jueves, 13 de julio de 2017

John Major Jenkins (1964-2017)


Lamentablemente, el 2 de Julio fue un día fatídico para la ciencia alternativa. En el mismo día en que nos dejaba el doctor Hamer, también fallecía víctima del cáncer el investigador norteamericano John Major Jenkins, un arqueólogo amateur que se introdujo en el ámbito alternativo en su profundo estudio de la civilización maya, a la que dedicó muchos años de investigación. Fruto de sus trabajos, nació la Teoría del Alineamiento Galáctico, por la cual vino a proponer que los mayas –gracias a las observaciones astronómicas acumuladas durante siglos– fueron capaces de seguir los movimientos del sol con una enorme precisión y calcularon el momento en que estaría perfectamente alineado con el núcleo central de nuestra galaxia, la Vía Láctea, la famosa fecha del 21 de diciembre de 2012.

Y precisamente su aportación vino a coincidir en el tiempo con el llamado fenómeno 2012, en que se escribieron montañas de libros y artículos, se realizaron incontables documentales y se expandió por todo el planeta una histeria social ante la posibilidad un cierto fin del mundo, que muchos ya daban por hecho. Jenkins, desde su sólido conocimiento de los mayas y de su complejo calendario de la Cuenta Larga (que abarca más de 5.000 años), se mantuvo bien al margen de esta tendencia y se desmarcó tanto del sensacionalismo como del catastrofismo e incluso criticó con datos y argumentos bien razonados las propuestas de algunos escritores más o menos oportunistas. Esta reflexión sobre el 2012 la plasmó en su libro The 2012 Story: The Myths, Fallacies, and Truth Behind the Most Intriguing Date in History (“La historia del 2012: Los mitos, las falacias y la verdad detrás de la fecha más intrigante de la historia”). A pesar de ello, y quizá también por el hecho de “ir por libre”, Jenkins fue criticado por los académicos especializados en la cultura maya, que no aceptaron su visión, a la que metieron en el mismo saco que otros “visionarios del 2012”.

En fin, sé que Jenkins es un personaje relativamente secundario y desconocido para muchos, pero creo que valía la pena rescatarlo de su olvido, aunque sea en tan luctuoso momento, y reincidir en que la exploración de las vías alternativas combinando el conocimiento ortodoxo con nuevos enfoques teóricos es un camino bien válido para seguir avanzando en el reconocimiento científico de la arqueología alternativa, al menos cuando ésta se atiene al rigor, al método y a las pruebas.

© Xavier Bartlett 2017
 

lunes, 10 de julio de 2017

Sobre el origen del hombre (1ª parte)



El artículo que presento a continuación reincide en las últimas incursiones en el tema de la evolución humana y el darwinismo en general, y viene de la mano del prestigioso biólogo español Máximo Sandín, al cual ya he mencionado varias veces en este blog. Para los que no lo conozcan, basta decir que Máximo Sandín fue profesor de Biología en la Universidad Autónoma de Madrid durante 35 años, hasta su reciente retiro. Sandín se ha situado siempre en una posición crítica al darwinismo ortodoxo por considerarlo acientífico y dogmático en muchos aspectos. Entre sus obras podemos destacar: Lamarck y los mensajeros (1995) Madre Tierra, Hermano Hombre (1998), Pensando en la evolución, pensando en la vida (2006),  y Darwin, el sapo y la charca (2009). También ha publicado numerosos artículos en los que ha desarrollado sus tesis críticas sobre un cierto pensamiento único y sesgado, que van más allá del campo biológico, pues se extienden al conjunto de la ciencia, la sociedad y la economía. Su sitio web es: www.somosbacteriasyvirus.com.

En este extenso documento, que publicaré en tres partes, el disidente Sandín saca a relucir las miserias y sesgos del evolucionismo ortodoxo con relación a la aparición del ser humano sobre el planeta, y lo hace aportando numerosos argumentos biológicos y antropológicos, pero también metodológicos, dejando bien a las claras que el darwinismo está repleto de prejuicio, manipulación y falsedad, y que en realidad responde más a una ideología o una cosmovisión que a una teoría científica. En la primera parte se aborda específicamente la base ideológica y teórica de la evolución por selección natural, en la segunda se repasa el galimatías de la cadena evolutiva humana, mientras que la tercera parte se centra en el origen del hombre en la Península Ibérica. 

En fin, ya va siendo hora de desmontar la rigidez y la arrogancia de los defensores del actual paradigma, poniendo bien de manifiesto que sus verdaderos opositores no son una pandilla de fanáticos pseudocientíficos procedentes del fundamentalismo religioso. Antes bien, existe una minoría de voces cualificadas que, apelando al propio espíritu científico, ha puesto el dedo en la llaga al criticar el evolucionismo como una especie de religión científica que en el fondo sólo aspira a sustituir a las antiguas religiones en la mente de la población, aportando verdades absolutas que los adeptos o creyentes deben asumir sin vacilación. Así pues, y aunque todavía estemos lejos de  tener todas las respuestas sobre el origen del hombre, al menos podemos empezar a cuestionarnos el modelo impuesto por Darwin y sus secuaces, a la espera de seguir avanzando por el camino correcto con nuevas investigaciones y pruebas.   



“Con respecto a las cualidades morales, aun los pueblos más civilizados progresan siempre eliminando algunas de las disposiciones malévolas de sus individuos. Veamos, si no, cómo la transmisión libre de las perversas cualidades de los malhechores se impide o ejecutándolos o reduciéndolos a la cárcel por mucho tiempo. [...] En la cría de animales domésticos es elemento muy importante de buenos resultados la eliminación de aquellos individuos que, aunque sea en corto número, presenten cualidades inferiores.”

Charles Darwin. El Origen del Hombre.

El mundo según Darwin, o un observatorio privilegiado


Debido a su especial condición, el campo de estudio de la evolución humana (el estudio de nuestra propia historia y naturaleza biológicas) es, quizás, la disciplina científica en la que resulta más aplicable el repetido aforismo científico de que “la teoría influye en las observaciones”. Es decir, asumida una base teórica como cierta, las “observaciones objetivas de la realidad” son, en muchas ocasiones, interpretaciones elaboradas en función de lo que creemos cómo debería de ser si ésta operase tal y como nos predice la teoría.

Supuestamente, las teorías científicas pretenden estar basadas en observaciones objetivas de los hechos que describen, pero, incluso para la Física, la ciencia que probablemente ha alcanzado el máximo nivel de precisión en la predicción de los resultados con la Mecánica Cuántica, la interpretación de la realidad depende de la perspectiva desde que se la observe. Y, si esto es así, la cita que encabeza este escrito nos puede aportar algunos indicios sobre las coordenadas, tanto espaciales como temporales, que definían la situación del observatorio desde el que Darwin describía su realidad.

Una primera coordenada puede ser la referida al contexto cultural, que nos sitúa en los valores de la sociedad victoriana, imbuidos de la concepción calvinista de que unas personas están predestinadas para la salvación y otras a la condenación, y que los “elegidos de Dios” son las personas laboriosas y virtuosas. Por eso Darwin muestra su preocupación por la proliferación de las “cualidades inferiores” en su sociedad: “Existe en las sociedades civilizadas un obstáculo importante para el incremento numérico de los hombres de cualidades superiores, sobre cuya gravedad insisten Grey y Galton, a saber: que los pobres y holgazanes, degradados también a veces por los vicios, se casan de ordinario a edad temprana, mientras que los jóvenes prudentes y económicos, adornados casi siempre de otras virtudes, lo hacen tarde a fin de reunir recursos con que sostenerse y sostener a sus hijos. [...] Resulta así que los holgazanes, los degradados y, con frecuencia, viciosos tienden a multiplicarse en una proporción más rápida que los próvidos y en general virtuosos.”

