martes, 2 de enero de 2018

Pasaporte a Magonia: un clásico imprescindible


Los lectores de este blog ya saben que no suelo tocar el tema de los extraterrestres ni la Teoría del Antiguo Astronauta, porque mucha gente ya se dedica a ello y personalmente me resulta un asunto cansino, repetitivo y muchas veces anclado en el dogmatismo, el sensacionalismo o la mera ignorancia. No obstante, cuando se habla de historia o arqueología alternativa en general tarde o temprano se acaba topando con estas extrañas presencias y todas sus repercusiones colaterales. Así, como ya expuse en el reciente artículo sobre el realismo fantástico, no cabe duda de que la ufología impactó directamente en las interpretaciones más atrevidas sobre nuestro remoto pasado e incluso sobre los orígenes de la Humanidad, básicamente mediante la transmutación de los antiguos dioses de la mitología en astronautas venidos de lejanos planetas. Por tanto, resulta difícil disociar la moderna ufología con la arqueología alternativa, pues la interacción entre ambas disciplinas ha sido constante desde hace más de medio siglo.

A partir de aquí, se han escrito miles y miles de libros y se han lanzado teorías y propuestas para todos los gustos, las cuales han tenido un notable impacto mediático con autores de best-sellers tan destacados como Erich Von Däniken y Zecharia Sitchin, más toda su corte de acólitos y seguidores posteriores. Sin embargo, muchos puristas preferimos irnos a las raíces de la ufología y escuchar la voz de los autores que consideramos más rigurosos y relativamente escépticos –que no negacionistas– y que estudiaron el fenómeno OVNI desde una perspectiva plenamente científica, tomando como base la pura fenomenología o casuística.

Jacques Vallée
Y entre esas visiones clásicas, me permito ahora recomendar a un autor al que tengo en alta consideración, pese a no compartir algunos de sus postulados. Me refiero al francés Jacques Vallée, una figura muy respetada en el mundo de la ufología más científica, por contraponerlo a los autores de tipo popular. Sólo como breve introducción, diré que Vallée nació en 1939 en Pontoise (Francia) y que actualmente vive en San Francisco (California, EE UU). Su carrera profesional se ha centrado en la astronomía y la informática, ha sido colaborador de la NASA desde 1962 y ha trabajado en diversos proyectos de computación e inteligencia artificial. Ya desde los años 50 empezó a interesarse por los ovnis (fue testigo de un avistamiento en su localidad natal en 1955) y al trabar relación con el astrónomo y ufólogo J. Allen Hynek profundizó en esta materia hasta convertirse en un investigador experto reconocido mundialmente.

Y entre toda su obra, cabe mencionar un libro que se convirtió en referente durante décadas para los estudiosos de la ufología y para algunos reputados investigadores de la historia alternativa, como el escocés Graham Hancock, entre muchos otros. Me estoy refiriendo, obviamente, al clásico Pasaporte a Magonia, publicado en 1969[1], que aunque no fue escrito como un libro científico –tal como reconoció el propio autor– sí ofrece un planteamiento o aproximación racional para interpretar el fenómeno fuera de las coordenadas habituales de la ciencia académica convencional. Pero sin duda lo que más destaca en esta obra es la visión transversal del fenómeno a través de los siglos, poniendo como premisa estos dos puntos: 1) que la aparición súbita de seres u objetos extraños que de alguna manera interfieren en los asuntos humanos no es un suceso moderno del siglo XX, y 2) que dado el enorme cuerpo de pruebas documentales es imposible negar su existencia, tanto en el pasado como en la actualidad, aunque no sepamos cuál es su verdadera naturaleza o intención.

Pero, ¿qué nos ofrece exactamente Pasaporte a Magonia? Vallée construye su relato desde una breve narración de Agobardo de Lyon, un obispo medieval del siglo IX, que se burlaba de las “supersticiones populares”, algo que nos retrotrae directamente a la actitud de la moderna ciencia materialista y empírica. Esta es la cita completa:

“Pero hemos visto y oído a muchos hombres sumidos en tan gran estupidez, hundidos en tan profunda locura, hasta el punto de creer que existe cierta región, llamada por ellos Magonia, en la que los barcos navegan por las nubes, a fin de llevar a esa región los frutos de la tierra destruidos por el granizo y las tempestades; los marineros ofrecen recompensas a los brujos de la tempestad para recibir a cambio trigo y otros productos. Entre aquellos cuya ceguera y locura eran tan grandes que les hacían creer posibles tales cosas, había unos que exhibían en cierto concurso a cuatro personas atadas... tres hombres y una mujer que aseguraban haber caído de una de estas naves; después de mantenerlos unos días en cautividad, los condujeron a presencia de la multitud, como hemos dicho, para ser lapidados en nuestra presencia. Pero la verdad prevaleció.[2]

