domingo, 19 de marzo de 2017

¿Existió el mítico oricalco de la Atlántida?


Ya es cosa habitual que con cierta frecuencia vayan apareciendo noticias, artículos, libros y documentales sobre la mítica Atlántida de Platón, un tema que la arqueología alternativa ha explotado hasta la saciedad desde casi todos los enfoques. A su vez, la arqueología académica se ha mantenido discretamente al margen por considerar que el relato de Platón es pura literatura, una ficción que hunde sus raíces en la mitología y que carece de veracidad histórica[1]. A este respecto, los expertos académicos se remiten una y otra vez a la falta de pruebas históricas, arqueológicas o geológicas mínimamente fiables que respalden la existencia del continente atlante y su fabulosa civilización.

Sin embargo, cualquier pista en forma de hallazgo arqueológico que pueda relacionarse con la Atlántida –aunque sea de manera especulativa o forzada– no deja de atraer tanto a los investigadores alternativos como a algunos arqueólogos ávidos de ofrecer grandes descubrimientos. En este sentido, hace apenas un par de años saltó a los titulares de los medios de comunicación el hallazgo de un pecio griego hundido en el Mediterráneo en el siglo VI a. C. que transportaba unos lingotes de un raro metal que supuestamente era propio de la Atlántida. 

Lingotes hallados en el Mar de Gela (fuente: Ansa)
Concretamente, la noticia hablaba de una nave griega hallada a poca profundidad y cerca de la costa, en el Mar de Gela (al sur de Sicilia), por un equipo de arqueólogos subacuáticos de la asociación Mare Nostrum. Entre los restos del pecio –ya localizado y explorado desde hacía algún tiempo– los buzos identificaron 39 lingotes de un metal dorado que despertó la atención de los expertos. El arqueólogo y Superintendente del Mar de la región de Sicilia, Sebastiano Tusa, declaró a los medios que se habían recuperado diversos objetos del cargamento del barco entre los cuales había abundante cerámica griega, una rueda de molino y una estatuilla de la diosa Démeter. No obstante, lo más valioso parecía ser el conjunto de esos 39 lingotes dorados, ya que se trataría de una prueba arqueológica de la existencia del metal llamado oricalco u orichalcum, un material que aparece citado en los diálogos de Platón –el Timeo y el Critias– en que se describe la Atlántida.

El dios Poseidón y los restos de la Atlántida
De hecho, en el Critias se dice literalmente: “...la isla les proporcionaba la mayor parte de las cosas necesarias para vivir; primeramente cuanto es extraído del suelo por la minería era sólido y fusible, y lo que ahora únicamente se nombra, entonces era más que un nombre, el oricalco, extraído de muchos lugares de la isla y el más preciado por los de entonces con la excepción del oro...”[2] Los atlantes tendrían en gran estima al oricalco por su reluciente brillo, que simbolizaría el fuego que poseía, y tendría un alto valor religioso dado que –según algunos cronistas de la Antigüedad– se empleaba en el culto a Poseidón (dios de los mares) y a otras divinidades del panteón griego. En cuanto a su origen, y según la etimología griega, oricalco significa “cobre de la montaña”, lo que de algún modo ha hecho considerar a muchos expertos en mineralogía que dicho metal era semejante al cobre o bien que era una aleación de cobre con otros metales como el zinc y el plomo, lo que se conoce desde tiempos de los romanos con el nombre popular de latón dorado.

Por de pronto, los análisis realizados sobre los lingotes hallados en los restos del pecio mostraron que, en efecto, contenían un alto porcentaje de cobre (hasta el 80%), en tanto que el 20% restante sería casi todo de zinc, con trazas de níquel, hierro y plomo.  Ahora bien, pese a que estos datos han llevado a algunos a afirmar que se ha descubierto el “auténtico” oricalco y que por tanto es una sólida prueba de la existencia de la Atlántida, habría que ser muy cautelosos y rebajar las expectativas planteadas, puesto que ciertos investigadores y medios de información tienden a sobredimensionar según qué noticias arqueológicas[3] y a extender el sensacionalismo simplemente para atraer más atención, patrocinios o lectores. Vamos a repasar pues las principales incógnitas acerca del oricalco y también algunas teorías más o menos atrevidas sobre este metal y su relación con la ubicación de la Atlántida.

En primer lugar, tenemos la gran duda de si Platón se inventó el oricalco –inspirándose quizá en algún metal conocido en su época– o si realmente se refirió a un metal auténtico. Para ser sinceros, a día de hoy sólo tenemos especulaciones, basadas en posibles relaciones entre diversos metales y aleaciones y el escurridizo oricalco. Tomando literalmente el Critias, que habla de la extracción del oricalco en muchos lugares de la isla (la Atlántida), deberíamos descartar la hipótesis de la aleación de varios metales, ya que la fuente habla de un solo material. Asimismo, Platón sugiere que ya en su época (siglo V-IV a. C.) el oricalco no era más que un nombre, esto es, que se había perdido en la noche de los tiempos. Aquí podríamos lanzar la conjetura de que se tratase de un metal que muy probablemente se extraía únicamente de las minas de la Atlántida y de ningún otro lugar, y que por tanto al desaparecer el continente-isla se habría perdido para el resto del mundo en una era remota[4].

Moneda del emperador Claudio en latón (oricalco)
En segundo lugar, aun pasando por alto la controversia de la aleación, no hay forma de equiparar el latón dorado al oricalco de manera segura. Podemos admitir que es una aproximación válida pero no disponemos de suficientes elementos de contraste para certificar esa relación. Ni siquiera los citados lingotes hallados en el mar de Gela son una prueba concluyente, puesto que vincular una aleación conocida y utilizada en el siglo VI a. C. –el auténtico latón dorado– con un metal supuestamente desaparecido muchos milenios atrás es un mero ejercicio especulativo. Así, sabemos que ese latón ya fue empleado en el Mundo Antiguo, por ejemplo, para acuñar monedas y para realizar objetos ornamentales de gran valor, y es muy posible que dichos lingotes estuvieran destinados precisamente a la acuñación de moneda. Pero nada parece sugerir, según las escasas referencias antiguas al oricalco, que este metal legendario tuviese la misma composición que el latón dorado; de hecho, nadie sabía exactamente en qué consistía el oricalco.

Otro asunto sería plantear que los tiros no fueran por ahí y que el oricalco fuese en realidad una cosa bien diferente de lo que propone la mayoría de expertos. En este sentido, se han formulado al menos dos vías alternativas, una “no metálica” y otra “metálica”, la cual incluye una cierta complejidad, dado que propone una hipótesis de trabajo bastante heterodoxa sobre el origen y la localización de la Atlántida.

Orfebrería tartesia (tesoro de El Carambolo)
Lo que sería la vía “no metálica” ha sido defendida por algunos investigadores que consideran que el oricalco no era en sí un metal (fuese en aleación o no) sino ámbar[5], una piedra semipreciosa, ya muy buscada y cotizada en la Edad del Bronce, que sería extraída en la región báltica y luego comercializada en el ámbito mediterráneo a través del casi mítico territorio de Tartessos, al sudoeste de la Península Ibérica. Esta hipótesis, desde luego, da por hecho que la Atlántida se debería situar en el Mediterráneo o muy próxima a éste –según la literalidad de la narración platónica– y que Tartessos podría tener una relación directa con la Atlántida, si es que no era ella misma, más o menos desfigurada o reinterpretada por Platón, que la habría tomado como modelo o inspiración para su historia. 