Típica imagen de una fábrica del siglo XIX
La segunda coordenada la aporta el contexto histórico. En pleno auge de la Revolución Industrial y de la expansión colonial británica, las masas de desheredados que abarrotaban las calles de las grandes ciudades industriales, y que constituían lo que Darwin denominaba las clases entregadas a la destemplanza al libertinaje y al crimen debían ser controladas, y qué mejor forma que eliminando sus malas disposiciones que, naturalmente, eran innatas, en bien del progreso. En lo que respecta a las relaciones entre las naciones “civilizadas” y los pueblos “primitivos”, están dirigidas por una lógica semejante: “Cuando las naciones  civilizadas entran en contacto con las bárbaras, la lucha es corta, excepto allí donde el clima mortal ayuda y favorece a los nativos.” La consecuencia de este fenómeno normal es inevitable: “Llegará un día, por cierto, no muy distante, que de aquí allá se cuenten por miles los años en que las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazado a todas las salvajes por el mundo esparcidas [...] y entonces la laguna será aún más considerable, porque no existirán eslabones intermedios entre la raza humana que prepondera en civilización, a saber: la raza caucásica y una especie de mono inferior, por ejemplo, el papión; en tanto que en la actualidad la laguna sólo existe entre el negro y el gorila.”

El medio social en el que Darwin se desenvolvía, aporta una tercera coordenada que era, según él, determinante para la actividad intelectual: “La presencia de un cuerpo de hombres bien instruidos que no necesitan trabajar materialmente para ganar el pan de cada día, es de un grado de importancia que no puede fácilmente apreciarse, por llevar ellos sobre sí todo el trabajo intelectual superior (del) que depende principalmente todo progreso positivo, sin hacer mención de otras no menos ventajas.” Efectivamente, Darwin heredó de su padre una importante fortuna, que incrementó considerablemente mediante la boda con su prima Emma Wedgwood, nieta de Josiah Wedgwood, propietario de la famosa fábrica de porcelanas “Etruria” (proveedora de la Real Casa), y que decidió tras un meticuloso cálculo sobre la herencia que le correspondía (Thuillier, 1990). Fortuna que redondeó, posteriormente, mediante sus actividades como prestamista (Hemleben, 1971). Como él mismo escribe en sus memorias: “Pero poco después me convencí, por diversas circunstancias, de que mi padre me dejaría herencia suficiente para subsistir con cierto confort, si bien nunca imaginé que sería tan rico como soy” (Autobiografía). En el contexto de la Inglaterra victoriana parece razonable suponer que esta condición, junto con el hecho de que tres años después de su boda, a los treinta años, se instaló en su residencia, Down House, de la que apenas salió el resto de su vida, no resultase muy favorable para una profunda comprensión de una realidad social sobre la que emitía juicios tan rotundos.

Finalmente, y para no ser menos que los físicos, añadiremos una cuarta coordenada: la que corresponde al aspecto individual, es decir, lo que se refiere tanto a sus características personales como a su formación científica. En cuanto al primer aspecto, quizás sea lo más adecuado que dejemos hablar a Paul Stratern (1999), uno de sus biógrafos: “Darwin no había recibido una formación científica en el sentido académico [en efecto, su única titulación era la de subgraduado en teología, que le capacitaba para ejercer la labor de ministro de la iglesia anglicana], y hasta el momento no había demostrado poseer una inteligencia excepcional (su celebridad se debía enteramente a haber estado en el lugar oportuno en el momento oportuno) [...] Pero, de pronto, a los veintiocho años, pareció descubrir su imaginación.”

A lo que Stratern se refiere es al gran descubrimiento de Darwin, que él mismo narra así a su protector J. Hooker en una carta fechada el 11 de Enero de 1844 (ocho años después de su regreso del famoso viaje del Beagle): “Por fin ha surgido un rayo de luz, y estoy casi convencido [el subrayado es mío] –totalmente en contra de la opinión de que partí– de que las especies no son [es como confesar un asesinato] inmutables.” Un descubrimiento, aunque inseguro, notable, sobre todo si tenemos en cuenta que en “el continente”, pero sobre todo en Francia, se llevaba casi cien años estudiando sistemática y científicamente la evolución (Ver Galera, 2002 y Sandín, 2003). Y esto justifica las críticas que su gran obra Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia recibió de intelectuales, científicos y naturalistas que tenían conocimientos sobre la evolución, de las que la más concisa y reveladora del verdadero mérito de la obra es la del profesor Haughton, de Dublín, citada por el mismo Darwin en su autobiografía: “Todo lo que había de nuevo era falso, y todo lo que había de cierto era viejo.”

Thomas R. Malthus
“Lo que había de nuevo” en la obra de Darwin era el intento de explicar la Naturaleza mediante principios basados en las (poco filantrópicas) ideas sociales de uno de los ideólogos de la Revolución Industrial: el ministro anglicano Thomas R. Malthus y su Ensayo sobre el principio de la población publicado en 1798 y que se convirtió en “una parte importante e integral de la economía liberal clásica” (The Peel Web. Malthus). Este libro, y Malthus mismo, con su insistencia sobre el primer ministro, tuvieron una gran influencia en el Acta de Enmienda de la Ley de Pobres de 1834. Según él, las leyes de protección a los pobres estimulaban la existencia de grandes familias con sus limosnas, y afirmaba que no deberían existir porque limitaban la movilidad de los trabajadores. La tesis del libro, basada en la existencia de masas de desempleados que vivían en la miseria y se hacinaban en las ciudades industriales, era que el aumento de la población en una progresión geométrica, mientras que los alimentos aumentaban en una progresión aritmética, impondría una lucha por la vida, por lo que había que impedir que los trabajadores y marginados se reprodujeran en tan gran número (lo cual no le impidió tener numerosos hijos).

Así es como Darwin describe el nacimiento de su teoría: “En Octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber comenzado mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por entretenimiento el ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y constante de los hábitos de los animales y plantas, descubrí enseguida que bajo estas condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado sería la formación de especies nuevas. Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la que trabajar” (Autobiografía).

De esta concepción de los de los fenómenos naturales surgió su otra innovación científica: La selección natural. Su documentación para llegar a este concepto no fue mucho más empírica que la anterior, y nos informa sobre qué hábitos de animales y plantas se elaboró. Consistió “en la lectura de textos especialmente en relación con productos domesticados, a través de estudios publicados, de conversaciones con expertos ganaderos y jardineros y de abundantes lecturas” (Autobiografía). 

Edición original de On the origin of species (1859)
Y, con estos fundamentos científicos, la explicación de la evolución de la vida sobre el planeta, de la enorme diversidad y complejidad de los organismos y, sobre todo, de los grandes cambios de organización animal y vegetal, resulta extremadamente sencilla: “He llamado a este principio por el cual se conserva toda variación pequeña, cuando es útil, selección natural para marcar su relación con la facultad de selección del hombre. Pero la expresión usada a menudo por Mr. Herbert Spencer, de que sobreviven los más idóneos es más exacta, y algunas veces igualmente conveniente” (Origen de las Especies). Por si los anteriores conceptos fundamentales de la teoría darvinista pueden resultar de un contenido biológico discutible, hay que hacer notar que a lo que Darwin se refiere en este caso es a la aportación científica de Herbert Spencer, economista y filósofo, que en su libro La Estática Social (1850) elabora unas directrices para llevarlas a la política social. Según él: “Las civilizaciones, sociedades e instituciones compiten entre sí, y sólo son vencedores aquellos que son biológicamente más eficaces.”

En definitiva, parece claramente definida la situación del observatorio desde el que Darwin describió la realidad, y no parece muy discutible el fundamento real de la teoría darvinista. Si su mecanismo de evolución biológica, una extrapolación de la selección de los ganaderos, (que consiste en no dejar reproducirse a los individuos normales y seleccionar a los que tienen alguna característica anormal del gusto del ganadero) que es exactamente lo contrario de lo que ocurre en la Naturaleza, puede calificarse de una simplificación antropocéntrica de los fenómenos biológicos, su marco conceptual, la lucha por la vida y la supervivencia del más adecuado son la aplicación directa de unos principios sociales caracterizados por una hipócrita justificación del statu quo (Young, 1973) basada en un despiadado desprecio por los desheredados y marginados y en una supuesta superioridad “innata” de los más aptos. Y éste es el espíritu que subyace en las interpretaciones darvinistas de la evolución humana. Una feroz competencia en la que no hay sitio para los perdedores, para los inferiores, en la que sólo los “elegidos” tienen su premio, como se puede deducir de las conclusiones finales de la obra de la que nace toda la Biología moderna (Fernández, 1987): “Y como la selección natural opera solamente por y para el bien de cada ser, todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a progresar hacia la perfección” (Sobre el Origen de las especies).