La famosa visión del profeta Ezequiel
Pues bien, Vallée fundamenta su exposición en el amplio repaso de una casuística folklórica e histórica –y hasta mitológica– en la cual se repiten unos mismos fenómenos extraños o inusuales, con pequeñas variaciones. En efecto, ya en los más antiguos textos religiosos, sobre todo en la Biblia judeo-cristiana, se recoge la presencia de objetos volantes o luces en los cielos así como de peculiares seres celestiales bajados a la tierra. Estas referencias surgen ya en las civilizaciones más antiguas, perduran durante la antigüedad clásica de Grecia y Roma, están también presentes en el mundo cristiano medieval y siguen dándose esporádicamente en todo el mundo durante los últimos siglos hasta la aparición del fenómeno OVNI.

A partir de aquí, Vallée va alternando la detallada descripción de numerosos casos de avistamientos de ovnis y contactos con supuestos alienígenas de nuestra época más reciente con los múltiples testimonios antiguos de fenómenos celestes anómalos y de relaciones con todo tipo de seres sobrenaturales que el folklore popular llamó hadas, elfos, trasgos, duendes, gnomos, ángeles, demonios, etc. Lo que todos ellos tendrían en común sería una serie de poderes y propiedades excepcionales que los haría “mágicos”, inexplicables o inalcanzables para el pueblo llano. Entre estas características podríamos citar la capacidad de volar y de aparecer y desaparecer de súbito, la posesión de alimentos mágicos, la extraña vestimenta, las marcas dejadas sobre el terreno (sobre todo círculos o anillos), la costumbre de raptar personas (adultos y niños), la alteración del espacio-tiempo, etc. Y lo que es más, Vallée incluye en esta extensa casuística las creencias religiosas a través de todas las épocas y culturas, interpretando ciertos sucesos extraordinarios –especialmente las apariciones de seres divinos– como casos muy próximos a la típica fenomenología OVNI. En su opinión, existe un claro paralelismo entre los eventos antiguos y los modernos, ya que “los mecanismos que han originado estas diversas creencias son idénticos”.

Para el investigador francés no cabe duda de que detrás de todo el fenómeno, que se puede remontar prácticamente a las tradiciones más antiguas, existe un patrón de comportamiento muy similar que podemos rastrear a través del folklore popular y de los mitos hasta llegar a nuestros días, en que se ha creado por así decirlo un nuevo folklore contemporáneo, adaptado a nuestros tiempos y que llamamos... ufología. Pero Vallée se pregunta si de verdad podemos creer en naves interestelares venidas de remotas galaxias como si fuera un fenómeno físico tangible (objetos materiales, metálicos, tripulados por seres venidos de otro planeta) y achaca esta “creencia” principalmente a la influencia de la ciencia-ficción. Y afirma lo siguiente:

“Por sólida que sea la actual creencia en el origen extraterrestre de los platillos, no es más sólida que la fe que tenían los celtas en los elfos y las hadas, o la creencia medieval en la existencia de lutins, o el temor que inspiraban en toda la cristiandad, durante los primeros siglos de nuestra era, demonios, sátiros y faunos. Y ciertamente no puede ser más sólida que la fe que inspiró a los autores de la Biblia... una fe arraigada en el trato cotidiano con visitantes angélicos.”

Imagen moderna de un ovni
Así pues, Vallée unifica la actual ufología con el antiguo folklore de muchos pueblos, con unos modelos muy similares en cuanto a la tipología de esos seres fantásticos o sobrenaturales y unas formas de aparición prácticamente iguales. De todos modos, Jacques Vallée se sitúa en un escepticismo abierto y constructivo, y no cae en el rechazo y la negación –como por ejemplo sí hizo Carl Sagan– y no cierra las puertas a que el fenómeno sea “real”, pero tal vez ligado a una inteligencia propia de nuestro planeta o a un factor psicológico que no acaba de explicar. En todo caso, ante el tremendo peso de la casuística actual y de que muchos de los testigos parecían personas sensatas, cabales y equilibradas, Vallée reconoce implícitamente que no se puede desdeñar el fenómeno o situarlo en el terreno de las alucinaciones colectivas, de las confusiones o los fraudes, y más si cabe cuando algún testigo tiene conocimiento de causa, como por ejemplo, un coronel de aviación.