Y si nos olvidamos por un momento del ámbar, cabe resaltar que el sudoeste peninsular siempre ha sido una rica región minera con abundancia de diversos metales y con una avanzada metalurgia y orfebrería en la Edad del Bronce (época en la que se desarrolló la cultura tartesia). Sobre la identificación de Tartessos con la Atlántida ya escribí en su día un extenso artículo, sobre todo a partir de las antiguas investigaciones de Schulten y las más modernas de Díaz-Montexano, por lo cual me remito a ese material para no desviarme ahora del argumento sobre el oricalco.

De todas formas, aun reconociendo la alta valoración del ámbar en el Mundo Antiguo y su relación con las antiguas civilizaciones mediterráneas, tampoco podemos establecer conexiones con el oricalco atlante sólo porque el ámbar sea de color amarillo (o miel) y relativamente brillante. Además, se ha de tener en cuenta que en época de Platón el ámbar era un material bien conocido y apreciado, lo cual no casa con un metal del cual sólo quedaba el nombre. Pero, claro, si admitimos tácitamente que Platón se pudo tomar las oportunas licencias poéticas y literarias, casi todo es posible.

Paisaje del Altiplano boliviano
Si nos vamos ahora a la vía “metálica”, entonces se abren nuevas puertas a toda una visión alternativa sobre la Atlántida. Así, frente a los muchos que sitúan el mítico continente en el Mediterráneo o bien en medio del Atlántico, existe una corriente de investigadores que lo ubican en América del Sur (y más específicamente en los Andes), coincidiendo con las opiniones de algunos autores heterodoxos que propugnan el nacimiento de la civilización en aquellas tierras y no en Mesopotamia o Egipto. Uno de los representantes más destacados de esta línea de investigación es el cartógrafo británico James Allen, que ha estado varias veces en el Altiplano andino buscando las huellas de la Atlántida a partir del relato platónico.

En síntesis, lo que viene a exponer Allen es lo siguiente: Tomando la referencia de que la Atlántida estaba “más allá de las columnas de Hércules” (estrecho de Gibraltar) y que no hay ni hubo –en su opinión– ninguna isla grande o continente en medio del océano Atlántico, por fuerza Platón debía referirse a Sudamérica. A partir de este punto, Allen ha estudiado la descripción platónica y ha identificado la enorme llanura rectangular cercana al mar y rodeada por montañas con el Altiplano de los Andes, incluso con una cierta paridad en las medidas. Por otro lado, esta llanura contendría el famoso canal de unos 180 metros de ancho citado en los diálogos y que divide en dos esta vasta región.

Vista de Pampa Aullagas junto al lago Poopó
En cuanto a la capital de los atlantes, situada en la misma llanura y conectada al mar por el gran canal, Platón habla de un terreno elevado rodeado por unos anillos concéntricos de canales de tierra y agua. Esta localización específica, según Allen, se correspondería con un terreno elevado llamado Pampa Aullagas, junto al lago de Poopó, que tendría cierta semejanza en algunas dimensiones y formas (incluyendo supuestos canales circulares) con lo narrado por Platón, si bien no hay allí ninguna estructura artificial reconocible.

Puerta del Sol (Tiahuanaco)
Por supuesto, Allen contempla el escenario de que el paisaje actual sudamericano ha sufrido fuertes cambios a lo largo de los milenios y que posiblemente hace varios miles de años las aguas llegaron hasta esta zona, ahora muy seca, y que progresivamente se fueron retirando hasta quedar concentradas en unas pocas áreas húmedas y lagos, como el famoso Titicaca, situado junto al imponente enclave de Tiahuanaco. Así pues, para Allen y otros autores, Tiahuanaco podría ser un legado de la Atlántida, uno de los diez reinos que existían en el continente, y que entonces tendría incluso un puerto que lo conectara al océano, pues en la zona próxima de Puma Punku se han apreciado grandes estructuras que parecen embarcaderos o muelles. Además, algunas prospecciones subacuáticas realizadas en el Titicaca han señalado la presencia de bloques de piedra y posibles estructuras artificiales, lo cual demostraría la gran antigüedad de esos restos, que un día estuvieron lógicamente en la superficie. Y todo ello estaría en la línea de las primeras investigaciones a cargo del arqueólogo Arthur Posnansky, que dató el conjunto de Tiahuanaco en nada menos que 15.000 a. C. (una era “antediluviana”) a partir de unas observaciones arqueoastronómicas llevadas a cabo en el Kalasasaya[6].

No obstante, en lo que atañe propiamente al mítico oricalco, la investigación de Allen nos ofrece una pista nada desdeñable, aunque sin salir aún del ámbito de las conjeturas. En efecto, el Altiplano (sobre todo en Bolivia) acoge una riqueza mineralógica más que notable, lo que incluye la presencia de aleaciones naturales muy poco frecuentes o inexistentes en otros lugares. Y en entre esta variedad, cabe destacar que en las minas de Urukilia se halla una rara aleación pura de oro y cobre –que no existe en ningún otro rincón del planeta– con la que las culturas nativas de la región realizaron numerosos objetos de un característico brillo dorado.

Por un lado, este dato podría recordarnos al oricalco por el hecho de combinar cobre y oro, lo que se traduce en un brillo muy destacado y porque de alguna manera cumple lo expresado en el Critias: “era el más preciado con excepción del oro”. Pero, por otro lado, el texto platónico afirma que el oricalco se podía encontrar en muchos lugares de la isla (se debe suponer toda Sudamérica), lo que no concuerda con una localización tan específica. Y desde luego, todo ello dando por buena la identificación del Altiplano con la Atlántida, propuesta que ha sido totalmente desestimada por el mundo académico pero también por muchos investigadores alternativos.

Recreación artística de la Atlántida
Así pues, en conclusión, si descartamos que el oricalco perviviese en el Mundo Antiguo y fuese básicamente lo mismo que el latón dorado, no tenemos prueba alguna de la existencia o la naturaleza de este metal legendario, que tal vez fuera una aleación de cobre (con oro u otros metales) pero tal vez no. En cualquier caso, situar avanzados conocimientos de metalurgia hace más de 11.000 años parece algo bastante alejado de lo que la ortodoxia académica sostiene sobre la Prehistoria y la Edad de los Metales, a menos que queramos ubicar cronológicamente la Atlántida en una época mucho más moderna, como han apuntado diversos autores. Sea como fuere, se mantiene la eterna incógnita de situar la Atlántida en un lugar y un tiempo claramente reconocibles en el registro arqueológico, pese a las múltiples teorías y propuestas emitidas desde hace siglos hasta hoy en día. Entretanto, el valioso oricalco seguirá en el mismo limbo de indefinición que muchos otros elementos que el filósofo Platón atribuyó al mítico continente.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Asimismo, muchos expertos consideran que no era más que una metáfora moralizante o filosófica acerca de un estado ideal que se echa a perder por la falta de virtud.
[2] Critias, 114 e
[3] Véase al respecto el artículo “La arqueología como espectáculo” de este blog.
[4] Cabe recordar que Platón situaba la desaparición de la Atlántida 9.000 años antes de su época, siempre a partir del relato de Solón, a su vez basado en el relato de los sacerdotes egipcios.
[5] Originalmente, un tipo de resina vegetal fosilizada, principalmente de coníferas. Existen dos grandes centros de extracción de ámbar: Centroamérica y la Europa Nórdica.
[6] Por otro lado, es oportuno citar que los restos de esta ciudad apenas han sido explorados; se calcula que sólo se ha excavado un 5% del total. Pero algunos datos han llamado la atención del arqueólogo Neil Steede, que se ha fijado en unas grapas metálicas que unían los grandes bloques de piedra, y que –tras ser analizadas– mostraron ser una aleación de cobre y níquel, operación que precisa de una temperatura de unos 3.500º. Sin embargo, esta tecnología sólo estuvo disponible desde los años 30 del siglo pasado...

miércoles, 8 de marzo de 2017

El megalitismo como legado de una conciencia superior


Ya he tratado en varios artículos de este blog el tema del megalitismo, que aún encierra múltiples incógnitas y que en mi opinión no ha sido correctamente interpretado por la arqueología ortodoxa, por no decir que sigue siendo un enigma en su última razón de ser. Lo que voy a presentar a continuación es una breve reflexión que procede de mis conversaciones con el periodista científico e investigador independiente Guillermo Caba Serra, autor de dos notables obras, Conciencia: el enigma desvelado y La arqueología de la conciencia.