Una visión vacía de la realidad


Resulta difícil de comprender (y, posiblemente, sería necesario un profundo estudio histórico para ello; ver Sandín, 2002), cómo una supuesta teoría científica con unas bases conceptuales tan distantes de los fenómenos que pretende explicar, se ha llegado a convertir para toda una cultura –o “civilización”– en la explicación de la historia de la vida. Pero lo que sí parece claro es que el auge y la consolidación del darwinismo han sido paralelos al del modelo económico y social del que nació. A lo largo del siglo XX, los biólogos han intentado (con poco éxito) comprender la evolución biológica bajo el prisma de unas variaciones “al azar” dentro de una especie, capaces de producir –con el tiempo– impresionantes cambios de organización genética, fisiológica y anatómica, gracias a una fe ciega en el poder creativo de la selección natural. Así, según F. J. Ayala (1999): “La selección natural explica porqué los pájaros tienen alas y los peces agallas, y porqué el ojo está específicamente diseñado para ver y la mano para coger.” Pero lo cierto es que los argumentos que utilizan y los fenómenos que pretenden explicar mediante esta base teórica tienen muy poco que ver con estos cambios de organización, porque los conceptos y los términos empleados para describir los fenómenos biológicos delatan el verdadero carácter (la verdadera esencia) de su modelo teórico: la competencia, el coste-beneficio, las estrategias reproductivas, la explotación de recursos, la rentabilidad... nos revelan, en realidad, una visión preconcebida y antropocéntrica (los animales y las plantas no utilizan una calculadora) de cómo son (cómo “han de ser”) las relaciones entre los seres vivos, independientemente de que sus supuestas explicaciones no tengan la menor relación, no ya con los procesos evolutivos, sino siquiera con la realidad de los fenómenos naturales.

John Maynard Smith
Entre los múltiples ejemplos que se pueden encontrar de esta deformación de la realidad, uno muy reciente nos puede resultar informativo: En la revista Nature (Michor y Nowak 2002), y bajo el epígrafe “Evolución”, figura el siguiente título: El bueno, el malo y el solitario. La trama argumental del artículo consiste en una especulación sobre el profundo problema científico de si en la Naturaleza existen comportamientos verdaderamente altruistas, problema, al parecer, de gran trascendencia para la teoría darvinista, porque podría poner en cuestión sus fundamentos teóricos (a saber: la selección natural opera por y para el bien de cada ser). El dilema se centra en que la cooperación en el comportamiento animal puede resultar rentable si ello conlleva un reparto de los beneficios obtenidos, pero su gran aportación es que, en el caso de que los no cooperadores no reciban su parte, hay otro posible comportamiento, el de los solitarios, que también consigan una parte, aunque menor. Es decir, un refuerzo a “la teoría de la evolución”. Porque el comportamiento altruista es “algo que sencillamente es incompatible con la selección natural operando en el nivel del individuo, que es la única forma de selección que admite el neodarwinismo [...] Pero John Maynard Smith ha ofrecido una explicación que se basa en la teoría matemática de juegos desarrollada por John von Newmann y Oskar Morgenstern en los años cuarenta y que saca al neodarwinismo del aprieto. Un conocido ejemplo es el llamado dilema del prisionero [...] Dos acusados de haber cometido un robo juntos son aislados en celdas separadas y exhortados a confesar, sin que ninguno sepa lo que hace el otro.” Tras una profusa relación de penas en función de que confiese uno, los dos o ninguno, tan absurda como poco ajustada a derecho, el final de la historia es: “Paradójicamente, si cooperan los dos ladrones (y ninguno confiesa) les va mejor que si los dos confiesan (y no cooperan entre sí)”. La conclusión científica es: “La cooperación puede, como se ha visto, resultar rentable aunque los individuos no sean por naturaleza altruistas” (Arsuaga, 2001).

Lo que resulta realmente incomprensible es cómo se puede pensar que argumentos de este tipo sirvan para explicar la evolución, cuando lo que nos están describiendo es una concepción de la sociedad humana, según la cual “el hombre está lleno de vicio”, pero “los vicios individuales hacen la prosperidad pública” y “cada cual busca su propio interés” pero “es el egoísmo individual lo que conlleva al bien general”, en definitiva, y aunque no tengan conciencia de ello, lo que están manifestando es una profesión de fe calvinista y una aplicación directa de las máximas de Adam Smith a la Naturaleza. Sin embargo, y a pesar del profundo arraigo de este tipo de argumentos en el vocabulario de la comunidad evolucionista, cada nuevo descubrimiento los alejan más y más de cualquier relación (si es que alguna vez la tuvieron) con los fenómenos que tienen lugar en la Naturaleza. “La Biología hoy, está donde estaba la Física a principios del siglo veinte”, observa José Onuchic, codirector del nuevo Centro de Física Biológica Teórica de la Universidad de California, San Diego. “Se enfrenta a una gran cantidad de hechos que necesitan una explicación” (Knigth, J., 2002). Las secuenciaciones de genomas animales y vegetales, los descubrimientos de la Genética molecular y del desarrollo, y los datos, cada día más informativos, del registro fósil, están llevando a un número creciente de científicos a exponer la necesidad de revisar muchos de los tópicos que, a fuerza de repetidos de un modo rutinario y mecánico parecen haberse convertido en verdades indiscutibles y que han acabado por conformar una visión deformada de los procesos biológicos.

Henry Gee
Entre los cada día más abundantes análisis críticos de esta situación, parece necesario insistir en el editorial de Henry Gee (2000) en la revista Nature: “La cuestión del origen de las especies debe tener que ver, fundamentalmente, con la evolución de programas embrionarios... [...] Usted puede buscar a Darwin para una respuesta pero buscará en vano. Darwin estudió leves variaciones en características externas, sugiriendo cómo esas variaciones pueden ser favorecidas por circunstancias externas, y extrapoló el proceso al árbol completo de la vida. Pero, seguramente, hay cuestiones más profundas para preguntarse que por qué las polillas tienen alas más negras o más blancas, o por qué las orquídeas tienen pétalos de esta u otra forma. ¿Por qué las polillas tienen alas y por qué las orquídeas tienen pétalos? ¿Qué creó esas estructuras por primera vez? La victoria del darwinismo ha sido tan completa que es un shock darse cuenta de cuan vacía es realmente la visión darviniana de la vida” (El subrayado es mío). Esta drástica descalificación del darwinismo puede resultar chocante en la citada revista. Pero, más chocante aún es que parece haber resultado una frase escrita en el aire: a pesar de la rotundidad de estos razonamientos, la tónica general de los artículos publicados en la revista, e incluso los siguientes editoriales del mismo autor, siguen la dinámica de la rutina darwinista con las tópicas explicaciones basadas en la competencia, la selección... lo que parece un indicio del estado de inconsistencia teórica en que se encuentra la Biología.

Sin embargo, los argumentos de Gee tienen una sólida base científica. Los cambios morfológicos observados a lo largo del proceso evolutivo se han de producir, necesariamente, mediante cambios en el desarrollo embrionario capaces de modificar el resultado final de la formación de los órganos y estructuras (es decir, las diferencias entre aletas y extremidades o entre éstas y alas se produce por cambios en la embriogénesis) y la supuesta actuación de la selección natural sobre pequeñas variaciones al azar en organismos adultos –con capacidad para reproducirse– no puede explicar el origen de estos cambios de organización, porque la “selección” sólo puede actuar (sólo puede seleccionar) sobre lo que ya existe. Aunque el ejemplo pueda resultar simple, parece necesario en este caso para poner en evidencia la superficialidad lógica de atribuir a una “selección” un papel fundamental en la evolución: Sería como responsabilizar de las características (incluso de la existencia) de un automóvil a la persona que retira los que salen defectuosos de la fábrica. Es tan obvio, que resulta innecesario hacer notar el hecho de que estas características dependen del proceso de fabricación, que en los seres vivos (bastante más complejos que un automóvil) es, como nos recuerda Gee, el desarrollo embrionario.

