domingo, 28 de agosto de 2016

Los túneles de América



El tema de los inframundos o de los mundos subterráneos es todo un clásico de la arqueología alternativa, que ha especulado mucho con la existencia de ciudades perdidas, civilizaciones intraterrenas y redes de túneles por todo el mundo. Se podría pensar que gran parte de estas propuestas son fruto de la imaginación o de la interpretación sesgada de la mitología, pero lo cierto es que algunos datos arqueológicos nos impulsan a considerar que “algo de eso hay”. En el campo concreto de las ciudades subterráneas tenemos muy claros ejemplos en Turquía, con la famosa Derinküyü al frente, que a pesar de haber sido objeto de investigación desde hace décadas todavía guardan  muchas incógnitas por desvelar. En cuanto a los túneles, hace tiempo que varios investigadores han señalado que existen numerosas pistas de inmensas redes de túneles que recorren amplios territorios en diversas partes del mundo: Asia, América, Europa, África... e incluso en una isla tan pequeña como Malta hallamos una amplia red de túneles que se extendían por el subsuelo de toda la isla[1].

En América también existen bastantes indicios de túneles y de espacios subterráneos inexplorados, principalmente en Sudamérica y en relación con la civilización inca (o una civilización desconocida aún anterior)[2]. Para introducirnos someramente en este contexto, adjunto aquí un interesante documento del fallecido autor germano-español Andreas Faber-Kaiser, gran investigador en el campo de la ufología y la arqueología alternativa. Este artículo contiene una inevitable influencia del llamado realismo fantástico –de cuyas fuentes bebió Faber-Kaiser– pero tiene la virtud de relacionar la mitología y la tradición con hallazgos del todo reales, si bien en la mayoría de  los casos no hubo profundización ni estudios científicos de ningún tipo.

En suma, la investigación rigurosa de esos túneles de épocas remotísimas y atribuidos a veces a civilizaciones perdidas constituye una asignatura pendiente para la arqueología, ya sea “convencional” o “alternativa”. Lo cierto es que los restos están ahí y sólo debería haber voluntad política y científica para emprender las acciones adecuadas, a fin de dilucidar si esos túneles existen realmente, y –en tal caso– si son o no artificiales y qué función pudieron cumplir. Por supuesto, otra cosa sería preguntarnos si hay verdadero interés en explorar estas rarezas.


Una civilización desconocida construyó un sistema habitable de subterráneos en el subsuelo americano



Los indios hopi, asentados en el estado norteamericano de Arizona, y que afirman proceder de un continente desaparecido en lo que hoy es el océano Pacífico, recuerdan que sus antepasados fueron instruidos y ayudados por unos seres que se desplazaban en escudos voladores, y que les enseñaron la técnica de la construcción de túneles y de instalaciones subterráneas.

Muchas otras leyendas y tradiciones indígenas del continente americano hablan de la existencia de redes de comunicación y de ciudades subterráneas. Existe una nutrida literatura y suficientes investigadores que mantienen la hipótesis de que debajo de la superficie de nuestro planeta habitan seres inteligentes desconocidos por nosotros.

Existen diversas hipótesis acerca de la posibilidad de que inteligencias procedentes de fuera de nuestro planeta posean puntos de apoyo subterráneos o subacuáticos en el planeta Tierra. No voy a entrar aquí en el análisis de estas posibilidades, ya que forman parte de otro estudio que merece su propia dedicación. De forma que no voy a hablar de organizaciones como la Hollow Earth Society (Sociedad de la Tierra Hueca) o el SAMISDAT, que buscan establecer contacto con supuestos habitantes del interior del planeta, la primera, mientras que la segunda echa leña al fuego de la existencia de toda una organización de ideología nazi —naturalmente vinculada a los personajes dirigentes de la Alemania nazi— que sobrevive bajo la piel de nuestro planeta, con entradas a su mundo especialmente en el polo Norte y de la Amazonía brasileña. No voy a hablar de tales organizaciones ni de otras similares, ni voy a entrar en el tema de Shamballah ni de Agartha —supuestos conceptos de lo que serían unos centros de control subterráneos en los confines del Asia central— ni en el del supuesto «Rey del Mundo», porque no es el momento de negar ni de confirmar la validez de todos estos supuestos. El día en que crea oportuno hablar de ellos, lo haré de la forma más clara posible.

Voy a centrarme en este artículo en los lugares que, en el continente americano, tienen mayores posibilidades de conectar con este mundo inteligente subterráneo que aflora en muchas narraciones de los indios del Norte, del Centro y del Sur de este vasto continente, recogidas desde la época de la conquista hasta nuestros días. Para darle algún orden a la exposición de estos lugares —y dado que la datación cronológica de los supuestos túneles se pierde en la indefinición— voy a recorrer en las páginas que siguen América comenzando por el Norte para terminar, en trayecto descendente sobre el mapa, en el Norte de Chile.

Quede dicho, antes de descender, que hay más de un investigador que afirma que el polo Norte alberga tierras cálidas y la entrada hacia un mundo interior.

El monte Shasta



Antiguo poblado hopi
Los indios hopi afirman que sus antepasados proceden de unas tierras hundidas en un pasado remoto en lo que hoy es el océano Pacífico. Y que quienes les ayudaron en su éxodo hacia el continente Americano fueron unos seres de apariencia humana que dominaban la técnica del vuelo y la de la construcción de túneles e instalaciones subterráneas. Los hopi están asentados hoy en día en el estado de Arizona, cerca de la costa del Pacífico. Entre ellos y la costa, se halla el estado de California. Y en el extremo norte de este estado existe un volcán nevado, blanco, llamado Shasta. Las leyendas indias del lugar explican que en su interior se halla una inmensa ciudad que sirve de refugio a una raza de hombres blancos, dotados de poderes superiores, supervivientes de una antiquísima cultura desaparecida en lo que hoy es el océano Pacífico. El único supuesto testigo que accedió a la ciudad, el médico Dr. Doreal, afirmó en 1931 que la forma de construcción de sus edificios le recordó las construcciones mayas o aztecas.