La teoría de Guillermo Caba nace de su interés sobre el pasado más remoto y su conexión con un alto conocimiento que hoy hemos perdido, y que no sería otro que un estado de conciencia superior –perdido tras el Diluvio[1]– que permitía ver el cosmos y la propia existencia humana desde una perspectiva espiritual o trascendente, bien alejada del actual paradigma materialista. Lo que Caba quiere destacar es que en estos grandes monumentos megalíticos dispersos por el planeta no hallamos inscripciones o atribuciones a un rey, jefe, emperador o a una comunidad determinada. Esta obvia característica convierte a estas enormes estructuras en testigos completamente mudos y anónimos de su época. ¿Quién había detrás de un esfuerzo tan colosal? ¿Qué monarca encargó edificar tal monumento? ¿Quiénes fueron los arquitectos o maestros de obra? ¿Qué pueblos se movilizaron para realizar tales empresas? Lo cierto es que no hay rastro físico directo en los propios monumentos que nos permita salir de dudas, aunque sí es cierto que se conservan numerosas leyendas, mitos e incluso referencias históricas que de algún modo tratan de identificar a los autores de estas magnas obras, que no podían pasar desapercibidas para las personas que las contemplaron a lo largo de los siglos.

Túmulo de Newgrange (Irlanda)
Si repasamos un poco la casuística, tenemos por ejemplo el megalitismo atlántico y mediterráneo, con estructuras simples y otras más complejas, y con acabados diversos, de lo relativamente basto a lo más preciso. De cualquier modo, no hay ninguna escritura o marca que nos permita identificar a los autores[2]. En el mejor de los casos existen algunos grabados o decoraciones, como las típicas espirales, que se repiten en lugares tan distantes geográficamente como Irlanda o Malta. La arqueología académica atribuye estos monumentos a las comunidades neolíticas de las diferentes regiones, con unas cronologías que van por encima del 5.000 a. C. hasta prácticamente adentrarse en la Edad del Bronce, en segundo milenio antes de Cristo. No obstante, algunos autores alternativos consideran que tal vez estas cronologías estén equivocadas y que podrían ser bastante más antiguas, tema que luego analizaremos con un poco más de detalle.

En segundo lugar cabe citar el megalitismo de Sudamérica, representado básicamente en la región andina y en la amplia zona de influencia alrededor de la ciudad de Tiahuanaco, que destaca por los imponentes muros del patio de Kalasasaya y los restos no menos impresionantes de Puma Punku, con bloques de 100-150 toneladas o incluso más. Luego tenemos todo el sobresaliente megalitismo de enclaves como Ollantaytambo, Cuzco y Sacsayhuamán, con piedras enormes e irregulares que encajan unas con otras como en un perfecto puzzle y sin necesidad de mortero. Y una vez más, ni una sola inscripción, ni un solo nombre; tan solo disponemos de antiguas tradiciones que hablan de constructores de un remoto tiempo de dioses y gigantes. Entretanto, la arqueología convencional ha atribuido todos estos monumentos a la civilización inca, pese a que algunos autores alternativos han señalado que las típicas estructuras y formas de construcción de los incas (con piedra pequeña) se superpusieron a las grandes estructuras, que podrían ser muy anteriores[3].

Trilito de Ha'amonga (Tonga)
Después podemos mencionar varias estructuras megalíticas de todo tipo diseminadas por otros rincones del planeta, como por ejemplo en Asia y el Pacífico, donde se encuentran restos diversos que las tribus nativas atribuyen a sus ancestros más lejanos, en forma de gigantes y semidioses. Este megalitismo es muy poco conocido, con excepciones, pero contiene ejemplos tan notables como los moais de la isla de Pascua, las ruinas de Nan Madol (Ponape), la Casa de Taga[4] (Tianan, islas Marianas), el trilito de Ha’amonga (Tonga) o la estructura Masuda no iwafune (Nara, Japón), realizada con gigantescos monolitos de granito de entre 300 y 500 toneladas y de función indefinida. Y tampoco en este megalitismo encontramos nombre alguno...

Trilithon de Baalbek
Finalmente, nos podemos referir al megalitismo atribuido a las civilizaciones de África y Oriente Medio, desde Turquía hasta Egipto pasando por el levante mediterráneo. Precisamente, en Turquía se alza el complejo de Gobleki Tepe, un posible lugar ceremonial, aunque nadie sabe exactamente qué era. Este singular yacimiento ha roto muchos moldes en arqueología pues por primera vez –disponiendo de dataciones fiables por radiocarbono– se ha reconocido que constituye un horizonte muy anterior a las primeras civilizaciones e incluso al periodo neolítico. Y en sus famosos pilares monolíticos hallamos decoración diversa, pero ningún rastro de escritura, ninguna pista de los constructores. Igualmente no tenemos ninguna marca en los bloques gigantescos del santuario de Baalbek (Líbano), de unos 20 metros de largo y estimados en un peso que va desde las 800 toneladas del Trilithon hasta las 1.650 de un bloque recientemente descubierto en la cantera, junto a la llamada Piedra del Sur, de poco más de 1.200 toneladas[5]. Y la arqueología convencional aún sigue atribuyendo absurdamente el basamento de esta obra a los romanos, los cuales ni de lejos trabajaban con piedras de ese peso y tamaño.

Si nos desplazamos a Egipto, cabe decir que existe un megalitismo poco reconocido como tal, pero muy evidente en forma de estructuras como el Osireion (en Abydos), los enormes sarcófagos del Serapeum (en Saqqara), o los templos de la Esfinge y de Khafre (en Guiza), por no hablar de la propia Gran Esfinge, la escultura más grande del mundo, que fue excavada sobre la roca caliza del terreno. En estas grandes obras es visible el uso de enormes bloques de gran peso, así como un trabajo de máxima precisión, como en los citados sarcófagos[6]. Asimismo, Guillermo Caba hace referencia a las antiguas pirámides, las primeras y más colosales, como ejemplo de ese megalitismo anónimo. Y en efecto, tales obras más arcaicas no poseen inscripciones, pese a que los egipcios llenaban literalmente sus monumentos de jeroglíficos, incluyendo claras referencias al faraón o al noble responsable de la construcción.

cartucho de Khufu
Por supuesto, para sustentar esta visión hay que asumir que las famosas inscripciones de las cámaras de descarga de la pirámide de Khufu no eran originales, ya fueran pintadas allí en la época de la IV dinastía (lo que implica que la pirámide sería mucho más antigua), ya fueran falsificadas en 1837 por el egiptólogo Howard-Vyse, un personaje de dudosa reputación[7]. Así pues, es fundamental reconocer que en algunos casos, aunque hallemos textos en ciertos monumentos, se trataría de añadidos posteriores a la época de la construcción, como se puede comprobar fácilmente, por ejemplo, en la Gran Esfinge y la famosa Estela del Sueño. Otra cosa sería hablar de las pirámides de finales del Imperio Antiguo y más adelante, con conocidas inscripciones en su interior (como los famosos Textos de las Pirámides), pero que fueron erigidas de manera más basta y pobre –sin recurrir a grandes y perfectos bloques de piedra– y que actualmente son prácticamente una pila de escombros y ruina.