Gregor Mendel
La idea de una selección de mutaciones individuales, base de las fórmulas matemáticas de la Genética de poblaciones, disciplina que pretende explicar la evolución según criterios darvinistas, es decir, mediante la extrapolación de pequeñas variaciones dentro de una especie (los denominados procesos “microevolutivos”) a la evolución (“macroevolución”, en su terminología), ha quedado totalmente descalificada por los conocimientos actuales de Genética. La información genética se ha mostrado como algo mucho más complejo que la supuesta relación un gen-un carácter en que se basaba esta concepción surgida en la primera mitad del pasado siglo. Hoy día se sabe que la inmensa mayoría de las características (morfológicas, fisiológicas, moleculares...) no se transmiten según las leyes de Mendel, que han quedado reducidas a aspectos o circunstancias ocasionales y, en la mayoría de los casos, superficiales. La información contenida en una secuencia genética depende de multitud de factores, entre otros, del organismo en que se exprese, de su localización en el genoma, de la regulación de otros genes y del control de cientos de proteínas muy específicas cuyo estudio (la proteómica) está mostrando una tal complejidad en sus interacciones (Gavin et al., 2002) que su desciframiento constituye “un duro desafío” para los investigadores (Abbott, 2002). Pero hay algo más: también depende del ambiente celular que, a su vez, está condicionado por el ambiente externo y que puede inducir a que una misma secuencia pueda “codificar” decenas de proteínas diferentes (Herbert y Rich, 1999). Y estas variaciones no son al azar, porque no son proteínas cualesquiera, sino las adecuadas a cada situación.

A esta capacidad de respuesta al ambiente (de interacción constante de los genes con su entorno), hay que añadir que una gran parte de los genomas animales y vegetales (que, por cierto, comparten muchísimos más genes que los que cabría esperar de la evolución por mutaciones al azar), están constituidos por elementos móviles de los que existen dos versiones: transposones, grupos de genes que pueden “saltar” de una parte a otra del genoma, y retrotransposones, que “crean” copias de sí mismos que se insertan en el genoma, con lo que producen duplicaciones de sus secuencias. Además, existen cantidades, variables pero siempre muy altas, de virus endógenos (por cierto, muy relacionados con los elementos móviles), que son secuencias procedentes de virus que se han insertado en los genomas, donde forman parte constituyente y activa (Bromhan, 2002). En el Hombre, cerca de un 10% del genoma está contituido por este último tipo de secuencias (Genome Directory, 2001).

Se ha podido comprobar experimentalmente que, tanto los elementos móviles como los virus endógenos se activan (cambian de situación o se “malignizan”) mediante agresiones ambientales (radiaciones ultravioleta, productos químicos, defectos o excesos de ciertos nutrientes...) produciéndose lo que se conoce como “estrés genómico”, cuya consecuencia puede llegar a ser un cambio sustancial en la estructura del genoma. También se ha constatado que procesos de este tipo (duplicaciones y reordenamientos genómicos) han sido cruciales en los principales eventos evolutivos (Brooke et al., 1998; McLysaght et al., 2002; Gu et al., 2002).

Fósil de ammonites
En cuanto a la traducción de estas características de los genomas a su expresión fenotípica durante la evolución, es decir, a los cambios de organización que, necesariamente, se han de producir mediante modificaciones en el desarrollo embrionario, las investigaciones sobre genética del desarrollo están aportando un creciente número de información y de experimentos sobre el control y las consecuencias finales de un proceso tan extremadamente jerarquizado e interconectado como es la embriogénesis. Desde la aparición en el registro fósil de todos los Phyla (todos los grandes tipos de organización) actualmente existentes en la llamada “Explosión del Cámbrico” (Gª Bellido, 1999), hasta las distintas remodelaciones de estos tipos de organización; de simetría radial a bilateral (Lowe y Wray, 1997), de organización “miriápodo” a “exápodo” en insectos (Ronshaugen et al., 2002) o de plan de organización “pez” a “tetrápodo” (Kondo et al., 1997), el desarrollo embrionario se ha mostrado como un proceso de una compleja organización y coordinación en la que juegan un papel fundamental unas secuencias genéticas repetidas en tandem conocidas como genes homeóticos (HOX). 

Estas secuencias codifican unas proteínas que regulan la actividad de otros genes implicados en la morfogénesis de forma que los cambios en su actividad (inactivaciones, duplicaciones, transposiciones), se traduce en cambios en el desarrollo embrionario que afectan simultáneamente a conjuntos de tejidos y órganos. Es decir, no son mutaciones, porque las mutaciones son desorganizaciones de procesos muy finamente ajustados. (De hecho, las mutaciones en genes del desarrollo conducen a malformaciones con muy discutible sentido evolutivo). Estos cambios se producen en la forma que se conoce como en cascada, de modo que una modificación en etapas incipientes del desarrollo habría tenido como consecuencia grandes diferencias en el tipo de organización general, (por ejemplo, los Phyla del Cámbrico), mientras que en procesos posteriores las diferencias finales se harían progresivamente mas reducidas a medida que avanzase el desarrollo embrionario, de modo que las producidas en las etapas finales serían irrelevantes desde el punto de vista de la organización morfológica.

En definitiva, unos fenómenos constatables experimentalmente (científicamente), muy alejados de los artificios matemáticos y de las hipótesis, jamás verificadas, sobre la selección de mutaciones al azar de la Genética de poblaciones, cuyas bases conceptuales fueron elaboradas en una época en la que estos conocimientos eran inimaginables. Una concepción en la que permanecen anclados los expertos en evolución humana (Ayala y Cela, 2002; Boyd y Silk, 2001), en la que la simplista extrapolación de la variabilidad continua y gradual en características superficiales a los cambios de organización biológica está impregnada (por mucho que se niegue en aras del azar), y muy especialmente en la evolución humana, de la concepción darvinista de un ascenso, por medio de competencias y sustituciones, desde los primitivos e inferiores hasta los civilizados y superiores en sus atributos corpóreos y mentales. Hasta la perfección.

(c) Máximo Sandín 2002 

Fuente: www.somosbacteriasyvirus.com/articulos

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

domingo, 2 de julio de 2017

Los gigantescos megalitos de Gornaya Shoria


El imponente megalitismo que apreciamos en muchas zonas del planeta es realmente de admirar, pues nos referimos a construcciones muy antiguas que incluyen bloques de piedra de muchas toneladas, y ello todavía resulta más meritorio cuando pensamos que las sociedades que alzaron dichos monumentos eran relativamente primitivas, y que tuvieron que echar mano de todo su ingenio, de sus relativamente escasos recursos técnicos y de mucha fuerza física para llevar a cabo tales proezas arquitectónicas. O por lo menos esto es lo que nos dice la arqueología ortodoxa, que sitúa el fenómeno del megalitismo entre el Neolítico y la Edad de Bronce y lo reduce geográficamente al área atlántica europea, al Mediterráneo y poco más.

Sin embargo, como ya he comentado en este blog en varias ocasiones, la cuestión del megalitismo está muy lejos de estar cerrada, ni siquiera comprendida o interpretada correctamente, pues la ciencia oficial no aborda toda la arquitectura megalítica que existe en el mundo como un conjunto, ni aprecia conexiones ni similitudes, y por supuesto tampoco se plantea dudas ante ciertas obras que resultan aún hoy en día una auténtica barbaridad por el peso y el tamaño de los bloques empleados. Así, las incógnitas técnicas sobre cómo se realizaron estas construcciones[1] suelen ser aparcadas muy discretamente o bien son explicadas con los argumentos habituales, incluso cuando éstos resultan poco creíbles o factibles.

Trilithon de Baalbek
No voy a repetir los datos ya expuestos en anteriores artículos, pero la casuística está ahí e impresiona por el gran volumen y peso de los bloques, de cientos de toneladas incluso, en lugares tan dispares como Malta, Perú, Egipto, Francia, Japón, etc. Y hasta el momento, en la cima del ranking megalítico se situaba el conjunto monumental de Baalbek (Líbano), en cual podemos apreciar tres enormes bloques bien tallados de 800 toneladas cada uno (el llamado trilithon) en el basamento del templo de Júpiter. Pero lo más impresionante lo hallamos en la propia cantera cercana, que contiene por lo menos tres monstruosos bloques paralelepípedos de más de 1.000 toneladas, que fueron abandonados cuando ya estaban prácticamente acabados o muy avanzados y que no llegaron a formar parte del citado basamento (o de otra construcción similar). Según las dimensiones y la densidad de la piedra se ha calculado para estos bloques un peso estimado de entre las 1.200 y 1.600 toneladas aproximadamente.