El nombre Shasta no procede del inglés, ni de ninguno de los idiomas ni dialectos indios. En cambio, es un vocablo sánscrito, que significa «sabio», «venerable» y «juez». Sin tener noción del sánscrito, las tradiciones indias hablan de sus inquilinos como de seres venerables que moran en el interior de la montaña blanca por ser ésta una puerta de acceso a un mundo interior de antigüedad milenaria.

Notificaciones más recientes de los habitantes de la cercana colonia de leñadores de Weed refieren apariciones esporádicas de seres vestidos con túnicas blancas que entran y salen de la montaña, para volver a desaparecer al tiempo que se aprecia un fogonazo azulado.

Narraciones recogidas de los indios sioux y apaches confirman la convicción de los hopi y de los indígenas de la región del monte Shasta, de que en el subsuelo del continente americano mora una raza de seres de tez blanca, superviviente de una tierra hundida en el océano. Pero también mucho más al norte, en Alaska y en zonas más norteñas aún, esquimales e indios hablan una y otra vez de la raza de hombres blancos que habita en el subsuelo de sus territorios.

Una ciudad bajo la pirámide


Descendiendo hacia el Sur, recogí en la primavera de 1977 en México la creencia de que bajo la pirámide del Sol en Teotihuacán (la «ciudad de los dioses»), se esconde por el lado opuesto de la corteza terrestre —o sea en el interior del subsuelo— una ciudad en la cual se afirma que se halla el dios blanco.


400 edificios vírgenes



Pirámide de Chitchén Itzá (Yucatán)
Si de aquí nos trasladamos a la península del Yucatán, hallaremos en su extremo norte, oculta en la espesura de la selva, una ciudad descubierta en 1941 que se extiende sobre un área de 48 km2, y que guarda en el silencio del olvido más de 400 edificios que en alguna época remota conocieron esplendor. Fue hallada por un grupo de muchachos que, jugando en las inmediaciones de una laguna en la que solían bañarse, se toparon con un muro de piedras trabajadas, oculto por la vegetación. No teniendo los mexicanos recursos suficientes para acometer la exploración del lugar, requirieron ayuda norteamericana, acudiendo dos arqueólogos especializados en cultura maya, adscritos al Middle American Research Institute de la Universidad de New Orleans. También ellos determinaron que el proyecto de limpieza y estudio de la enorme ciudad sobrepasaba sus posibilidades, por lo que habría que crear una asociación con otras entidades. La guerra logró que el proyecto fuera momentáneamente archivado. Hasta que, en 1956, la Universidad de New Orleans, asociada esta vez con la National Geographic Society y con el Instituto Nacional de Antropología de México reemprendió las investigaciones. Andrews, el arqueólogo que dirigía la expedición, se dedicó —mientras el equipo de trabajadores comenzaba la desobstrucción de las edificaciones— a recoger informaciones entre los indios de la región. Un chamán le hizo saber que la ciudad se llamaba Dzibilchaltún, palabra que era desconocida en el idioma maya local, y que la laguna era llamada Xlacah, cuya traducción sería «ciudad vieja».

La ciudad engullida



Queriendo averiguar el motivo de este nombre, le fue narrada al arqueólogo norteamericano una leyenda transmitida por los indios de generación en generación, y que afirmaba que, en el fondo de la laguna, existía una parte de la ciudad que se alzaba arriba, en la jungla. De acuerdo con la narración del viejo chamán, muchos siglos antes había en la ciudad de Dzibilchaltún un gran palacio, residencia del cacique. Cierta tarde llegó al lugar un anciano desconocido que le solicitó hospedaje al gobernante. Si bien demostraba una evidente mala voluntad, ordenó sin embargo a sus esclavos que preparasen un aposento para el viajero. Mientras tanto, el anciano abrió su bolsa de viaje y de ella extrajo una enorme piedra preciosa de color verde, que entregó al soberano como prueba de gratitud por el hospedaje. Sorprendido con el inesperado presente, el cacique interrogó al huésped acerca del lugar del que procedía la piedra. Como el anciano rehusaba responder, su anfitrión le preguntó si llevaba en la bolsa otras piedras preciosas. Y dado que el interrogado continuó manteniéndose en silencio, el soberano montó en cólera y ordenó a sus servidores que ejecutasen inmediatamente al extranjero.

Después del crimen, que violaba las normas sagradas del hospedaje, el propio cacique revisó la bolsa de su víctima, suponiendo que encontraría en ella más objetos valiosos. Mas, para su desespero, solamente halló unas ropas viejas y una piedra negra sin mayor atractivo. Lleno de rabia, el soberano arrojó la piedra fuera del palacio. En cuanto cayó a tierra, se originó una formidable explosión, e inmediatamente la tierra se abrió engullendo el edificio, que desapareció bajo las aguas del pozo, surgido éste en el punto exacto en el que cayó a tierra la piedra. El cacique, sus servidores y su familia fueron a parar al fondo de la laguna, y nunca más fueron vistos. Hasta aquí la leyenda.

Representación de la divinidad mesopotámica Oannes
Pero continuemos con estas ruinas del Yucatán septentrional. La expedición acabó por desobstruir una pirámide que albergaba ídolos diferentes de las representaciones habituales de las divinidades mayas. Otro edificio cercano se revelaría como mucho más importante. Se trataba de una construcción que difería totalmente de los estilos tradicionales mayas, ofreciendo características arquitectónicas jamás vistas en ninguna de las ciudades mayas conocidas. En el interior del templo —adornado todo él con representaciones de animales marinos— Andrews descubrió un santuario secreto, tapiado con una pared, en el que se encontraba un altar con siete ídolos que representaban a seres deformes, híbridos entre peces y hombres. Seres similares por lo tanto a aquellos que en tiempos remotos revelaron inconcebibles conocimientos astronómicos a los dogones, en el Africa central, y a aquellos otros que nos refieren las tradiciones asirias cuando hablan de su divinidad Oannes.

