de un solo material. Asimismo, Platón sugiere que ya en su época (siglo V-IV a. C.) el oricalco no era más que un nombre, esto es, que se había perdido en la noche de los tiempos. Aquí podríamos lanzar la conjetura de que se tratase de un metal que muy probablemente se extraía únicamente de las minas de la Atlántida y de ningún otro lugar, y que por tanto al desaparecer el continente-isla se habría perdido para el resto del mundo en una era remota[4].

Moneda del emperador Claudio en latón (oricalco)
En segundo lugar, aun pasando por alto la controversia de la aleación, no hay forma de equiparar el latón dorado al oricalco de manera segura. Podemos admitir que es una aproximación válida pero no disponemos de suficientes elementos de contraste para certificar esa relación. Ni siquiera los citados lingotes hallados en el mar de Gela son una prueba concluyente, puesto que vincular una aleación conocida y utilizada en el siglo VI a. C. –el auténtico latón dorado– con un metal supuestamente desaparecido muchos milenios atrás es un mero ejercicio especulativo. Así, sabemos que ese latón ya fue empleado en el Mundo Antiguo, por ejemplo, para acuñar monedas y para realizar objetos ornamentales de gran valor, y es muy posible que dichos lingotes estuvieran destinados precisamente a la acuñación de moneda. Pero nada parece sugerir, según las escasas referencias antiguas al oricalco, que este metal legendario tuviese la misma composición que el latón dorado; de hecho, nadie sabía exactamente en qué consistía el oricalco.

Otro asunto sería plantear que los tiros no fueran por ahí y que el oricalco fuese en realidad una cosa bien diferente de lo que propone la mayoría de expertos. En este sentido, se han formulado al menos dos vías alternativas, una “no metálica” y otra “metálica”, la cual incluye una cierta complejidad, dado que propone una hipótesis de trabajo bastante heterodoxa sobre el origen y la localización de la Atlántida.

Orfebrería tartesia (tesoro de El Carambolo)
Lo que sería la vía “no metálica” ha sido defendida por algunos investigadores que consideran que el oricalco no era en sí un metal (fuese en aleación o no) sino ámbar[5], una piedra semipreciosa, ya muy buscada y cotizada en la Edad del Bronce, que sería extraída en la región báltica y luego comercializada en el ámbito mediterráneo a través del casi mítico territorio de Tartessos, al sudoeste de la Península Ibérica. Esta hipótesis, desde luego, da por hecho que la Atlántida se debería situar en el Mediterráneo o muy próxima a éste –según la literalidad de la narración platónica– y que Tartessos podría tener una relación directa con la Atlántida, si es que no era ella misma, más o menos desfigurada o reinterpretada por Platón, que la habría tomado como modelo o inspiración para su historia. 

Y si nos olvidamos por un momento del ámbar, cabe resaltar que el sudoeste peninsular siempre ha sido una rica región minera con abundancia de diversos metales y con una avanzada metalurgia y orfebrería en la Edad del Bronce (época en la que se desarrolló la cultura tartesia). Sobre la identificación de Tartessos con la Atlántida ya escribí en su día un extenso artículo, sobre todo a partir de las antiguas investigaciones de Schulten y las más modernas de Díaz-Montexano, por lo cual me remito a ese material para no desviarme ahora del argumento sobre el oricalco.

De todas formas, aun reconociendo la alta valoración del ámbar en el Mundo Antiguo y su relación con las antiguas civilizaciones mediterráneas, tampoco podemos establecer conexiones con el oricalco atlante sólo porque el ámbar sea de color amarillo (o miel) y relativamente brillante. Además, se ha de tener en cuenta que en época de Platón el ámbar era un material bien conocido y apreciado, lo cual no casa con un metal del cual sólo quedaba el nombre. Pero, claro, si admitimos tácitamente que Platón se pudo tomar las oportunas licencias poéticas y literarias, casi todo es posible.

Paisaje del Altiplano boliviano
Si nos vamos ahora a la vía “metálica”, entonces se abren nuevas puertas a toda una visión alternativa sobre la Atlántida. Así, frente a los muchos que sitúan el mítico continente en el Mediterráneo o bien en medio del Atlántico, existe una corriente de investigadores que lo ubican en América del Sur (y más específicamente en los Andes), coincidiendo con las opiniones de algunos autores heterodoxos que propugnan el nacimiento de la civilización en aquellas tierras y no en Mesopotamia o Egipto. Uno de los representantes más destacados de esta línea de investigación es el cartógrafo británico James Allen, que ha estado varias veces en el Altiplano andino buscando las huellas de la Atlántida a partir del relato platónico.

En síntesis, lo que viene a exponer Allen es lo siguiente: Tomando la referencia de que la Atlántida estaba “más allá de las columnas de Hércules” (estrecho de Gibraltar) y que no hay ni hubo –en su opinión– ninguna isla grande o continente en medio del océano Atlántico, por fuerza Platón debía referirse a Sudamérica. A partir de este punto, Allen ha estudiado la descripción platónica y ha identificado la enorme llanura rectangular cercana al mar y rodeada por montañas con el Altiplano de los Andes, incluso con una cierta paridad en las medidas. Por otro lado, esta llanura contendría el famoso canal de unos 180 metros de ancho citado en los diálogos y que divide en dos esta vasta región.