Situación geográfica de Gornaya Shoria (Federación Rusa)
Y esto podría parecernos algo fuera de toda medida y de toda lógica, pues ninguna civilización antigua conocida era capaz –supuestamente– de manejar tales moles líticas, por muchos adelantos y fuerza de trabajo de que dispusiesen[2]. Incluso hoy en día supondría un titánico esfuerzo técnico y logístico de muy difícil solución. Pero todo esto ha quedado superado por un hallazgo ocurrido hace muy pocos años que ha acabado por romper todos los moldes, dejando pasmados a todos los proponentes de la arqueología alternativa. Me estoy refiriendo al yacimiento megalítico de Gornaya Shoria (Monte Shoria), sito en lo más profundo de Siberia, en la Federación Rusa. Lamentablemente, todavía hay poca información sobre este lugar, pero en este artículo trataré de exponer los datos esenciales que se conocen hasta la fecha y las propias implicaciones del hallazgo para la investigación arqueológica.

Al parecer, el descubrimiento corrió a cargo del equipo del investigador alternativo ruso Georgy Sidorov a finales de 2013 cuando realizaba exploraciones de campo por el sur de Siberia, si bien el tema se popularizó masivamente en 2014 con la intervención del famoso ufólogo Valery Uvarov, que publicó en Internet diversas imágenes de este lugar. Básicamente, lo que tenemos en Gornaya Shoria es una gran formación pétrea aparentemente natural que –al ser revisada con detalle– da la impresión de tratarse en realidad de una construcción artificial. Lo que se puede apreciar en el paisaje es un conjunto de estructuras de diversa forma y altura, siendo la más grande una especie de muro de unos 40 metros.

Enormes bloques de granito (véase el hombre a modo de escala)
Con todo, lo más impresionante es que estas formaciones están compuestas de unos bloques de granito de dimensiones gigantescas, llegando algunos de ellos a los 20 metros de largo por seis de ancho y otros seis de profundidad; en cualquier caso, bastante más grandes que los citados monolitos de Baalbek (hasta dos o tres veces mayores). Así, las estimaciones de peso han resultado absolutamente insólitas, ya que pueden superar las 3.000 toneladas y alcanzar casi las 4.000. Cabe señalar que la mayoría de las piedras tienen formas regulares, tendiendo a sillares paralelepípedos o trapezoidales, y en bastante casos las piedras presentan superficies perfectamente planas, ángulos rectos y aristas bien marcadas, lo que denota un acabado que difícilmente puede ser natural. Además, es bien apreciable la presencia de muchos bloques de piedra de formas más o menos anguladas que encajan entre ellos de manera precisa como en puzzle, al estilo de lo que podemos ver en muchas estructuras de Sudamérica (en especial Sacsayhuamán) o de Egipto, por ejemplo. Asimismo, el equipo ruso apreció que algunas piedras tenían trazas de haber sido fundidas. Y por si fuera poco, para añadir más complejidad al asunto, se ha informado de la existencia de fuertes alteraciones geomagnéticas en la zona que afectan principalmente a las brújulas, hasta el punto de marcar direcciones opuestas a las reales.

Por supuesto, la primera objeción que podría hacerse a este inaudito hallazgo es que parece “imposible” que el hombre haya intervenido a esa escala, y más teniendo en cuenta la proeza de alzar moles de granito de un peso descomunal a 40 metros de altura. Así pues, se podría tratar de explicar todo el conjunto como el resultado de la acción prolongada de la naturaleza, sobre todo en forma de terremotos y erosión hasta el punto de quebrar la piedra de manera regular y darle un aspecto “artificial”. Esta explicación se aplicó, por ejemplo, a los famosos restos subacuáticos de Yonaguni (Japón) en que dos geólogos cualificados[3] no vieron enormes estructuras artificiales sino formaciones naturales regulares. Sin embargo, en este caso de Siberia, no hay constancia geológica de una gran actividad sísmica y además el granito es una piedra mucho más dura y consistente que la arenisca de Yonaguni.

De todos modos, la comunidad académica no ha querido dar relevancia a este asunto y ha mantenido una estricta política de discreción y balones fuera, dado que esta postura parece la mejor opción para no abrir debates indeseados. De todos modos, la opinión científica oficial, dictada extraoficialmente por la omnipresente Wikipedia, desprecia la posibilidad de una intervención humana y alude a los consabidos procesos geológicos, fundamentalmente las presiones tectónicas y las variadas formas de erosión.

Colosal base de la "pared rocosa"
Por lo que he podido saber, sólo hay un arqueólogo profesional que se ha interesado por el tema, el estadounidense John M. Jensen, que está apartado de la rígida ortodoxia y sostiene opiniones digamos “bastante alternativas”. Para Jensen, que no es precisamente amigo de sensacionalismos ni de intervenciones extraterrestres, no existe duda de la artificialidad del paisaje, en particular por el hecho de que las piedras están bien apiladas unas sobre otras. Así, las regularidades de Gornaya Shoria apuntarían a un enclave megalítico de enormes proporciones cuya antigüedad se hunde en las profundidades de la prehistoria, si bien no hay manera de datar estos restos; ni siquiera de plantear firmes teorías sobre quién y cómo pudo realizar tal monumento. Hay que tener en cuenta que el granito es una piedra dura y no fácil de trabajar, y que tallar, extraer y mover estas moles de miles de toneladas no puede explicarse con la tecnología de las civilizaciones antiguas, ni aun con la participación de miles de esclavos, rampas, trineos, etc. (al estilo de las grandes pirámides egipcias).

Lo cierto es que analizando una y otra vez las fotografías disponibles, me cuesta mucho creer en tanta regularidad natural, tal como defienden los escépticos. No digo que no sea posible, pero a veces tengo la sensación que los defensores de las ciencias naturales utilizan un elaborado discurso científico para explicar cosas que de otro modo serían inexplicables, apelando a que tal o cual fenómeno es fruto de la acción de los agentes naturales a lo largo de millones de años de actividad, lo cual es muy difícil –por no decir imposible– de probar de forma fehaciente. Esto me recuerda bastante al magnífico documental de Eliseo López Benito y su “civilización fantasma”[4], en el cual este investigador independiente desvelaba que existen en nuestro paisaje natural grandes formaciones de piedra que han sido colocadas (o diseñadas) ahí por el hombre en tiempo inmemorial con un propósito determinado y que la ciencia ha etiquetado de simples formas naturales, apelando a veces al caprichoso azar. Igualmente, por mi experiencia personal en el yacimiento tinerfeño de Igueste[5], planteo la posibilidad de reinterpretar el paisaje natural con otros ojos, apreciando un modelado artificial de éste a gran escala, en un tiempo muy anterior al arranque de la Historia, esto es, de las civilizaciones.

No obstante, los problemas que suscita Gornaya Shoria en el campo de la arqueología alternativa parecen por el momento bastante irresolubles, y nos remiten a las habituales conjeturas sobre un pasado desconocido de la Humanidad. Por de pronto, hemos de cuestionarnos seriamente la validez de las explicaciones geológicas; esto es, posicionarnos contra el paradigma, que nos recuerda –no sin razón– que la naturaleza produce regularidad tanto en sus formas biológicas como en sus formas inertes. En segundo lugar, tenemos la sempiterna cuestión de la tecnología. ¿Quién tenía la capacidad para tallar esos bloques, moverlos y colocarlos de manera precisa hace miles de años? Nuevamente tendríamos que recurrir a una hipotética energía antigravitatoria, lo que es propiamente la levitación. Otra opción sería echar mano del ablandamiento de la piedra o de la plasticidad de los materiales empleados, al estilo de los experimentos del profesor Davidovits[6]. O tal vez deberíamos considerar algún otro tipo de maquinaria o de energía que nos son totalmente desconocidas. Y ya puestos, ¿por qué no sacar a colación a los gigantes, los constructores de tantas obras descomunales, tal y como mencionan las leyendas antiguas de varios continentes?