En 1961, Andrews regresó a Dzibilchaltún, acompañado en esta ocasión de dos experimentados submarinistas, que debían completar con un mejor equipamiento la tentativa de inmersión efectuada en 1956 por David Conkle y W. Robbinet, que alcanzaron una profundidad de 45 metros, a la cual desistieron en su empeño debido a la total falta de luz reinante. En esta segunda tentativa, los submarinistas fueron el experimentado arqueólogo Marden, famoso por haber hallado en 1956 los restos de la H.M.S Bounty, la nave del gran motín, y B. Littlehales. Después de los primeros sondeos, vieron claro que la laguna se desarrollaba en una forma parecida a una bota, prosiguiendo bajo tierra hasta un punto que a los arqueólogos submarinistas les fue imposible determinar. Al llegar al fondo de la vertical, advirtieron que existía allí un declive bastante pronunciado, que se encaminaba hacia el tramo subterráneo del pozo. Y allí se encontraron con varios restos de columnas labradas y con restos de otras construcciones. Con lo cual parecía confirmarse que la leyenda del palacio sumergido se fundamentaba en un suceso real.

Este enclave del Yucatán presenta certeras similitudes con las ruinas de Nan Matol, la ciudad muerta del océano Pacífico del que afirman proceder los indios americanos. También allí se conserva una enigmática ciudad abandonada y devorada por la jungla, a cuyos pies, en las profundidades del mar, los submarinistas descubrieron igualmente columnas y construcciones engullidas por el agua.


El emperador del Universo



Nos vamos a la otra costa de México, ligeramente más al Sur. En Jalisco, y a unos 120 km. tierra adentro del cabo Corrientes, cuentan los indígenas que se oculta un templo subterráneo en el que antaño fue venerado el emperador del Universo. Y que, cuando finalice el actual ciclo evolutivo, volverá a gobernar la Tierra con esplendor el antiguo pueblo desplazado. Tal afirmación guarda relación con el legado que encierran los pasadizos de Tayu Wari, en la selva del Ecuador.


Las láminas de oro de los lacandones



Paisaje del estado de Chiapas (México)
De aquí hacia el Sur, al estado mexicano de Chiapas, junto a la frontera con Guatemala. Allí moran unos indios diferentes, de tez blanca, por cuyos secretos subterráneos ya se había interesado en marzo de 1942 el mismo presidente Roosevelt. Pues cuentan los lacandones que saben de sus antepasados que en la extensa red de subterráneos que surcan su territorio, se hallan en algún lugar secreto unas láminas de oro, sobre las que alguien dejó escrita la historia de los pueblos antiguos del mundo, amén de describir con precisión lo que sería la Segunda Guerra Mundial, que implicaría a todas las naciones más poderosas de la Tierra. Este relato llega a oídos de Roosevelt a los pocos meses de sufrir los Estados Unidos el ataque japonés a Pearl Harbor. Semejantes planchas de oro guardan estrecha relación, igualmente, con las que luego veremos se esconden en los citados túneles de Tayu Wari, en el Oriente ecuatoriano.


50 km. de túnel



Prosigamos hacia el Sur. El paso siguiente que se da desde Chiapas pisa tierra guatemalteca. En el año 1689 el misionero Francisco Antonio Fuentes y Guzmán no tuvo inconveniente en dejar descrita la «maravillosa estructura de los túneles del pueblo de Puchuta», que recorre el interior de la tierra hasta el pueblo de Tecpan, en Guatemala, situado a unos 50 km. del inicio de la estructura subterránea.


A México en una hora



A finales de los 40 del siglo pasado apareció un libro titulado Incidentes de un viaje a América Central, Chiapas y el Yucatán, escrito por el abogado norteamericano John Lloyd Stephens, que en misión diplomática visitó Guatemala en compañía de su amigo el artista Frederick Catherwood. Allí, en Santa Cruz del Quiché, un anciano sacerdote español le narró su visita, años atrás, a una zona situada al otro lado de la sierra y a cuatro días de camino en dirección a la frontera mexicana, que estaba habitada por una tribu de indios que permanecían aún en el estado original en que se hallaban antes de la conquista. En conferencia de prensa celebrada en New York tiempo después de la publicación del libro, añadió que, recabando más información por la zona, averiguó que dichos indios habían podido sobrevivir en su estado original gracias a que —siempre que aparecían tropas extrañas— se escondían bajo tierra, en un mundo subterráneo dotado de luz, cuyo secreto les fue legado en tiempos antiguos por los dioses que habitan bajo tierra. Y aportó su propio testimonio de haber comenzado a desandar un túnel debajo de uno de los edificios de Santa Cruz del Quiché, por el que en opinión de los indios antiguamente se llegaba en una hora a México.


El templo de la luna



En octubre de 1985 tuve ocasión de acceder junto con Juan José Benítez, con los hermanos Vilchez y con mi buena amiga Gretchen Andersen —que, dicho sea de paso, nació al pie del monte Shasta en el que inicié este artículo— a un túnel excavado en el subsuelo de una finca situada en los montes de Costa Rica. Nos internamos en una gran cavidad que daba paso a un túnel artificial que descendía casi en vertical hacia las profundidades de aquel terreno. Los lugareños —que estaban desde hace años limpiando aquel túnel de la tierra y las piedras que lo taponaban— nos narraron su historia, afirmando que al final del mismo se halla el «templo de la Luna», un edificio sagrado, uno de los varios edificios expresamente construidos bajo tierra hace milenios por una raza desconocida, que de acuerdo con sus registros había construido una ciudad subterránea de más de 500 edificios.


La biblioteca secreta



Interior de la cueva de Los Tayos (Ecuador)
Y ya bastante más al Sur, me interné en 1986 en solitario en la intrincada selva que, en el Oriente amazónico ecuatoriano, me llevaría hasta la boca del sistema de túneles conocidos por Los Tayos —Tayu Wari en el idioma de los jívaros que los custodian—, en los que el etnólogo, buscador, aventurero y minero húngaro Janos Moricz había hallado años atrás, y después de buscarla por todo el subcontinente sudamericano, una auténtica biblioteca de planchas de metal. En ellas, estaba grabada con signos y escritura ideográfica la relación cronológica de la historia de la Humanidad, el origen del hombre sobre la Tierra y los conocimientos científicos de una civilización extinguida.