Así llegaríamos a admitir la hipótesis de que posiblemente estas estructuras megalíticas no fueron construidas en la época dinástica sino que eran muy anteriores y que fueron remodeladas, restauradas o reivindicadas por los gobernantes de las épocas históricas conocidas. A este respecto, es oportuno recordar que los propios antiguos egipcios reconocieron en diversos documentos –empezando por las famosas listas de Manetón– que antes de las primeras dinastías “históricas” habían existido otras muchas dinastías de reyes que se remontaban a varios miles de años atrás, y que incluían a dioses, semidioses y héroes. Ahora bien, para la egiptología todo esto es pura mitología.

Ruinas del Osireion
Sin embargo, no se pueden dejar a un lado las dataciones extremadamente antiguas de Gobleki Tepe, ni los datos “heréticos” procedentes de la geología sobre la Gran Esfinge y sus templos adjuntos, que muestran una marcada erosión por agua y una antigüedad enorme que no encaja con la cronología tradicional. También resulta del todo evidente que el Osirerion, atribuido al faraón Seti I, del Imperio Nuevo, no puede ser de esa época porque es de un estilo arquitectónico totalmente distinto al del templo adjunto de Seti, no contiene ninguna inscripción y está situado varios metros por debajo del mencionado templo, en un nivel estratigráfico mucho más antiguo.

Recapitulando todo este escenario, podemos afirmar que existen muchas similitudes formales y técnicas en las estructuras de este megalitismo disperso por varias regiones del planeta, pese a que los expertos académicos no quieren ni oír hablar de un origen común o difusionismo de este fenómeno. El caso es que nos enfrentamos a grandes obras realizadas principalmente con enormes bloques regulares o irregulares, unidos a la perfección[8] y sin mortero, en una época indefinida muy anterior a las primeras civilizaciones. Frente a esto, la arqueología académica nos sitúa estas proezas en el Neolítico o en la Edad del Bronce, un tiempo en que los métodos y los recursos técnicos eran –según las propias pruebas arqueológicas– relativamente precarios para tallar, mover, levantar y colocar con tanta precisión esas piedras gigantescas, aunque fuera disponiendo de miles de trabajadores. Desde luego, no se trata de considerar a esas culturas antiguas como primitivas e incapaces, pues su ingenio y sus habilidades están fuera de toda duda, dados sus logros bien contrastados en arquitectura e ingeniería, pero hay cosas que superan la lógica y el sentido común, se miren como se miren.

Hoy en día estas obras megalíticas anónimas están todavía en pie en su mayor parte, si bien algunas muestran más desgaste por el paso del tiempo y la acción de los elementos. En cualquier caso, es bien evidente que nos transmiten una sensación de durabilidad y sobre todo de eternidad, habiendo resistido durante milenios a toda clase de catástrofes naturales (especialmente terremotos), aparte de la erosión de los agentes naturales y de la intervención destructiva del hombre. Y siendo como son unas obras que a menudo  empequeñecen a nuestras más modernas construcciones, nos podríamos preguntar ahora por qué no tenemos la “firma” de sus autores, que deberían estar bien orgullosos de haber erigido tales gestas arquitectónicas[9]. Ahí es donde vuelvo a la visión de Guillermo Caba para cerrar el argumento.

Guillermo Caba Serra
Según él, no tenemos ninguna referencia directa de los autores porque dichas obras no fueron construidas bajo nuestro actual estado de conciencia, sino en una remota era con un estado de conciencia mucho más elevado, en el cual todavía reinaba la concepción de formar parte de un todo por encima de la separación o la dualidad. En otras palabras, prevalecería la identidad colectiva o el nosotros frente al yo, o más exactamente el ego. De este modo, sería impensable que una persona (o incluso un grupo de ellas) tuviera el más mínimo afán por dejar huella y atribuirse con orgullo y vanidad un determinado logro. De esta idea se podría deducir que existía una espiritualidad latente en toda la comunidad que permitía crear obras fabulosas pero no para la vanidad sino para la iniciación y la iluminación[10] o bien para una finalidad práctica comunitaria. Es de suponer también que en ese estado de conciencia los seres humanos dispusieran de unas capacidades más grandes para manipular la materia (¿una ciencia metafísica?) y de ahí la relativa facilidad para construir de esa manera, que todavía en la actualidad nos parece una barbaridad por los pesos y tamaños manejados.

No obstante, a esta teoría se le podrían objetar al menos dos hechos evidentes. Por un lado, es patente que existen muchos monumentos de la Prehistoria y del Mundo Antiguo que también son anónimos y que no son estrictamente megalíticos. Por otro lado, está el tema del uso de la escritura, que arrancó en el cuarto milenio antes de Cristo en Mesopotamia y luego en Egipto como consecuencia directa del proceso de civilización de las sociedades neolíticas más avanzadas[11].  Esta invención vendría a dar respuesta a la creciente necesidad de registrar los intercambios o relaciones comerciales, a ordenar la actividad económica y a fijar y difundir los mandatos establecidos por los primeros estados; en suma, a regular y administrar el mundo material. Así pues, lógicamente, si las sociedades artífices de los monumentos megalíticos no habían llegado a este estadio de civilización, no es de suponer que escribiesen nada sobre sus obras.

Escritura jeroglíca egipcia
Frente a esta obviedad, podríamos admitir que muchos monumentos megalíticos estaban lejos –tanto en el espacio como en el tiempo– de la civilización, pero en cambio otros, como la Gran Pirámide de Guiza, eran claras muestras de la más alta “civilización” y tendríamos que preguntarnos por qué no se escribió nada en ellos. Y todavía nos quedaría una última vuelta de tuerca, pues podemos especular con la hipótesis de que en un estado superior de conciencia, los seres humanos fueran capaces de comunicarse telepáticamente y de almacenar y compartir información en un campo energético de información común, algo similar al concepto de los campos morfogenéticos planteados por Rupert Sheldrake. De este modo no precisarían para nada de un sistema de escritura, que en realidad sería un síntoma evidente de la involución de nuestras capacidades congénitas hacia un estado de conciencia inferior (en el que vivimos actualmente).

En conclusión, el enfoque de Guillermo Caba –aun con todos sus elementos discutibles o especulativos– aporta un interesante argumento sobre la oscura identidad de los autores de esas grandes obras, que no sólo dispondrían de unas notables capacidades técnicas sino que posiblemente también veían su realidad de una forma bastante distinta a la nuestra, poniendo por delante valores espirituales por encima de los materiales o personales. Pero sin duda quedan todavía muchas preguntas por contestar sobre el propósito del megalitismo, y en este empeño será preciso abrir la mente a nuevos escenarios e ideas que forzosamente habrán de ir más allá del modelo de pensamiento del actual paradigma científico.