Espacio dejado entre bloques (¿por la naturaleza?)
Pero si ya el cómo y el quién parecen temas complejos y especulativos, ¿qué decir del cuándo? El propio John Jensen se ve incapaz de ubicar este hallazgo en una época prehistórica concreta y humildemente reconoce que “conjeturar sobre sus constructores, métodos, propósito y significado es pura especulación”. De todas maneras, de los comentarios de su blog[7] se deduce que Jensen apuesta por varias culturas o momentos megalíticos, y que Gornaya Shoria podría pertenecer a un estadio de civilización que existió hace más de 7.000 años. Asimismo, no descarta la existencia de gigantes en un tiempo muy remoto y les concede una altura aproximada de entre 7,80 y 10,50 metros. Sin embargo, estas afirmaciones sobre el megalitismo y su relación con la civilización desaparecida o los gigantes hoy por hoy se quedan en papel mojado a falta de pruebas sólidas e indiscutibles, aunque admitamos disponer de numerosos indicios o pistas de carácter indirecto.

Concluyendo, se hace del todo necesario llevar a cabo una investigación científica a fondo –y sin prejuicios– en este lugar, que incluya aspectos geológicos y arqueológicos y que desde luego despeje la cuestión principal: ¿Estamos ante una caprichosa (o engañosa) formación natural, o es realmente un conjunto de construcciones megalíticas realizadas en un tiempo indefinido y por no sabemos quién ni cómo? Es evidente que para el paradigma actual resulta más cómodo inclinarse por la primera opción, y eso comporta un obvio sesgo o filtro cognitivo. No obstante, tampoco sería de recibo vender lo fantástico sin antes haber acumulado un sólido conjunto de pruebas que avalen la artificialidad del enclave. Como suelo repetir a menudo, para avanzar en un terreno tan crítico como éste hay que ser cautos y prudentes y no perder nunca el rigor científico, porque de lo contrario la arqueología alternativa queda desvirtuada por la falta de imparcialidad y la tendencia al sensacionalismo y al puro espectáculo.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / www.wands.ru (web de Valery Uvarov)



[1] Y en muchos casos cabría añadir quién, cuándo y por qué, pues no siempre hay certezas sobre tales cuestiones.
[2] Como ya expuse en su momento, atribuir estos bloques a los romanos es una broma. Los romanos no utilizaban bloques de tal tamaño y peso, pues tenían otras soluciones técnicas más adecuadas y eficaces para lograr sus objetivos. Existen rocambolescas explicaciones para justificar esta obra en clave romana, pero casi con toda seguridad los romanos aprovecharon los enormes bloques de un basamento que estaba allí desde tiempo inmemorial.
[3] Uno de ellos, Robert Schoch no era nada sospechoso de ser un integrista académico, pues es una persona abierta a interpretaciones alternativas, como ya demostró con la Gran Esfinge de Guiza.
[5] Véase el artículo sobre Igueste en este mismo blog.
[6] Según he observado en unas fotografías, algunas piedras aisladas muestran suaves formas redondeadas y cavidades que parecen salidas de un molde o que hayan sido trabajadas como si fueran de plastilina.
[7] http://earthepochs.blogspot.com.es

sábado, 24 de junio de 2017

Homo sapiens: perdido en el limbo científico



En un reciente artículo saqué a relucir las diversas herejías que complican en cierta manera las explicaciones evolucionistas habituales sobre el origen del hombre. Y todo parece indicar que los nuevos hallazgos e investigaciones –en lugar de aclarar más el panorama– introducen más confusión y perplejidad, pues los axiomas hasta ahora aceptados parecen cada vez más flexibles e interpretables a la vista de las pruebas objetivas. En todo caso, la ortodoxia darwinista no está por la labor de abandonar la idea de evolución por selección natural o su versión actualizada de la “síntesis evolutiva moderna”. Y desde luego, cualquier cosa que suene a diseño inteligente o creacionismo es pura religión, una afrenta a la verdadera ciencia.

Así pues, vamos a adentrarnos en la enésima vuelta de tuerca de una teoría que lucha por sobrevivir contra el propio método científico. Recordemos, a modo de introducción, que el actual consenso académico sigue defendiendo que los primeros pasos evolutivos hacia la línea Homo surgieron en África y que el propio Homo sapiens “apareció” indiscutiblemente en África oriental –y sólo en África– hace unos 200.000 años como mucho, y que luego se fue extendiendo por los cinco continentes a partir de dos grandes olas migratorias, la primera hace 130.000 años y la segunda, hace unos 70.000 años. En ambos casos, los humanos modernos habrían reemplazado –según los procesos de selección natural– a las poblaciones de homínidos más arcaicos.

Pero esta visión ya no es un mandamiento divino. En este sentido, considero oportuno exponer brevemente tres notables argumentos que de nuevo ponen en entredicho la versión académica, sobre todo en cuanto al origen del Homo sapiens y la tan manoseada teoría de Out-of-Africa (“desde África”) que acabamos de citar. Por un lado, tenemos el reciente libro del investigador independiente británico Bruce Fenton titulado The forgotten Exodus (“El éxodo olvidado”); por otro, los descubrimientos de homínidos de gran antigüedad en China; y finalmente, un sorprendente hallazgo paleontológico que ha tenido lugar en Marruecos.
 
Mapa y cronología de la teoría Out-of-Africa ("Desde África")
Lo que plantea Bruce Fenton en su libro es una propuesta bastante herética, pues afirma que ni los hallazgos paleoantropológicos ni los últimos estudios genéticos refuerzan la teoría de que el Homo sapiens surgió en África, sino que más bien la desmienten, ofreciendo como clara alternativa que el H. sapiens apareció en otra parte del planeta y que posteriormente se desplazó a África. Pero veamos con detalle la argumentación que expone Fenton y luego que cada cual extraiga sus conclusiones.

En primer lugar, tenemos la aportación de la moderna investigación genética que ha abierto –teóricamente– más puertas al estudio del origen de los humanos, pero que en la práctica ha arrojado más paradoja y confusión, sobre todo al comparar los datos con las verdades paleontológicas establecidas desde hace bastantes décadas. Así, los análisis genéticos de varios especímenes humanos muy antiguos han puesto de manifiesto los siguientes hechos:

  • Que la separación genética entre los neandertales y los sapiens se produjo mucho antes de lo que se pensaba; así, el último ancestro común de ambos podría situarse en una antigüedad de entre 400.000 y 700.000 años, siendo esta última cifra la más probable. Así, el vacío temporal con respecto a la aparición (teórica) del Homo sapiens –hace 200.000 años– resulta ser demasiado grande.
  • Que el llamado Homo heilderbergensis[1], situado en un estadio evolutivo más avanzado que el Homo erectus y que encontramos básicamente en Europa y parte de Asia y África, no es un antecesor del Homo sapiens, y eso a pesar de compartir bastantes características anatómicas y una capacidad craneal prácticamente idéntica. Tradicionalmente se lo había considerado antecesor de los neandertales, pero las modernas pruebas genéticas lo relacionan más directamente con los Denisovianos.
  • Que estos Denisovianos, otra especie de homínidos de muy reciente descubrimiento, se empezaron a separar de la línea de los humanos modernos hace nada menos que 800.000 años.
  • Que los antepasados más antiguos comunes del sapiens y del resto de Homo avanzados deben buscarse en una población que vivió hace 900.000-700.000 años, según las conclusiones de la reputada paleoantropóloga y médico española María Martinón Torres, del University College de Londres.


Todo ello marca unos orígenes genéticos muy antiguos para los primeros sapiens, y con poblaciones situadas fuera de África, lo cual ya produjo en su día un cierto desasosiego para las tesis tradicionales tan centradas en África (cuna de los primeros grandes descubrimientos paleoantropológicos, así como de famosos científicos). Para tratar de dar respuesta a estas incógnitas, Fenton nos menciona otra teoría que pretende eludir el problema africano, que no es otra que la de la evolución multi-regional del ser humano.

Restos del llamado "Hombre de Java", un H. erectus asiático
Esta propuesta, defendida por reputados paleontólogos como Milford H. Wolpoff, Xinzhi Wu y Alan Thorne, se fundamenta en la idea de que no hubo un único origen para el hombre moderno, sino un origen múltiple a partir de las diversas poblaciones de Homo erectus esparcidas por todos los continentes, excepto América, donde no hay evidencia física de la presencia de este homínido. Así, aceptan que los homínidos más primitivos surgieron en África y que de allí partió el Homo erectus (en su versión africana, Homo ergaster) para extenderse por muchas regiones del planeta. Más adelante, hace unos 500.000 años, los erectus habrían evolucionado en Eurasia dando origen a varias líneas de hombres modernos, que habrían mantenido a lo largo de los milenios una cierta homogeneidad evolutiva gracias a un continuo mestizaje entre las distintas poblaciones.