Las ciudades subterráneas de los dioses



Por los testimonios recogidos, a partir de allí partían dos sendas subterráneas principales: una se dirigía al Este hacia la cuenca amazónica en territorio brasileño, y la otra se dirigía hacia el Sur, para discurrir por el subsuelo peruano hasta el Cuzco, el lago Titicaca en la frontera con Bolivia, y finalmente alcanzar la zona lindante a Arica, en el extremo norte de Chile.

De acuerdo por otra parte con las informaciones minuciosamente recogidas en Brasil por el periodista alemán Karl Brugger, con cuyo asesinato en la década de los 80 desaparecieron los documentos de su investigación, se hallarían en la cuenca alta del Amazonas diversas ciudades ocultas en la espesura, construidas por seres procedentes del espacio exterior en épocas remotas, y que conectarían con un sistema de trece ciudades ocultas en el interior de la cordillera de los Andes.

Los refugios de los incas



Enlazando con estos conocimientos, sabemos desde la época de la conquista que los nativos ocultaron sus enormes riquezas bajo el subsuelo, para evitar el saqueo de las tropas españolas. Todo parece indicar que utilizaron para ello los sistemas de subterráneos ya existentes desde muchísimo antes, construidos por una raza muy anterior a la inca, y a los que algunos de ellos tenían acceso gracias al legado de sus antepasados. Posiblemente, el desierto de Atacama en Chile sea el final del trayecto, en el extremo Sur.

Estamos hablando pues, al final del trayecto, de la zona que las tradiciones de los indios hopi citados al inicio de este artículo —allá arriba en la Arizona norteamericana—, señalan como punto de arribada de sus antepasados cuando —ayudados por unos seres que dominaban tanto el secreto del vuelo como el de la construcción de túneles y de instalaciones subterráneas—, se vieron obligados a abandonar precipitadamente las tierras que ocupaban en lo que hoy es el océano Pacífico.

Pero la localización de las señales concretas —que existen—, el desciframiento adecuado de sus claves correctoras —que las hay—, así como la decisión de dar el paso comprometido al interior, es —como siempre sucede en todo buscador sincero— una labor tan comprometida como intransferible.

© Andreas FABER-KAISER, 1992.



Fuente imágenes: Wikimedia Commons





[1] Esta red estaba en contacto con los hipogeos megalíticos y resultaba un auténtico laberinto que a día de hoy aún está por explorar completamente. Al respecto, se dice (rumor no confirmado) que un grupo de escolares y un profesor desparecieron para siempre al internarse en lo más profundo de los túneles.

[2] Para tener una idea de las pesquisas “amateurs” en este campo, véase el libro de Javier Sierra “En busca de la Edad de Oro, capítulos 15 al 18.

sábado, 20 de agosto de 2016

El Pacífico: océano de gigantes


Llegamos ya a las 100 entradas en "La otra cara del pasado", coincidiendo también aproximadamente con los tres años de existencia de este cuaderno de viaje personal en blogger. Así pues, a modo de conmemoración, me he permitido un pequeño cambio de imagen y la inclusión de un artículo sobre el intrigante tema de los gigantes, que he tocado ampliamente en este blog y también en algunas conferencias y entrevistas. Espero que sea del agrado de todos, y una vez más gracias por estar ahí y seguir estos contenidos.

Las raíces mitológicas



Es bien sabido que en casi todos los rincones del mundo hallamos vívidas tradiciones y leyendas –que se remontan a tiempos ancestrales– sobre “gigantes”, entendidos como humanos o humanoides de enorme altura y corpulencia. Naturalmente, para el mundo académico estas leyendas no tienen la más mínima base histórica real. De hecho, cuando se habla de gigantes, la ciencia suele refugiarse en el folklore, las creencias o la épica. Así, estos seres fantásticos no serían más que la personificación de fuerzas de la naturaleza o bien la exaltación de antiguos héroes. Y, por supuesto, si alguien dice haber hallado huesos humanos de gran tamaño, se alega que o bien es un fraude o bien se trata de algún tipo de confusión, fruto de la simple ignorancia.
Pero lo cierto es que la mitología es tozuda e insiste en que tales seres convivieron con los hombres “normales” en un pasado indefinido. En este sentido, resulta asombroso observar cómo en el Pacífico, una zona del planeta que es básicamente una enorme extensión de agua con poca tierra firme en forma de islas, existe una amplísima y colorista tradición mitológica sobre los gigantes, que –por si fuera poco– parece estar vinculada a restos arqueológicos relacionados con estos seres, lo cual incomoda –y mucho– a la comunidad científica.

En efecto, entre la abundante mitología del Pacífico tenemos diversos relatos que nos hablan en detalle de los gigantes, identificándolos específicamente con tribus o personajes concretos, según ha constatado el investigador noruego Terje Dahl. Por ejemplo, en las islas Cook existía una leyenda acerca de un gigante llamado Moke, que era presuntamente el gigante más grande del Pacífico Sur. Este gigante, de unos 20 metros, vivía en la isla de Mangaia. Y en Rarotonga, la isla principal del mismo archipiélago, vivía otro gigante de nombre Teu, con una estatura de unos 10 metros. A su vez, en el pequeño atolón de Nukulaelae se tiene el recuerdo de un gigante llamado Tevalu, que raptaba niños y se los comía. En Samoa existe una tradición acerca de un gigante u ogro llamado Moso, que aún es invocado por los padres cuando quieren impresionar a sus hijos. Las leyendas locales hablan de que, en tiempos remotos, una tribu de gigantes, los Hiti, habitaba Samoa, pero que desaparecieron tras una gran inundación o cataclismo.
 