© Xavier Bartlett 2017
 
Fuente imágenes: Wikimedia Commons / archivo del autor





[1] Para Caba, el Diluvio no habría sido en realidad una gran catástrofe natural, sino el impacto de una especie de ola electromagnética cósmica, que cambió nuestra visión y percepción de la realidad.
[2] Sin embargo, según la arqueóloga Marija Gimbutas, existiría una especie de meta-lenguaje encarnado en esas decoraciones y motivos propios de las comunidades neolíticas-megalíticas, que ella atribuyó a una sociedad matriarcal.
[3] Alfredo y Jesús Gamarra, investigadores peruanos, señalaron que habían identificado tres estilos de construcción, dos megalíticos –muy antiguos– y otro “normal”, que debía asignarse a los incas.
[4] No es realmente una “casa”, sino dos enormes columnas con capiteles semiesféricos, aunque originalmente se dice que había hasta diez, en dos hileras. Se han identificado restos similares en otras islas del Pacífico.
[5] Estas cifras nos pueden parecer exorbitantes, pero no serían los megalitos más grandes jamás tallados por el hombre si se confirma la artificialidad de las formaciones pétreas del Monte Shoria (Rusia), con bloques que podrían alcanzar las 3.000 toneladas o incluso más.
[6] Al menos la egiptología los califica como tal, para servir de enterramiento a los bueyes Apis, aunque algunos autores no lo creen viable ni creíble, con cajas de granito pulidas con una perfección propia de la maquinaria actual y de muchas toneladas de peso (entre 60 y 80, más unas 15 toneladas de la tapa).
[7] Cabe señalar que también en la Gran Pirámide existe una breve inscripción, el tetragrámaton, cuatro signos desconocidos que fueron grabados sobre la entrada original de la pirámide y que nadie sabe qué significan y en qué época fueron inscritos.
[8] En prácticamente todos estos monumentos es imposible introducir el filo de una navaja o un papel entre las juntas de las piedras.
[9] A este respecto, es oportuno citar que algunas obras muy posteriores fueron del máximo orgullo de sus artífices, como el caso del ingeniero romano Gaius Iulius Lacer (s. II d. C.) que construyó el puente de Alcántara (Cáceres, España) y que en un templete anexo dejó escrito, aparte de su nombre, que el puente “duraría tanto como duraran los siglos del mundo”. Y en efecto, el puente sigue allí, con pocas reformas.
[10] Guillermo Caba opina que tanto el santuario de Gobekli Tepe como la Gran Pirámide de Guiza eran precisamente lugares de iniciación mística.

[11] Cabe señalar, empero, que para muchos autores ya habían existido previamente sistemas primitivos de escritura (“protoescritura”) en forma de signos y símbolos y que podían remontarse incluso al Paleolítico.

domingo, 26 de febrero de 2017

René Guénon y la historia cíclica



René Guénon (1886-1951) fue un matemático francés, miembro de la Masonería, que expandió su conocimiento hacia otras áreas como la espiritualidad, la filosofía y el esoterismo, llegando a escribir numerosos libros que se han vuelto obras de referencia para muchas personas que buscan la iniciación, el misticismo y la recuperación de la tradición, entendida como la sabiduría ancestral. Asimismo, Guénon trató de construir puentes de diálogo entre la tradición oriental (especialmente de la India y del Islam) y el pensamiento occidental.

Sobre la validez de sus aportaciones se ha escrito y debatido mucho, pero en lo que aquí nos ocupa –el campo de la arqueología y la historia– he creído interesante adjuntar un breve artículo de la autora norteamericana Susan Ferguson, estudiosa de la metafísica y de las antiguas escrituras védicas, que glosa la visión de Guénon acerca de la llamada “historia cíclica”. Este es precisamente un concepto muy arraigado en Oriente (así como en muchas culturas primitivas de todo el mundo), pero que es ignorado o rechazado por la ciencia occidental, probablemente a causa de la influencia ideológica judeo-cristiana.

En este documento, Ferguson nos introduce en una interpretación del todo heterodoxa sobre la historia de la Humanidad, que –tal como la veía Guénon– sería fruto de una evolución de la conciencia, con características bien diferenciadas en cada etapa y que afectaría tanto a la materialización como a la desmaterialización de los restos físicos que observan los arqueólogos. Pero sin duda lo más destacado sería la constatación de que no hay realmente “evolución” sino “involución”, o sea, un retroceso de un estadio superior a otro inferior, más limitado o restringido, que se traduce en una visión errónea del pasado como una era primitiva y carente de altos conocimientos. En fin, una vez más estamos ante un texto que se debe leer con la mente abierta y sin prejuicios, pues de otro modo resultaría del todo absurdo o confuso. 


Arqueología y Percepción Cíclica


El tema de los Ciclos del Tiempo nos ofrece una amplia perspectiva de la variedad de teorías, a menudo desconcertantes, acerca de las civilizaciones antiguas y perdidas. ¿Cómo es posible que tantos investigadores lleguen a conclusiones tan diversas? ¿Por qué la mente “moderna” ha estado tan cerrada a la idea de que las civilizaciones anteriores eran más avanzadas que las nuestras? René Guénon, el genial autor metafísico francés, arroja luz sobre nuestra capacidad de comprender el pasado en su libro “El reino de la cantidad y los signos de los tiempos” (1945).

En “Los límites de la Historia y la Geografía” (capítulo 19), Guénon afirma que hay diferencias cualitativas en los cuatro ciclos del tiempo. Estas diferencias cualitativas son expresiones de un amplio espectro de frecuencias siempre cambiantes, que reflejan diferentes estados de conciencia. Incluso dentro de cada ciclo hay ciclos dentro de ciclos que producen variaciones cualitativas, tanto en las apariencias manifestadas como en la percepción. 

Según la teoría de los Ciclos del Tiempo hallada en los antiguos textos sánscritos, comenzamos en los estados superiores de la conciencia y luego involucionamos. Contrariamente a la opinión científica actual, no estamos evolucionando, sino que estamos experimentando procesos de aumento de la limitación en la percepción, a medida que descendemos a través de las etapas de la Solidificación de la Materia.
Los Ciclos del Tiempo en la tradición hindú
 

A partir del 3.606 a. C., hemos estado viviendo en el último y más denso ciclo, el Kali Yuga, la Era de Confusión y del Conflicto. Por lo tanto, nuestras percepciones están atrofiadas y son más limitadas que nunca. En los ciclos previos no estábamos atrapados y limitados a la percepción diferenciada de los cinco sentidos. En los yugas anteriores, la visión remota, la telepatía y otras capacidades paranormales, por así decirlo, eran “normales” y en sánscrito ya se conocían con el nombre de Siddhis.

Quizás nuestra más absurda limitación es imaginar que los antiguos poseían una mentalidad similar a la nuestra. Juzgamos al pasado y a la gente de la antigüedad a través de nuestro moderno condicionamiento occidental filtrado por la ciencia. Asumimos que nuestra mentalidad es superior, avanzada, y de esta falsa premisa juzgamos y descartamos lo que de hecho somos incapaces de entender. Puesto que existimos dentro de un ciclo de densidad y confusión, un período avanzado en la solidificación de la materia, conferimos a todas nuestras percepciones apariencias correspondientes “según conceptos cuantitativos, mecanicistas o materialistas”. Guénon señala que si bien esto permite que las aplicaciones prácticas de la ciencia moderna tengan éxito, tan estrecha visión da lugar, sin embargo, a conclusiones equivocadas y a un enajenamiento cegador.


El mundo es conciencia


En los ciclos temporales anteriores, el mundo antiguo no era tan “sólido” como ha llegado a ser hoy y nuestra percepción condicionada de la separación entre lo que es corpóreo y lo que es “sutil” (bajo el umbral de cada átomo) aún no se había atrofiado tan completamente. “No fue sólo que el hombre, cuyas facultades estaban entonces mucho menos limitadas, no viera el mundo con los mismos ojos de hoy y que percibiera cosas que desde entonces se le han escapado por completo, sino que también, y correlativamente, el mundo en sí mismo –como entidad cósmica– era de hecho cualitativamente diferente...”