Ahora bien, Fenton rompe la baraja al desmarcarse de la teoría tradicional africana pero también de la multi-regional. Entonces, ¿qué? En su opinión, cree que debe considerarse seriamente una tercera opción: que el hombre moderno podría haber surgido en Extremo Oriente o en Australasia. Para sustentar esta teoría, Fenton echa mano de diversas pruebas de varios ámbitos (genético y paleontológico), que le empujan a defender la propuesta de que el origen del Homo sapiens debe situarse más específicamente en Australasia[2]. Así, considera que el antecesor directo del sapiens debió ser una población de erectus establecida firmemente en Australasia hace unos 900.000-800.000 años.

El reciente libro de B. Fenton
A partir de este punto, Bruce Fenton rescribe la prehistoria más lejana al revés, de Oriente a Occidente, y propone hasta tres olas migratorias de Homo sapiens en función de tres eventos geológicos. El primer “éxodo” habría tenido lugar hace unos 200.000 años, coincidiendo con un periodo de fuertes cambios climáticos. Así, una población de sapiens habría alcanzado las costas de África oriental (Etiopía), precisamente donde hasta el momento se había hallado el ejemplar de sapiens más antiguo, de unos 195.000 años de antigüedad. Luego, una gran erupción volcánica (la del lago Toba) habría causado la segunda migración hace unos 74.000 años, provocando la colonización del interior y sur de África, así como algunas costas asiáticas. Finalmente, habría existido una tercera migración –hace unos 60.000 años– que habría ocupado el sudeste asiático y que habría sido el inicio de la progresiva expansión del hombre moderno por el continente euroasiático,  dando así origen a toda la población de sapiens no-africana y no-australiana.

Todo este escenario heterodoxo se asienta mayormente en hallazgos de homínidos ya conocidos y en recientes investigaciones genéticas. Por consiguiente, no hay grandes novedades pero sí una profunda reinterpretación de pruebas ya existentes, lo que confirma que la teoría evolucionista sobre el ser humano se va moviendo de acá para allá en las aguas de la especulación y la conjetura, a la espera de que las pruebas físicas confirmen por fin la teoría, de una u otra manera. Por cierto, es de destacar que algunos científicos –como el profesor Máximo Sandín– no avalan las conclusiones de los estudios genéticos basados en la técnica del “reloj molecular”, a la que consideran carente de todo rigor científico en el marco de la biología[3], pero dejaremos este asunto en el cajón para no alejarnos hacia otros derroteros.

En segundo término, vale la pena comentar que –para complicar más las cosas– la ciencia paleontológica está marcada por un inconfesado chauvinismo “patriótico-científico”. Porque aparte de la aportación “pro-australiana” de Fenton, hace décadas que los científicos chinos se quejan de que la comunidad científica occidental ha tendido a minusvalorar o marginar los hallazgos de homínidos en Extremo Oriente, principalmente en la propia China. De hecho, varios paleontólogos chinos hace tiempo que reclaman que la teoría Out-of-Africa debe revisarse a la luz de los descubrimientos asiáticos. De este modo, hacen hincapié en que los científicos occidentales suelen interpretar los restos asiáticos en clave africana o europea, como una mera derivación, posiblemente por el sesgo de que la intervención paleontológica occidental ha estado centrada en Europa, desde el siglo XIX, y en África desde inicios del siglo XX.

Cráneo reconstruido del Hombre de Pekín
Lo cierto es que los hallazgos de homínidos muy antiguos se han ido acumulando en tierras chinas y entre estos tenemos numerosos ejemplares de dientes de humanos modernos datados entre 80.000 y 120.000 años, con un caso (una cueva en la provincia de Guizhou) en que la datación se podría ir hasta un máximo de 178.000 años. También cabe destacar el reciente descubrimiento de un fósil de humano moderno de más de 100.000 años de antigüedad en Daoxian (Hunan), publicado en la revista científica Nature. Y todo ello por no hablar de otros homínidos más arcaicos con características mixtas de erectus y sapiens, como el famoso “hombre de Pekín”, hallado en 1929 y con una antigüedad estimada de unos 780.000 años, y otros especímenes cuya datación oscila entre 900.000 y 125.000 años. La ortodoxia reconoce que son individuos más avanzados que los erectus, pero no se decide a clasificarlos de una manera taxativa, aunque el reputado especialista Chris Stringer opina que se trataría de heilderbergensis asiáticos. Claro que tampoco faltan las grandes anomalías evolutivas como una supuesta población residual de Homo erectus que habitaba China hace apenas unos 15.000 años[4].

Con todo este arsenal de pruebas, no es de extrañar que los chinos dejen caer la idea de una cierta teoría Out-of-China (“desde China”), pues estos datos no parecen cuadrar con la gran expansión euroasiática del sapiens a partir de una segunda migración, que se habría iniciado hace sólo unos 70.000 años. En suma, algo tan evidente como decir que en China ya había humanos modernos, fruto de una hipotética evolución autóctona a partir de los erectus locales, antes de que llegasen los supuestos colonos africanos.

Y así llegamos al tercer asunto que ha trastocado –al menos ligeramente– los cimientos de las teorías convencionales sobre el origen del sapiens. Si hace décadas no se le concedía una antigüedad superior a 100.000 años, en tiempos más recientes esta cifra se ha ido alejando en el pasado hasta llegar a los 200.000 años, principalmente por el hallazgo de unos huesos humanos en Omo Kibish (Etiopía) y por las técnicas genéticas basadas en el ADN mitocondrial –con el apoyo teórico de la llamada genética de poblaciones– que lanzaron la propuesta de una cierta “Eva mitocondrial”, la mujer sapiens más antigua del mundo, situada en África y con una datación de 200.000 años, coincidiendo de forma “casi perfecta” con la cronología asignada a los huesos recién mencionados.

Jean-Jacques Hublin en Jebel Irhoud
Sin embargo, hace escasas fechas se ha propagado la noticia de que en el yacimiento de Jebel Irhoud, una cueva a unos 100 km. de Marrakech (Marruecos), se habían hallado restos óseos de cinco humanos anatómicamente modernos datados en una antigüedad de entre 300.000 y 350.000 años. El hallazgo, publicado en la prestigiosa revista Nature, corrió a cargo de un equipo liderado por Jean-Jacques Hublin, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania) y por Abdelouahed Ben-Ncer, del Instituto Nacional de Arqueología de Marruecos.

De hecho, el yacimiento ya era conocido desde los años 60 del pasado siglo y había sido excavado parcial y esporádicamente. Los restos humanos que se hallaron entonces fueron calificados de homínidos arcaicos (tal vez unos “neandertales africanos”[5]) y no se les dio un antigüedad superior a los 40.000 años. En los años 90, como pudo comprobar Hublin, la cueva estaba totalmente tapada de nuevo y hubo de esperar hasta 2004, en que se inició un programa sistemático de excavaciones. Los resultados fueron realmente esperanzadores, pues aparte de los huesos humanos –entre los que había cráneos y mandíbulas– hallaron numerosas herramientas y huesos de animales. Y precisamente las herramientas de sílex, empleadas básicamente para la caza, fueron de enorme utilidad, pues se pudo comprobar que habían sido calentadas, lo que a su vez permitía datarlas mediante el método de la termoluminiscencia, que arrojó la inesperada cronología de más de 300.000 años.

Cráneo de Homo sapiens de Jebel Irhoud
Pero sin duda, más que la propia antigüedad de los homínidos, lo que realmente estaba en juego era su clasificación, y aquí Hublin ha acabado por desestimar la hipótesis de una “especie de neandertal” y ha adscrito los restos al Homo sapiens, aunque se trate de una forma relativamente arcaica... pero no muy arcaica, porque según los análisis anatómicos realizados con las más modernas técnicas microtomográficas se ha podido reconstruir el aspecto de los cráneos y Hublin ha tenido que reconocer que dicho aspecto es prácticamente indistinguible del de los humanos actuales, si bien los cráneos de estos antiguos humanos serían ligeramente más alargados. Asimismo, el estudio de las piezas dentales ha confirmado que se trata de típicos dientes de sapiens, bien distintos de los neandertales o de los erectus. Lamentablemente, los intentos por extraer ADN de los huesos han fracasado, y habrían sido de gran ayuda para averiguar si estos sapiens estaban en la línea evolutiva directa que ha conducido a los humanos actuales.