Lago Wakatipu (Nueva Zelanda)
Si nos trasladamos a Nueva Zelanda, los maoríes afirman que la isla estuvo poblada por gigantes, antes y después de que ellos mismos llegaran allá. Se habla de varios gigantes con nombres conocidos, como por ejemplo uno llamado Matu, que vivía junto a lago Wakatipu (“tipua” significa gigante) y que medía aproximadamente 2,70 metros. Y en la vecina Australia, las leyendas de los aborígenes también dicen que antes de que ellos poblaran aquellas tierras, los gigantes ya estaban allí. Estos nativos hablan de una época mítica primigenia o Dreamtime (“Tiempo de los sueños”) en que una raza ancestral de gigantes dio forma al continente y lo llenó de vida vegetal y animal. Incluso actualmente los aborígenes aún mencionan la existencia de una raza de gigantes llamados Jogungs, del doble de alto que los humanos, que habitaban la región de Nueva Gales del Sur.

En cuanto al destino de estos gigantes, algunas tradiciones apuntan a un brusco fin de su existencia. Así, las leyendas locales de Samoa hablan de que, en tiempos lejanos, unos gigantes llamados Hiti vivían en la isla, pero que desaparecieron tras una gran inundación o cataclismo, lo cual nos remite a varias tradiciones de otros puntos del planeta que coinciden en este mismo escenario catastrófico. Sin embargo, algunos de los gigantes podrían haber sobrevivido al desastre. Por ejemplo, las tradiciones de la isla de Pascua hablaban de pobladores venidos del oeste (el Pacífico) y del este (Sudamérica) y que tales individuos eran los supervivientes de una gran catástrofe natural; su altura oscilaría entre 2,30 y 2,60 metros. Lo cierto es que aún existe una gran controversia sobre el origen de los pobladores de la isla, así como acerca de la identidad racial de los distintos tipos representados en los moais, pero eso sería tema para otro artículo. 

Moais (sobre un ahu) de la Isla de Pascua

El rastro genético de los gigantes



Como ya hemos apuntado, más allá de todas estas mitologías, existe entre los indígenas la convicción de que estos seres gigantescos fueron reales, que habitaron las islas desde una época remotísima hasta hace no demasiados siglos y que tenían cierta condición divina o semidivina. Precisamente de aquí surge otro interesante elemento de estudio, pues los viejos relatos sugieren que los gigantes se cruzaron con los humanos y dieron lugar a las castas dirigentes de muchos pueblos o tribus, que de este modo tendrían ciertas características muy destacadas propias de esa genética ajena, bien diferentes del resto de la población.

Así pues, existe en el Pacífico una tradición de reyes-dioses, a veces representados en estatuas, que presentan algunos típicos rasgos de raza blanca, aparte de ser de gran altura (hasta unos 2,50 metros). Aquí, dejando a un lado los famosos moais de la isla de Pascua, son de destacar las estatuas halladas en las islas Marquesas y en Tahití. El famoso explorador noruego Thor Heyerdahl preguntó a un jefe de la isla de Fatu-Hiva sobre el origen de estas representaciones, y éste le contestó que dichos dioses –de piel blanca– habían venido de una lejana tierra en el este. Por otro lado, algunas de dichas estatuas muestran claramente que estos seres tenían seis dedos en manos y pies, una característica que se ha asociado a los gigantes no sólo a partir de relatos mitológicos sino incluso de pruebas arqueológicas, sobre todo en Norteamérica.

Miembros de la realeza de Tonga
Pero, más allá de estatuas y leyendas, en épocas históricas tenemos referencias claras a reyes o jefes de enorme estatura, a menudo con un aspecto anatómico similar a la raza blanca, y con la piel clara y el pelo rubio o rojizo, siendo todos estos rasgos anteriores a la llegada de los primeros exploradores europeos. Y lo que es más, incluso actualmente parecen quedar algunas trazas de esa fisonomía en algunas islas. Así por ejemplo, Tupou IV, uno de los últimos reyes de la isla de Tonga, fallecido en 1996, medía unos dos metros y su propia madre, la reina Salote, medía apenas diez centímetros menos. En efecto, toda la familia real de Tonga es de una estatura imponente. En cuanto al origen de estas características, se dice que estos monarcas enlazan su linaje con unos míticos dioses que vivieron en Tonga hace muchos siglos, y de hecho, existe una clara endogamia en el clan real para preservar esos genes divinos. 

Por lo demás, se han difundido varias especulaciones sobre la existencia aún hoy en día de comunidades de gigantes en determinadas zonas marginales de algunas islas del pacífico. En concreto, hay rumores sobre la existencia de unos gigantes que habitan ciertas áreas selváticas de las islas Salomón, y muy especialmente en Guadalcanal. Según estos rumores, los nativos normales llevan conviviendo desde hace milenios con una raza de homínidos gigantes, cuyos ejemplares más altos pueden rondar los 3 metros, si bien se acepta –a partir de ciertos relatos– que pueden haber individuos de mayor estatura.  Por desgracia, este asombroso escenario aparece bastante confuso, opaco y falto de pruebas fehacientes para que podamos otorgarle una mínima credibilidad.

Lo que sí resulta significativo es que todas estas tradiciones apuntan a que la supuesta convivencia entre humanos y gigantes duró miles de años y que se alargó hasta hace muy pocos siglos, con la desaparición de las últimas razas de gigantes. En este caso, sabemos por ejemplo que los maoríes tenían un hondo recuerdo de una tribu local llamada Te Kahui Tipua, que sería en realidad una comunidad de gigantes de enorme talla que desapareció hace muy pocos siglos. Más adelante, comprobaremos que el registro arqueológico podría darnos alguna pista sobre este asunto. 

Noticia del siglo XVIII sobre un supuesto gigante capturado en Australia


¿Restos arqueológicos de gigantes?



Llegados a este punto, debemos abordar la cuestión más comprometida: ¿podemos hablar de pruebas físicas, ya sean directas o indirectas, que sustenten de alguna manera la existencia real de estos gigantes del Pacífico? Este es, desde luego, el punto crucial, pues la arqueología se fundamenta en el estudio de las pruebas obtenidas en excavaciones, si bien en algunos casos los restos son bien visibles en superficie.