¿Monumentos solidificados en nuestra era?
Guénon afirma que incluso los restos arqueológicos de las antiguas civilizaciones se vieron afectados por la solidificación de la materia cuando descendimos a través de los Ciclos del Tiempo. Si, como él mismo dice, estos “vestigios” no habían sido parte de la solidificación en curso, simplemente habrían desaparecido de manera completa. De hecho, muchas estructuras antiguas desaparecieron, pero sólo para nuestros defectuosos ojos modernos. Esta comprensión va más allá de la capacidad de la mayoría de los arqueólogos e investigadores, que no tienen una comprensión de la metafísica tradicional y por lo tanto no tienen la conciencia necesaria para percibir a través de los velos del tiempo y, como un maestro ha dicho, “¡los oídos para oír!”

Según Guénon, cuando nos remontamos al Mundo Antiguo, surgen las barreras. Los intentos de establecer una cronología antes del siglo VI a. C. divergen en una plétora de estimaciones, “hasta tal punto que las divergencias en la estimación de las fechas de los objetos y de los acontecimientos ascienden a siglos y a veces incluso a milenios enteros...” Abundan las teorías contradictorias y recientemente hasta las dataciones por radiocarbono han caído bajo sospecha.


Miasma y desengaño


La reacción típica del pensamiento científico moderno es negar todo lo que pueda estar más allá de ellos, y por consiguiente se acusa a los antiguos de ser primitivos y carentes de procedimientos y tecnologías científicas modernas. Sin embargo, sólo nuestras propias facultades de percepción, continuamente debilitadas, nos permiten “sostener los relatos de los antiguos con sarcasmo”. A medida que nuestro mundo ha profundizado en la solidificación, “nuestras facultades de concepción y percepción –que permitieron al hombre alcanzar algo más que el modo más basto e inferior de la realidad– quedaron totalmente atrofiadas...”

Guénon también aporta pruebas de conceptos equivocados similares en geografía y afirma que hay una geografía “sagrada”, que es la base para el establecimiento de centros sagrados tradicionales. Guénon concluye ese capítulo con el entendimiento de que no podemos esperar mucho si no se da un cambio en el pensamiento y la erudición modernos: “...naturalmente se mantendrán en esta actitud negativa hasta que algunos cambios en la cara del mundo vengan a destruir de una vez por todas su engañosa seguridad.”


En un reciente artículo on-line que describe el fracaso y la influencia destructiva de los “elaborados modelos econométricos” utilizados por la Reserva Federal para predecir los eventos y los comportamientos humanos, el autor D. Devine cita a F. A. Hayek, Premio Nobel. Hayek predijo que la gente en el futuro miraría hacia atrás y “descubriría que las ideas más extendidas que dominaron el siglo XX (como la planificación científica) se basaban en supersticiones... una estimación excesiva de lo que la ciencia ha logrado.”

Hayek fue bastante presciente y correcto, sólo que no llegó a concebir la visión más amplia de que este proceso ha estado en curso durante los últimos 6.000 años, a lo largo del actual Kali Yuga, la Era de la Confusión. El planeta Neptuno ha estado en Piscis desde 2012 y lo seguirá estando hasta 2025. Neptuno en Piscis puede llevar al mundo a una mayor conciencia expandida, o hacia un tsunami de engaño tanto religioso como escolástico.

© Susan Ferguson 2013

Fuente: http://metaphysicalmusing.com/articles/2013/archeology.htm

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

viernes, 17 de febrero de 2017

Sorpresas arqueológicas en la Amazonía



Para mucha gente, el río Amazonas y su extenso territorio circundante en forma de selva constituyen un enorme paraíso natural que supuestamente no tiene más que agua y una rica biodiversidad animal y vegetal. Por lo demás, la presencia humana “civilizada” en este ámbito geográfico resulta más bien anecdótica: quienes realmente han ocupado esta área durante milenios son las tribus primitivas, las cuales –sin apenas haber salido de su estadio cazador-recolector– ahora se ven amenazadas por el avance del progreso.

Sin embargo, para una parte importante de la arqueología alternativa, es bien posible que la Amazonía esconda ciertas sorpresas acerca de un pasado fabuloso, caracterizado por civilizaciones o ciudades perdidas y tesoros ocultos. Esta visión fantástica comienza con la archiconocida leyenda de El Dorado, la mítica ciudad inca de oro y de inimaginables riquezas situada en la selva amazónica y que los conquistadores españoles (principalmente Orellana y Aguirre) buscaron en vano durante años. Más adelante, ya en el siglo XVIII, una expedición portuguesa se adentró en la selva brasileña y –según parece– descubrió las ruinas de una antiquísima gran ciudad, que parecía haber sido víctima de un catastrófico terremoto[1].

Percy H. Fawcett
Esta noticia permaneció en las sombras hasta que a inicios del siglo XX fue rescatada por el militar y aventurero inglés Percy Harrison Fawcett[2], buen conocedor de la geografía sudamericana, que –convencido de su veracidad– organizó en 1925 una expedición científica para localizar este misterioso enclave, al que denominó “Z”, si bien él creía que muy posiblemente había más ciudades ocultas en todo el Amazonas. Lamentablemente, Fawcett se internó en lo más profundo de la jungla del Matto Grosso y su rastro se perdió cerca del río Xingu, tras haber despachado una última carta el 29 de mayo de 1925. Nunca más se supo de él ni de sus acompañantes (su hijo Jack y su amigo Raleigh Rimell), pese a que fueron buscados en años sucesivos por nada menos que 13 expediciones, que a su vez también pagaron un alto tributo en vidas: más de 100 desaparecidos.

Ya en tiempos más recientes, las leyendas sobre ciudades o reinos civilizados en el Amazonas alcanzaron bastante auge, sobre todo a partir del éxito popular de la literatura arqueológica alternativa, mezclada con el realismo fantástico y las teorías de antiguos astronautas. En este contexto, ya no sólo se hablaba de los últimos reductos del Tawantinsuyu (imperio inca) sino de civilizaciones anteriores, relacionadas incluso con los mitos de la Atlántida o Mu. Así, cabe destacar el relato de la ciudad de Akakor[3], difundido por el periodista alemán Karl Brugger, y que en cierto modo inspiró el argumento de la última película de Indiana Jones, con presencias extraterrestres incluidas. Asimismo, se popularizaron otras historias más o menos fantásticas, como las legendarias tribus de hombres blancos, la ciudad o reino de Paititi (el “auténtico” El Dorado[4]), la Puerta de Aramu Muru, la ciudad de Manoa, la Cueva de los Tayos o las supuestas pirámides de Pantiacolla[5], sin que a día de hoy existan sólidas pruebas arqueológicas que respalden los rumores y las especulaciones.

Ahora bien, a pesar de todas las incógnitas, no sería apropiado afirmar categóricamente que todo el Amazonas ha sido siempre un terreno virgen, ignoto y hostil para las comunidades humanas. Así pues, llegados a este punto es oportuno comentar algunos descubrimientos y exploraciones arqueológicas que –si bien no confirman las historias más fantásticas– sí al menos apuntan a que una parte de la región amazónica estuvo poblada y civilizada en tiempos remotos.