Vista de Pampa Aullagas junto al lago Poopó
En cuanto a la capital de los atlantes, situada en la misma llanura y conectada al mar por el gran canal, Platón habla de un terreno elevado rodeado por unos anillos concéntricos de canales de tierra y agua. Esta localización específica, según Allen, se correspondería con un terreno elevado llamado Pampa Aullagas, junto al lago de Poopó, que tendría cierta semejanza en algunas dimensiones y formas (incluyendo supuestos canales circulares) con lo narrado por Platón, si bien no hay allí ninguna estructura artificial reconocible.

Puerta del Sol (Tiahuanaco)
Por supuesto, Allen contempla el escenario de que el paisaje actual sudamericano ha sufrido fuertes cambios a lo largo de los milenios y que posiblemente hace varios miles de años las aguas llegaron hasta esta zona, ahora muy seca, y que progresivamente se fueron retirando hasta quedar concentradas en unas pocas áreas húmedas y lagos, como el famoso Titicaca, situado junto al imponente enclave de Tiahuanaco. Así pues, para Allen y otros autores, Tiahuanaco podría ser un legado de la Atlántida, uno de los diez reinos que existían en el continente, y que entonces tendría incluso un puerto que lo conectara al océano, pues en la zona próxima de Puma Punku se han apreciado grandes estructuras que parecen embarcaderos o muelles. Además, algunas prospecciones subacuáticas realizadas en el Titicaca han señalado la presencia de bloques de piedra y posibles estructuras artificiales, lo cual demostraría la gran antigüedad de esos restos, que un día estuvieron lógicamente en la superficie. Y todo ello estaría en la línea de las primeras investigaciones a cargo del arqueólogo Arthur Posnansky, que dató el conjunto de Tiahuanaco en nada menos que 15.000 a. C. (una era “antediluviana”) a partir de unas observaciones arqueoastronómicas llevadas a cabo en el Kalasasaya[6].

No obstante, en lo que atañe propiamente al mítico oricalco, la investigación de Allen nos ofrece una pista nada desdeñable, aunque sin salir aún del ámbito de las conjeturas. En efecto, el Altiplano (sobre todo en Bolivia) acoge una riqueza mineralógica más que notable, lo que incluye la presencia de aleaciones naturales muy poco frecuentes o inexistentes en otros lugares. Y en entre esta variedad, cabe destacar que en las minas de Urukilia se halla una rara aleación pura de oro y cobre –que no existe en ningún otro rincón del planeta– con la que las culturas nativas de la región realizaron numerosos objetos de un característico brillo dorado.

Por un lado, este dato podría recordarnos al oricalco por el hecho de combinar cobre y oro, lo que se traduce en un brillo muy destacado y porque de alguna manera cumple lo expresado en el Critias: “era el más preciado con excepción del oro”. Pero, por otro lado, el texto platónico afirma que el oricalco se podía encontrar en muchos lugares de la isla (se debe suponer toda Sudamérica), lo que no concuerda con una localización tan específica. Y desde luego, todo ello dando por buena la identificación del Altiplano con la Atlántida, propuesta que ha sido totalmente desestimada por el mundo académico pero también por muchos investigadores alternativos.

Recreación artística de la Atlántida
Así pues, en conclusión, si descartamos que el oricalco perviviese en el Mundo Antiguo y fuese básicamente lo mismo que el latón dorado, no tenemos prueba alguna de la existencia o la naturaleza de este metal legendario, que tal vez fuera una aleación de cobre (con oro u otros metales) pero tal vez no. En cualquier caso, situar avanzados conocimientos de metalurgia hace más de 11.000 años parece algo bastante alejado de lo que la ortodoxia académica sostiene sobre la Prehistoria y la Edad de los Metales, a menos que queramos ubicar cronológicamente la Atlántida en una época mucho más moderna, como han apuntado diversos autores. Sea como fuere, se mantiene la eterna incógnita de situar la Atlántida en un lugar y un tiempo claramente reconocibles en el registro arqueológico, pese a las múltiples teorías y propuestas emitidas desde hace siglos hasta hoy en día. Entretanto, el valioso oricalco seguirá en el mismo limbo de indefinición que muchos otros elementos que el filósofo Platón atribuyó al mítico continente.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Asimismo, muchos expertos consideran que no era más que una metáfora moralizante o filosófica acerca de un estado ideal que se echa a perder por la falta de virtud.
[2] Critias, 114 e
[3] Véase al respecto el artículo “La arqueología como espectáculo” de este blog.
[4] Cabe recordar que Platón situaba la desaparición de la Atlántida 9.000 años antes de su época, siempre a partir del relato de Solón, a su vez basado en el relato de los sacerdotes egipcios.
[5] Originalmente, un tipo de resina vegetal fosilizada, principalmente de coníferas. Existen dos grandes centros de extracción de ámbar: Centroamérica y la Europa Nórdica.
[6] Por otro lado, es oportuno citar que los restos de esta ciudad apenas han sido explorados; se calcula que sólo se ha excavado un 5% del total. Pero algunos datos han llamado la atención del arqueólogo Neil Steede, que se ha fijado en unas grapas metálicas que unían los grandes bloques de piedra, y que –tras ser analizadas– mostraron ser una aleación de cobre y níquel, operación que precisa de una temperatura de unos 3.500º. Sin embargo, esta tecnología sólo estuvo disponible desde los años 30 del siglo pasado...