Y precisamente entre los indicios relacionados con los gigantes destacan con mucho los impresionantes restos de arquitectura megalítica del Pacífico, poco conocida en comparación con otros enclaves tan famosos como Stonehenge, Carnac o Malta. Con el peso de la lógica, la ciencia académica apunta a que el gran tamaño de los bloques no tiene nada que ver con seres de enorme talla, por mucho que las leyendas mencionen la intervención de gigantes. En estos casos se da por hecho que los nativos han atribuido esas estructuras a dioses o gigantes por pura ignorancia y superstición. Otro tema, desde luego, sería dilucidar quién y cómo, e incluso cuándo, hizo semejantes moles pétreas. Sea como fuere, es muy llamativo el hecho de que en el Pacífico, incluso en islas relativamente pequeñas, se hayan identificado notables restos megalíticos que no tienen nada que envidiar a otros monumentos de Europa o Sudamérica.

Ruinas de la ciudad de Nan Madol (Ponape)
Para empezar, es casi obligado referirse a Pohnpei (o Ponape), una isla del archipiélago de las Carolinas (Micronesia), en la cual se halla el conjunto monumental de Nan Madol. Se trata de una antigua ciudad –ya en ruinas– construida sobre unos 90 islotes artificiales, como una pequeña Venecia. Las estructuras se sustentan en unos grandes bloques de basalto horizontales de 50 ó más toneladas, aunque por debajo de la superficie habría otros enormes bloques verticales, de hasta unos 20 metros de largo. Las leyendas locales afirman que esta ciudad fue fundada por dos hermanos míticos, Olosipe y Olosaupa, que vinieron de allende los mares, que eran bastante más altos que los nativos y que tenían grandes poderes y capacidades; de hecho, se dice que las piedras fueron colocadas “por el aire” (¿mediante levitación?).

En la isla de Pascua tenemos los moais, que si bien no son construcciones, sí tienen un tamaño imponente (y recordemos que son bloques monolíticos). Las estatuas más altas sobrepasan los 20 metros y pesan más de 70 toneladas; además, hay que tener en cuenta que en algunos casos sólo asoma la cabeza, pero por debajo está todo el cuerpo, como se ha demostrado mediante excavación. De todas formas, sí podemos apreciar estructuras megalíticas en forma de muros y plataformas, especialmente las bases para los moais, llamadas “ahu”.

Arco de Ha'amonga, en la isla de Tongatapu
Finalmente, podemos citar otros restos menos conocidos como las dos columnas colosales con unos capiteles semiesféricos en la parte superior, que se pueden apreciar en Tianan (islas Marianas), o el tremendo arco de Ha’amonga, en la isla de Tongatapu (Polinesia), un trilito colosal de unas dimensiones aproximadas de 5 x 6 x 1,5 metros, que fue erigido –según la leyenda– en un tiempo muy remoto por un semidiós de nombre Maui.


Si hablamos ahora de otras pruebas indirectas que nos acercan más a la realidad física de los gigantes, hay que mencionar las huellas de pisadas y los artefactos de un tamaño descomunal. En este ámbito disponemos de unas pocas pruebas que en su mayoría no han merecido la atención científica, por los motivos que fuere. Sólo a modo de muestra, podemos citar los siguientes casos:

  • En el atolón de Tarawa (islas Kiribati), en la aldea de Banreaba, hay diversas pisadas de un gigante, acompañadas de otras un poco más pequeñas (¿mujer e hijos?), todas ellas con seis dedos. La pisada más grande tiene nada menos que metro y medio de longitud.
  • En Sawaii (Samoa) se aprecia una pisada humana de gran tamaño, relacionada con la leyenda del gigante Moso.
  • En el atolón de Nanumea (Tuvalu) se aprecian varias pisadas de gigante junto a la laguna interior.
  • En Australia, el investigador Rex Gilroy, del Museo de Historia Natural Mount York, ha identificado diversas huellas humanas de gran tamaño, de hasta unos 75 cm. Asimismo, cerca de Bathurst ha recogido múltiples artefactos (hachas de mano, azuelas, cuchillos, cachiporras, etc.) de gran tamaño y peso, oscilando entre 5,5 y 16,5 kilos, totalmente inútiles para una persona normal, pero no para un ser con una mano enorme.

Y para culminar el apartado de pruebas hemos de referirnos por fin al hallazgo de posibles restos físicos de gigantes (momias, esqueletos, huesos sueltos), a partir de noticias e informes que se remontan al siglo XIX. Así, tenemos constancia de que en 1875, en Nueva Zelanda, un periódico local informaba del sensacional descubrimiento de un esqueleto de unos 8 metros, a poco más de dos metros de profundidad en Saltwater Creek, cerca la localidad de Timaru. Como se ha citado anteriormente, esto coincide con las tradiciones nativas maoríes, que hablaban de una raza de gigantes llamada Te Kahui Tipua, que habitó en las cercanías de Timaru hasta el siglo XVIII. Asimismo, corren ciertos rumores sobre hallazgos de huesos de gigantes entre las ruinas y en los bosques adyacentes de Nan Madol (Ponape), pero no hay ningún dato fiable al respecto. Aparte de esto, se sabe que en 1907 Victor Berg, el gobernador alemán de la isla, mandó abrir una tumba de antiguos reyes locales, y los esqueletos hallados medían entre dos y tres metros de altura.

Enorme diente molar humano hallado por R. Gilroy
También hay noticias de que en Rotuma, islas Fiji, se halló durante la Segunda Guerra Mundial un hueso de pantorrilla de un metro de longitud, lo que se traduce en una altura total de unos 4,50 metros. Además, existe el rumor de que, en la búsqueda de refugios de soldados japoneses, se encontraron diversas cuevas llenas de huesos de gigantes. Y no menos impactante es lo que dice haber hallado Rex Gilroy en Bathurst (Australia): nada menos que un enorme diente molar humano fosilizado de unos 67 mm., lo que correspondería a un ser de unos 7,60 metros. Y, finalmente, ya en un terreno más bien conspirativo, cabe citar que, según el investigador Martin Doutré, hace no muchos años en Nueva Zelanda se encontraron huesos de gigantes en unas excavaciones, pero el equipo arqueológico que halló estos restos fue obligado por las autoridades militares a enterrarlos y la arqueóloga al cargo fue despedida.