¿Reliquia de "Z"?
En lo que sería el capítulo de objetos o artefactos, hay que reconocer que las posibles pruebas son mínimas. Fawcett se hizo con una pequeña estatuilla tallada en basalto con una figura humana que portaba una inscripción con signos desconocidos. Este objeto supuestamente procedía de la ciudad de “Z”, pero su rastro se perdió y no tenemos más información al respecto. Por otro lado, están también las famosas láminas metálicas y otros objetos que guardó en la ciudad de Cuenca (Ecuador) el padre Crespi y que presuntamente procedían de la Cueva de los Tayos. Una vez más, no hubo aquí ningún estudio arqueológico fiable ni tenemos claro el origen de esos artefactos; además, esta colección está actualmente bajo custodia museística y no parece que vaya a ser objeto de nuevos estudios. Finalmente, cabe citar un descubrimiento bien comprobado que data de 1969. Se trata de un pequeño objeto de oro llamado la Balsa de oro de El Dorado, de unos 18 cm., que fue hallado en un antiguo asentamiento de los indios muiscas. Este artefacto, en forma de barca con unas diminutas figuras humanas, recrea la ceremonia ancestral de esta tribu en el lago de Guatavita (Colombia), por la cual un nuevo rey asumía el poder y realizaba una ofrenda de objetos de oro al dios Sol[6].

Restos de la muralla de Ixiamas
No obstante, si saltamos al estudio del terreno, entonces se amplían los horizontes y se pueden observar algunos hechos ciertamente significativos. Primeramente, cabe reseñar que hace unos pocos años se identificó un conjunto de ruinas al sur del Perú (en el distrito de Kimbiri), que algunos investigadores se atrevieron a relacionar rápidamente con Paititi. En realidad se trata de unos restos dispersos en un área de 40.000 metros cuadrados, llamada Lobo Tahuantinsuyo, que podrían pertenecer a una fortaleza inca. Hasta la fecha se han apreciado unas estructuras en piedra tallada que formarían una serie de muros, pero de momento no se han llevado a cabo excavaciones arqueológicas. Tampoco se ha intervenido en otros restos megalíticos medio ocultos por la selva situados en Ixiamas (Parque Nacional Madidi, Bolivia), que podrían formar parte de una posible fortaleza pre-incaica, con una longitud de muralla de más de 300 metros y una altura conservada de hasta 3 metros. 

Asimismo, en la Amazonía peruana encontramos otro tipo de huellas de antiguas culturas locales –probablemente anteriores al imperio inca– en forma de petroglifos (signos o dibujos grabados sobre piedra). Nos referimos a unos grabados situados en la roca de Cumpanamá, cerca del pueblo de Yurimaguas, a orillas del río Huallaga[7]. Los petroglifos representan motivos diversos, como la máscara-corona de un jefe o cacique y varios símbolos zoomórficos, antropomórficos y geométricos. También son muy destacables los petroglifos de Pusharo (Parque Nacional del Manú, Perú), de incierto origen inca, con algunos rostros y multitud de signos abstractos. Y ya en Brasil, cabe citar los más de 400 grabados de la Piedra de Ingá (un enorme monolito horizontal de 24 x 3 metros), con motivos zoomórficos, estrellas y signos abstractos, que podrían constituir una extraña forma de escritura, sin ninguna relación con otras escrituras conocidas de la América precolombina. Algún investigador, incluso, ha creído ver en estos grabados información arqueoastronómica, en forma de calendario solar.

Piedra de Ingá (Brasil), un enorme monolito repleto de grabados

Con todo, los datos más reveladores de los últimos tiempos sobre la antigua población del Amazonas se han localizado principalmente en la Amazonía brasileña. Por una parte, varios investigadores se han fijado en una vasta región de miles de hectáreas que constituye la llamada Terra Preta (“tierra negra”), un territorio extremadamente fértil gracias a la composición del suelo, una mezcla de terreno arenoso, cal de conchas y carbón vegetal, que los indios han estado explotando durante siglos. A este hallazgo se deben sumar trazas de posibles canalizaciones de riego, caminos y diversos restos materiales (cerámicas), todo ello localizado en los llanos de los Mojos (Bolivia), que indicaría una amplia explotación del territorio por parte de una antigua civilización agrícola.

Antiguas obras sobre el terreno (Brasil)
Por otra parte, ya desde finales del siglo XX y como consecuencia de la progresiva deforestación de la selva amazónica, se empezaron a identificar en las regiones brasileñas de El Acre y Rondonia una serie de marcas o zanjas sobre el terreno ya despojado de árboles[8]. Cuando se contemplaron estas marcas desde el aire se pudo verificar que eran grandes obras, normalmente de forma circular o redondeada (de unos 100-150 metros de diámetro) o bien cuadrangular (de entre 100 y 200 metros de lado). A día de hoy ya se han contabilizado unas 450, que no es poca cosa.

Sobre la razón de ser de estas construcciones hay básicamente dos interpretaciones. La primera es que se trataba de geoglifos, unos trazados de gran tamaño excavados sobre la superficie del terreno con una finalidad indefinida, como los que pueden observarse en Nazca, Palpa o Atacama. No obstante, hay que señalar que la iconografía de estas obras no se corresponde con los clásicos geoglifos –generalmente de formas zoomórficas o antropomórficas– que podemos ver en otros lugares de la región andina y que parecen estar diseñados para ser vistos desde los cielos. Además, los supuestos geoglifos están visiblemente delimitados por fosos y terraplenes, lo que ha inducido a formular una interpretación alternativa.

Comparación entre El Acre y Stonehenge
Precisamente, esa segunda interpretación ha llevado a inesperadas conexiones históricas y culturales. Así, la arqueóloga británica Jennifer Watling[9] ha apreciado un paralelo muy claro con los “henges” neolíticos típicos de Gran Bretaña (como Stonehenge), esto es, recintos de forma más o menos circular –de entre 20 y 300 metros de diámetro–definidos por una zanja y un terraplén (y a veces con estructuras interiores, como por ejemplo megalitos) en los que se cree que se llevaban a cabo determinadas ceremonias o rituales. Otros investigadores, en cambio, han apuntado a que tal vez podrían ser recintos defensivos de pequeñas aldeas, con el añadido de una empalizada. Frente a esta hipótesis cabe decir que las investigaciones realizadas sobre el terreno no han localizado los agujeros para los postes ni han identificado estructuras internas, y tan sólo se han recogido unos pocos artefactos, lo que favorece la hipótesis de un uso comunitario ritual, si bien ello no deja de ser una especulación similar a la que se aplica al clásico megalitismo europeo.

En todo caso, Watling cree que, pese a la gran separación cronológica entre ambos lugares (que ella estima en unos 2.500 años), el tipo de estructura podría representar la misma fase de desarrollo social y cultural. Y lo que es más importante, esta intervención sistemática demostraría, rompiendo de algún modo las ideas preconcebidas de una naturaleza amazónica virgen y prístina, que el hombre primitivo del Amazonas habría modelado de forma significativa el ecosistema que lo rodeaba, si bien de una manera mucho más racional y eficaz que las prácticas actuales.

Por cierto, vale la pena remarcar que en 2006 se identificaron ciertos restos megalíticos estilo Stonehenge en lo alto de una colina en el estado de Amapa (Brasil). Se trataba de 127 bloques de unos 3 metros de altura dispuestos en forma circular que, según la arqueóloga Mariana P. Cabral, podrían constituir un observatorio astronómico, con una antigúedad aproximada de unos 2.000 años. Este hallazgo sugirió a los arqueólogos que la tópica imagen de miles de años de comunidades primitivas en la selva tropical sin ningún signo de civilización o sofisticación debía ser revisada.

En definitiva, si juntamos ahora todas las piezas sueltas, podemos proponer unas vías de investigación relativamente audaces, vistas las pruebas y los indicios ya mencionados:

1.      Existen bastantes pistas de tipo arqueológico, pero también geológico, de que el Amazonas estuvo ampliamente poblado por culturas neolíticas –o más avanzadas– que explotaban las fértiles tierras de la región y que tal vez recurrieron a la tala o quema de árboles para disponer de tierras de cultivo. Con el declive de estas culturas, por motivos desconocidos, la selva volvió a ocupar todo el territorio y ocultó las obras de esas culturas primigenias. Es bien posible que las actuales tribus de la Amazonía, en vez de “evolucionar” desde un estadio más primitivo, hayan sido fruto de una involución a partir del legado de una civilización superior.