En definitiva, el escenario ya está servido para la polémica: tenemos una población de Homo sapiens 100.000 años más antigua que los restos más arcaicos reconocidos hasta la fecha y además en el norte de África, lo que representa una cierta desconexión en espacio y el tiempo de la supuesta “cuna de la humanidad  moderna”, en el extremo este del continente africano. Pero lo mejor empieza cuando los paleontólogos se lanzan a especular para tratar de encajar las piezas de este nuevo puzzle en el marco teórico.

Herramientas halladas en Jebel Irhoud
Naturalmente, la ortodoxia no cree que una flor haga primavera y no consideran que el origen evolutivo del sapiens tenga que desplazarse al norte de África. Más bien, se quiere proponer una evolución continua del sapiens por gran parte de África[6], y este hallazgo sería sólo una muestra de ese proceso evolutivo. No obstante, dada la gran antigüedad de los restos de Jebel Irhoud, Hublin piensa que los primeros pasos en la evolución del sapiens tal vez se dieron en el norte de África. El problema es que los restos recuperados muestran una morfología no muy distinta de los humanos actuales. Así, para tratar de explicar ese aspecto tan moderno en un fósil tan antiguo, un miembro del equipo de Hublin, Philipp Gunz, ha sugerido que la evolución física en los primeros sapiens fue mínima o súbita (pues su morfología facial parece muy “moderna”) y que, en cambio, la evolución cerebral fue mucho más larga. En fin, ¡viva la especulación!

Aunque, claro, ante la aparición de datos relativamente incómodos, no podía faltar la voz de los escépticos. Así, el paleontólogo Jeffrey Schwartz, de la Universidad de Pittsburg (EE UU), considera que los restos hallados son notables pero que no pueden asignarse a los sapiens, pues muchas veces se ha tendido a unificar en una sola especie restos apreciablemente diferentes, a falta de mejores interpretaciones. Asimismo, la ya citada María Martinón tampoco cree que estos restos sean de sapiens, y alude a la escasez de especímenes para estudiar el origen del sapiens y a que los cráneos de Jebel Irhoud no tienen una frente y un mentón equiparables a los de los humanos actuales.

Sobre estas opiniones, tal vez habría que recordarle a Schwartz que no siempre se ha tendido a la unificación. De hecho, en muchos casos, se ha optado por lo contrario. Esto es, cada diferencia apreciable podía ser motivo suficiente para crear nuevas especies y subespecies, bautizándolas con sus correspondientes nombres en latín, con lo cual el científico de turno ya podía sacar pecho por haber hallado una nueva rama en el árbol evolutivo humano. En cuanto a Martinón, se le tendría que preguntar hasta qué punto quiere llevar las diferencias, pues desde hace tiempo se han englobado a diferentes homínidos modernos bajo una misma denominación. Así, por ejemplo, los arcaicos Cro-Magnon no eran exactamente igual que nosotros pero también eran sapiens. Y lo mismo podríamos decir de la rica variedad de razas dentro del actual Homo sapiens, a menos que recurramos al espíritu original –manifiestamente racista– del darwinismo, con sus superiores e inferiores. ¡Cuánto me recuerda esto a los Untermenschen de los nazis!

Escena de H. erectus haciendo fuego
En definitiva, el hallazgo de Jebel Irhoud añade nuevos dolores de cabeza a la ortodoxia y también, de paso, pone en entredicho las tesis ya citadas de Fenton, que debería explicar qué hacían ahí esos sapiens antes de la primera ola de “colonos australianos” que llegó a África hace 200.000 años según sus estimaciones. Como ya expuse en un artículo anterior, vemos distintas especies del género Homo que aparecen en varios lugares del planeta, a veces muy alejados entre sí, con dataciones que se solapan y sobre todo sin un claro recorrido evolutivo. Esto es, ¿dónde está la pléyade de formas intermedias, los eslabones perdidos, que hicieron “avanzar” la evolución humana? ¿Por qué el sapiens más arcaico tiene una morfología muy similar a la del hombre actual? ¿O es que las famosas mutaciones aleatorias transformaron de golpe y porrazo a un erectus en sapiens perfecto sin ninguna progresión a lo largo de milenios? ¿Es que siguen faltando los fósiles “adecuados”? ¿Por qué esa repulsión a la idea del mestizaje para explicar las diferencias –y afinidades– entre las especies de Homo?

Y por supuesto, ya no he querido sacar a la palestra el controvertido tema de los ooparts, pues –según defienden algunos autores alternativos– durante el siglo XIX y principios del XX se hallaron huesos y objetos atribuibles a humanos modernos de una antigüedad enorme (hasta cientos de miles o millones de años), que destrozarían completamente los esquemas evolutivos[7]. Para estos críticos, los hallazgos fueron olvidados, marginados, ocultados o incluso destruidos, mientras que para el estamento académico simplemente se trata de confusiones y errores propios de la ciencia, pues la Prehistoria era entonces todavía una disciplina poco metódica y fiable.

La pregunta ahora sería: ¿qué antigüedad máxima para el Homo sapiens será capaz de admitir la ortodoxia evolucionista? Recordemos que cuando a finales del siglo XIX se descubrieron en Castenedolo (Italia) varios esqueletos de individuos anatómicamente modernos datados –según el contexto geológico– entre 3 y 4 millones de años, la ciencia oficial rechazó firmemente esa cronología y consideró que se trataba de un evidente enterramiento intrusivo. Pero lo más inquietante fue la actitud de cerrazón mental ante los hallazgos, pues para los darwinistas las pruebas deben encajar en la teoría y no al revés. Véase que en 1921 el arqueólogo irlandés Robert Macalister, pese a  no dudar de la competencia de los descubridores de los esqueletos, dijo lo siguiente: 
“Debe haber algo erróneo en alguna parte... Si [los huesos] pertenecían al estrato en que se encontraron, esto implicaría un extraordinariamente largo parón para la evolución. Es mucho más probable que algo se haya escapado en las observaciones. La aceptación de una fecha del Plioceno para los esqueletos de Castenedolo crearía tantos problemas insolubles que difícilmente podemos dudar entre las alternativas de adoptar o rechazar su autenticidad.”
Sin comentarios.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 

Actualización

Apenas unas semanas después de publicar este artículo me han llegado noticias de que, a partir de los restos de  un neandertal de hace 124.000 años ubicado en Alemania, se han hallado pruebas genéticas de mestizaje entre neandertales y sapiens en Europa en una fecha muy remota: hace unos 220.000 años. Ello tira por tierra el concepto de que los sapiens llegaron a Europa en la segunda ola migratoria (70.000-60.000 años) pero también pone en entredicho el alcance de la primera ola, supuestamente acaecida hace 130.000 años y que sólo habría llegado al levante mediterráneo. Además, dichos estudios vuelven a conectar más a los neandertales con los humanos modernos, alejándolos relativamente de los denisovianos. En fin, seguimos mareando la perdiz y dando tumbos, pero definitivamente la antigüedad del sapiens y su expansión por el planeta están en completa revisión.



[1] Ubicado cronológicamente entre los 600.000 y 200.000 años.

[2] De hecho, las primeras propuestas serias sobre el origen australasiático del sapiens se remontan a 1982, a partir de los hallazgos del profesor Alan Wilson.

[3] Sandín, de hecho, no da ninguna credibilidad científica a la teoría de la “Eva mitocondrial”, el supuesto primer ser humano moderno ubicado en África, hace unos 150.000-200.000 años.

[4] Para más detalles, véase el artículo Herejías evolutivas de este mismo blog.

[5] Esta asignación, más que a la propia fisonomía de los restos óseos, se debió a los utensilios de piedra hallados, que se parecían mucho a la industria musteriense, típica de los neandertales. Sin embargo, a día de hoy, no se reconoce la presencia de neandertales en África; sólo en Europa y Asia.

[6] De hecho, hay otro posible sapiens identificado en Florisbad (Sudáfrica), datado en una antigüedad de 260.000 años.


[7] Para consultar una muestra extensa de estas “anomalías”, recomiendo el libro de Cremo y Thompson Forbidden Archaeology.