Aparte de estas escasas noticias, se habla también de varias tumbas de gigantes que por diversas razones no han sido investigadas. Por ejemplo, en el ya citado atolón de Nukulaelae existe la “tumba del gigante Tevalu”, una estructura de unos 3,50 x 1,50 metros que estuvo a punto de ser excavada por un equipo arqueológico japonés, aunque al final los nativos se negaron a ello. Asimismo, en Kiribati se habla de una enorme tumba de unos 5,30 metros, en la cual estaría enterrado un gigante, según las leyendas locales. Finalmente, en Tonga existen unas grandes tumbas en forma piramidal atribuidas a los antiguos dioses-reyes del lugar; sin embargo, por razones culturales y religiosas, nadie está autorizado a tocarlas y aún menos a excavarlas.

Conclusiones



Como hemos visto, y al igual que ocurre en otras muchas zonas del planeta, en el Pacífico se mantiene una rica mitología e iconografía sobre gigantes que roza el recuerdo histórico en épocas no demasiado lejanas. Además, es innegable la existencia de una minoría de personas, generalmente de la casta dirigente, que todavía muestra una altura impresionante para lo que es la media de la población, y ello nos conduce a un hipotético escenario de hibridación entre la raza de gigantes (hombres de aspecto más o menos blanco y de enorme altura) y las élites nativas. No obstante, como hemos apuntado, algunas tradiciones insisten en que los gigantes “ya estaban allí”, antes de que llegaran las primeras comunidades de Homo sapiens a muchas islas del Pacífico, siendo este un proceso que –según la ortodoxia académica– se inició hace unos 50.000 años, lo cual nos coloca en un marco temporal muy antiguo.

Lamentablemente, en cuanto a las pruebas físicas, corren demasiados rumores pero no tenemos a día de hoy ningún hueso de gigante expuesto ni cualquier otro a disposición de los investigadores. Todo el material, si es que existió alguna vez realmente, se ha esfumado y nadie conoce su paradero. Nos quedan las pruebas indirectas, que siguen siendo ignoradas o ridiculizadas por el estamento académico, y con este panorama es obvio que aún queda un largo camino por recorrer en el reconocimiento de estos “gigantes del Pacífico”.
 
© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons 

domingo, 7 de agosto de 2016

¿Halladas las ruinas de Camelot?




El nombre de Camelot nos evoca sin duda un fantástico palacio o castillo y un poderoso reino gobernado por el sabio, justo y valeroso rey Arturo y su esposa Ginebra. En efecto, muchas generaciones han oído hablar de Arturo, hijo del rey Uther Pendragon, de su mágica espada Excalibur, de la isla de Avalón, de los caballeros de la Mesa Redonda o del Santo Grial, una historia que se remonta a las profundidades de la Edad Media y que ha perdurado hasta nuestros días como una las piezas literarias más notables del medioevo europeo.

Sin embargo, según los expertos en historia medieval, este relato contiene muchísimo más de leyenda que de realidad, aunque reconocen que –más allá del mito– pudo haber existido un sustrato de historicidad de los hechos, algo que la arqueología alternativa lleva defendiendo desde hace décadas y que se aplicaría a muchos otros episodios mitológicos de diversas culturas. En el caso de Arturo, los estudios históricos de varias fuentes antiguas británicas apuntan a que detrás del relato literario existió realmente una especie de rey o caudillo militar autóctono que se enfrentó a los invasores anglosajones, una vez los romanos se hubieron retirado de Britania a inicios del siglo V d. C.

Por ejemplo, tenemos referencias artúricas en el poema galés Gododdin[1] (del siglo VI) y en la Historia Brittonum[2] (del siglo IX) y en otros relatos franceses datados en los siglos XI y XII. Pero una de las fuentes más sólidas la encontramos en el clérigo galés Geoffrey de Monmouth, que vivió en siglo XII, y que recogió en su obra Historia Regum Britanniae (“Historia de los reyes de Britania”) uno de las primeras versiones detalladas de la vida de Arturo, recopilada a partir de antiguas tradiciones orales que habían pervivido hasta su tiempo. Según se narra en este libro, Arturo fue concebido en siglo V en una fortaleza en Tintagel, que ya estaba en ruinas en la época de Geoffrey. Asimismo, esta historia expone la vida de Arturo de forma completa, incluyendo su amistad con el no menos famoso mago Merlín. Posteriormente, la historia de Arturo fue reescrita a finales de la Edad Media y embellecida con la adición del mito del Grial, hasta llegar a la última revisión poética, que data del siglo XIX.

En lo que parecen coincidir todos los relatos es que Arturo consiguió unir a los britones –de origen celta– hacia el siglo V o VI a fin de rechazar a los invasores continentales de origen germánico, principalmente los anglos y los sajones, cosa que logró con no poco esfuerzo (se mencionan hasta 12 batallas). De este modo, Arturo anuló la amenaza germánica –al menos temporalmente– y el reino quedó unido y pacificado, dando lugar al mítico enclave de Camelot. Los historiadores opinan que estos sucesos bélicos fueron básicamente reales y que existió un líder local, pero en ningún caso se ha encontrado una mención directa y explícita a un tal Arturo en las escasas fuentes del periodo en que tuvieron lugar los hechos.

Para los expertos, lo que hizo Geoffrey de Monmouth fue poner por escrito unas historias que en su tiempo ya tenían 600 años de antigüedad y que seguramente ya estaban muy deformadas por la tradición popular. Todo ello induce a los historiadores a pensar a que el mito de Arturo tal vez fuera compuesto a partir de las vidas de varios antiguos gobernantes de aquella lejana época. Por lo tanto, podría haber varios hipotéticos candidatos históricos a ser “Arturo” pero ninguno de ellos –hasta el momento– tiene un mínimo de consistencia para encajar en el perfil del Arturo legendario.