2.   Las pruebas arqueológicas insinúan que junto a la más que probable presencia de la civilización inca en la Amazonía podríamos tener restos de culturas o civilizaciones anteriores, que podríamos conectar con enclaves megalíticos tan característicos como Tiahuanaco[10] o Cuzco. Estaríamos hablando de un horizonte de una enorme antigüedad –no reconocida por la arqueología académica­– que tal vez estaría en la línea de lo que Arthur Posnansky propuso mediante datación arqueoastronómica para Tiahuanaco, esto es, alrededor de 15.000 a. C. Una datación fiable de todos los restos disponibles debería aportarnos pistas en este sentido.

Muralla megalítica del Kalasasaya (Tiahuanaco)
 3.   Ya se ha comentando que existen unos pocos restos de grandes construcciones en piedra que en su mayoría están aun por excavar o estudiar sistemáticamente. Ahora bien, ¿podríamos hablar de la existencia de grandes ciudades megalíticas de una civilización desconocida en la Amazonía? Esta hipótesis no es tan arriesgada si tenemos en cuenta que aún hoy en día en Mesoamérica se descubren grandes complejos arquitectónicos de la civilización maya (o de otras culturas) que habían estado sepultados bajo la tupida vegetación de la selva. Y dado que la Amazonía es todavía un vasto territorio salvaje e impracticable en muchas zonas, no es impensable que existan ciudades totalmente ocultas por la jungla a las cuales sea muy difícil acceder. Si hemos de creer en el informe de la expedición de Raposo (del siglo XVIII) quizás ellos tuvieron un golpe de suerte que no se ha vuelto a repetir, pero es bien factible que se lograse dar con la ciudad a través de exhaustivas prospecciones con los recursos humanos y técnicos adecuados.

4.   La curiosa coincidencia entre los henges neolíticos de Gran Bretaña y las estructuras del Brasil quizá sea una mera casualidad, pues la arqueología –a decir de los expertos académicos– está llena de procesos autóctonos semejantes, sin ningún tipo de difusionismo. Desde luego esto es bien posible, pero no deberíamos descartar un origen cultural común a tales obras, dadas las formas, medidas y los sistemas de construcción observados, que son sorprendentemente similares. También podríamos señalar la confusa presencia de indios de piel blanca y pelo rojo o rubio, un elemento que se repite en multitud de crónicas en toda América, de norte a sur. Tal vez por aquí podríamos intuir una aportación cultural foránea (“dioses venidos del este”) que igualmente tiene una constante referencia mitológica en figuras como Quetzalcóatl o Viracocha, lo que inevitablemente hace resurgir una vez más el fantasma de la Atlántida, aunque lo más probable es que dichas aportaciones foráneas se deban a civilizaciones de allende los mares que llegaron a América mucho antes del cambio de era[11].

Muros hallados en la selva peruana
Concluyendo, pese a todos los esfuerzos realizados hasta la fecha todavía nos movemos en el terreno de las conjeturas. Faltan pruebas sólidas, dataciones, estudios continuados y sistemáticos, nuevas prospecciones... Es evidente que queda mucho trabajo por hacer, y quizás debería haber más implicación por parte de las autoridades culturales, que más bien se muestran reacias a meterse en este campo, quizá en parte por el coste económico pero también por el miedo a caer en el peligroso descrédito de patrocinar la búsqueda de historias fabulosas y antiguos mitos. Como consecuencia, casi todas las pesquisas sobre el terreno las realizan soñadores y aventureros –y quizá algún buscador de tesoros– aunque a decir verdad la mayoría de estas personas que publicitan sus investigaciones en Internet muestran estar sinceramente interesadas por la vertiente histórica y arqueológica del tema.

Actualmente, quien parece estar más próximo a obtener algún resultado sobre la mítica Paititi es el investigador estadounidense Gregory Deyermenjian[12], que ha emprendido numerosas expediciones a la Amazonía peruana desde 1984 hasta hoy en día. En estas exploraciones Deyermenjian ha descubierto diversos yacimientos arqueológicos de origen inca o pre-inca, generalmente fortines o fortalezas. Pero lo más significativo es que –gracias a las referencias concretas dadas por los indios matsiguengas– ha identificado recientemente en el Santuario Nacional de Megantoni (Perú) una alta montaña de extraña forma cuadrangular en cuya cumbre podría estar la ciudad de Paititi, pero con un casi imposible acceso por tierra, lo que obliga a una compleja expedición con ayuda de helicópteros. En el momento de escribir este texto no dispongo de más información sobre este proyecto. Veremos si, con un poco de suerte, Deyermenjian o algún otro investigador consigue completar la empresa que el tenaz Percy H. Fawcett no pudo llevar a buen puerto.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons, National Geographic y Salman Khan / José Iriarte


[1] Esta expedición estuvo vagando por la selva durante varios años y la condujo un tal Francisco Raposo en 1743, con el objetivo inicial de localizar unas minas de diamantes en Muribeca. Un fraile llamado Barbosa escribió un informe sobre este viaje a la atención del Virrey de Carvalho, que no tomó ninguna decisión al respecto. Luego, el informe quedó archivado en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro (referencia MSS 512).   
[2] Se dice de él que Hergé lo tomó como referente para crear el personaje del explorador Ridgewell en el cómic de Tintín “La oreja rota” y que también inspiró el reciente personaje de Indiana Jones.
[3] Según un indígena llamado Tatunca Nara, de hecho existirían tres ciudades perdidas, Akakor, Akakim y Akanis, y las tres estarían aún habitadas. Su relato resulta confuso porque añade la sorprendente presencia de los nazis en dichas ciudades
[4] Ciudad de oro supuestamente vista por el misionero Andrés López en el año 1600, según un documento guardado en los Archivos del Vaticano.
[5] Se trata de una formación natural de 12 montículos en el Perú, los cuales a vista de satélite parecían pirámides. Varios investigadores han visitado la zona y han corroborado que son simples colinas.
[6] La ceremonia consistía en que el nuevo soberano se recubría completamente el cuerpo con polvo de oro y se adentraba en el lago en una balsa o barca junto con cuatro personajes notables. Allí arrojaba al agua los objetos dorados y piedras preciosas. Luego, él mismo se lanzaba al agua para que se desprendiese el polvo de oro y regresaba a nado a la orilla.
[7] Fuente: http://yurileveratto1.blogspot.com.es/2014/07/el-misterio-de-los-petroglifos-de.html
[8] También hay noticia de estructuras similares en los departamentos de Pando y Beni, en Bolivia.
[9] Fuente: http://www.telegraph.co.uk/science/2017/02/06/hundreds-ancient-earthworks-resembling-stonehenge-found-amazon/
[10] Cabe destacar que en los alrededores de Tiahuanaco se encontraron de restos de explotaciones y prácticas agrícolas muy avanzadas, lo que vendría a cuadrar con lo hallado en Brasil (la Terra Preta).
[11] Actualmente, a la vista de las pruebas recogidas en diversos puntos de América ya parece innegable el hecho de que varias civilizaciones antiguas, principalmente del Mediterráneo, llegaron a América mucho antes que Colón, y que tal vez pudieron asentarse temporalmente o fundar colonias allí.

[12] Para más información, véase la entrevista concedida a la revista Enigmas: http://www.revistaenigmas.com/secciones/entrevistas/gregory-deyermenjian-busca-ciudad-perdida-paititi