Glastonbury Tor
No obstante, más allá de la investigación documental, siempre ha existido un afán por dar vida al mito artúrico a través de los restos arqueológicos. Así, una de las primeras pistas arqueológicas fue la infructuosa localización de la tumba de Arturo. Sobre este particular, las especulaciones apuntaban a Glastonbury Tor[3], un montículo rodeado por siete terrazas simétricas y coronado por un pequeño templo (la iglesia de San Miguel). Se trata de antiguo enclave sagrado con resonancias mágicas y druídicas, y que algunos autores han relacionado con la legendaria isla de Avalón, un lugar encantado, según la mitología céltica de las Islas[4]. Lo cierto es que en época anglosajona se edificó en el pueblo de Glastonbury una pequeña iglesia, que luego fue ampliada en época normanda hasta convertirse en una gran abadía. Y precisamente, según una crónica datada a finales del siglo XII, unos monjes dijeron haber hallado bajo la abadía la tumba de Arturo y Ginebra. En concreto, se habría encontrado un ataúd con esta inscripción: Hic iacet sepultus inclitus rex arturius in insula avalonia (“Aquí yace sepultado el famoso rey Arturo en la isla de Avalón”). Posteriormente, los restos mortales se habrían trasladado al altar mayor de la abadía, pero acabaron por desaparecer tras el incendio de la abadía, acaecido en 1536. Lamentablemente, esta historia carece de base histórica y arqueológica demostrable y apenas ha aportado nada a la resolución del mito artúrico.

Excavaciones en Tintagel (2016)
Sin embargo, una reciente noticia procedente de la arqueología “convencional”[5] podría acercar más el mito a la realidad. Así, las excavaciones arqueológicas implementadas este año en Tintagel –localidad del condado de Cornwall (o Cornualles) al extremo suroccidental de Gran Bretaña– han destapado unos interesantes datos que podrían conectarse de algún modo con las referencias geográficas e históricas de la leyenda de Arturo. Concretamente, las excavaciones realizadas allí por la Cornwall Archaeological Unit –bajo los auspicios de English Heritage– descubrieron unos imponentes restos correspondientes a unas doce estructuras con muros de un metro de espesor, acompañadas de escalones y pavimentos, y que podrían pertenecer al horizonte histórico del reino britano de Dumnonia (del siglo V al VII d. C.). Además, entre estas estructuras se hallaron más de 200 artefactos notables, como piezas de vidrio de origen francés, vajilla roja focea y restos de ánforas tardorromanas, lo cual indica que allí se recibían productos exóticos como aceite del norte de África y vino de Turquía. Todo ello ha hecho pensar a los arqueólogos que muy posiblemente los habitantes de la fortaleza pertenecían a la realeza o la más alta aristocracia; esto es, Tintagel no sería sólo un importante centro de intercambio comercial (básicamente, productos de lujo a cambio de estaño) sino un privilegiado lugar de uso y consumo de estos objetos y productos de primera clase.

Si ahora volvemos al ya citado Geoffrey de Monmouth, vemos que el lugar –Tintagel– es el mismo que el indicado en su antigua crónica. Y por si fuera poco, en 1998 se encontró en el mismo yacimiento una inscripción sobre piedra datada en el siglo VI con el nombre Artognou (o Arthnou, en inglés). La inscripción completa, traducida por el profesor Charles Thomas, decía lo siguiente: “Artognou, padre de un descendiente de Coll, ha hecho construir (esto).” Ahora bien, el arqueólogo jefe de English Heritage, Geoffrey Wainwright, ya puntualizó en su momento que “a pesar de la obvia tentación de vincular la piedra de Arthnou con la figura histórica o legendaria de Arturo, debe remarcarse que no hay pruebas para realizar esta conexión.”[6] Por supuesto, la advertencia de Wainwright es del todo lícita, pues aunque el nombre Arturo es citado, no hay forma de relacionarlo –a falta de más pruebas arqueológicas– con el supuesto Arturo de la historia o la leyenda.

De todos modos, el proyecto arqueológico en la zona acaba de comenzar (estamos en la primera campaña de excavaciones de cinco previstas) y queda aún mucho trabajo de campo y de laboratorio antes de poder extraer conclusiones bien fundadas. Por el momento, están pendientes unas pruebas de radiocarbono sobre materiales de origen orgánico que pueden facilitar una datación más precisa de los restos, que según la tipología de los artefactos se ha ubicado en un abanico entre 450 d. C y 650 d. C.

Visión idealizada de Camelot (según G. Doré)
Con todo, juntando las piezas hasta ahora disponibles, los arqueólogos consideran que están ante un yacimiento sobresaliente que podría aportar mucha información sobre el escasamente conocido periodo comprendido entre el fin de la administración romana (410 d. C.) y las invasiones anglosajonas. Así, todo parece indicar que la fortaleza recién descubierta se corresponde con esa Época Oscura –a inicios de la Edad Media– en que también se ubica la leyenda artúrica. En este sentido, se podría afirmar que Tintagel fue la sede de un poderoso caudillo o rey local que hizo frente a los invasores y que pudo mantener una cierta prosperidad en sus dominios, lo cual ha permitido a los más audaces sugerir que estamos realmente ante las ruinas de la mítica Camelot.

Por supuesto, sólo el tiempo y el avance de las investigaciones nos permitirán confirmar o desmentir esta identificación, aunque –como pasa muchas veces en arqueología– es bien posible que nunca aparezcan las pruebas definitivas o concluyentes, como sucedió en Hissalrik (la supuesta Troya), otro famoso encuentro entre mito y arqueología.

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons
Fuente imagen de excavaciones:  English Heritage






[1] Atribuido al poeta Aneirin, narra las luchas de los galeses contra los anglos, y en una de sus estrofas cita a un cierto Arturo.

[2] Atribuida (con muchas dudas) al monje galés Nennius, es una crónica basada en textos más antiguos y que también se centra en las batallas contra los invasores sajones. Los expertos le conceden poca fiabilidad histórica. 

[3] El nombre antiguo céltico del Tor (colina) era Ynis-Wydryn que significa “isla de cristal”

[4] Esta identificación ya la encontramos en la citada historia de Geoffrey de Monmouth.

[5] Fuente: http://www.sciencealert.com/archaeologists-have-uncovered-a-massive-palace-at-the-legendary-birthplace-of-king-arthur


[6] Fuente: http://news.bbc.co.uk/2/hi/uk_news/146511.stm