Recapitulando, llegamos a la conclusión de que el fenómeno reciente de esas visitas o visiones no puede ignorarse. Se puede asumir –si así lo demuestran las investigaciones rigurosas– que un alto porcentaje de las observaciones son falsas, dudosas o encajan en alguna explicación perfectamente natural, pero al final debemos admitir que otro porcentaje corresponde a hechos reales que escapan a las interpretaciones habituales. Del mismo modo, y bajo la misma lógica, gran parte del antiguo folklore o de las mitologías puede corresponder a vivencias reales de nuestros antepasados.

Ahora bien, el problema de fondo es determinar qué grado de seguridad u objetividad tienen estos episodios desde un punto de vista científico y aquí el sabio francés rompe con el rígido paradigma materialista –supuestamente objetivo– e introduce el factor de la subjetividad. En este sentido, me sorprende que Vallée no sólo cuestione la validez de la ciencia empírica y positivista, sino que sugiera abiertamente algún tipo de manipulación realizada desde arriba, tal como se deduce de este párrafo:

“Las acciones humanas se basan en la imaginación, la creencia y la fe, no en la observación objetiva... como los expertos en cuestiones militares y políticas saben muy bien. Incluso la ciencia, que pretende que sus métodos y teorías se desarrollan de una manera racional, está conformada en realidad por la emoción y la fantasía, o por el miedo. Y quien controla la imaginación humana podrá conformar el destino colectivo de la Humanidad, a condición de que el origen de este control no pueda ser identificado por el público. Y la verdad es que uno de los objetivos que se propone la política de cualquier Gobierno es preparar al público con vistas a cambios inevitables o para estimular su actividad en la dirección más deseable.”

Sin embargo, en sus conclusiones finales Jacques Vallée parece arrojar la toalla y admite que él mismo no sabe cómo encarar el fenómeno, como si no pudiera acercarse a la realidad desde una perspectiva racional, e incluso reconoce que “no sabemos lo que es la realidad”. Estas son sus palabras textuales:

“Yo no puedo ofrecer la clave de este misterio. Únicamente puedo repetir: la búsqueda acaso sea inútil; la solución quizá quede siempre fuera de nuestro alcance; la aparente lógica de nuestras deducciones más elementales puede evaporarse. Tal vez lo que buscamos no sea más que un sueño que, pese a convertirse en parte integrante de nuestras vidas, nunca existió en realidad. No podemos estar seguros de que estudiemos algo real, porque no sabemos lo que es la realidad; únicamente podemos estar seguros de que nuestro estudio nos ayudará a entender muchas más cosas sobre nosotros mismos.”

¿Extraños dioses?
Naturalmente, nos quedaría en el aire la gran pregunta: Si los fenómenos no son alucinaciones ni fantasías,  ¿a qué nos enfrentamos? ¿Son realidades que entran y salen de nuestro mundo (o mejor sería decir de nuestra percepción) simplemente porque tienen capacidad para ello mientras que nosotros nos vemos encerrados en un campo de realidad muy limitado? ¿Quiénes eran los dioses o semidioses citados por tantas mitologías? Si no vinieron de otro planeta, ¿de dónde vinieron?

En definitiva, la obra de Vallée, con todas sus posibles limitaciones y sesgos, nos obliga a encarar la existencia de cierto mundo paranormal –paralelo a nuestra realidad física– que se manifiesta ocasionalmente y que ha estado presente junto a nosotros desde el principio de los tiempos, con el añadido no poco importante de que ha podido influir de alguna manera en la Humanidad (al respecto, véase el artículo de este mismo blog sobre la “conquista paranormal de América”). ¿Es todo esto una maniobra de engaño? ¿Qué relación guarda con el origen del hombre y la civilización? ¿Se trata de una pura fantasía para hacernos creer en unos ciertos “dioses”? Confieso que no tengo respuestas para estas cuestiones.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] El título original era Passport to Magonia: from folklore to flying saucers. En versión española, se publicó la traducción de Antoni Ribera en 1972, por la habitual editorial del género Plaza y Janés.
[2] VALLEE, J. Pasaporte a Magonia. Ed. Plaza y Janés. Barcelona, 1972

jueves, 21 de diciembre de 2017

Los misterios de la isla de Pascua (1ª parte)


Introducción


Hasta la fecha se han escrito miles de libros y artículos en diferentes lenguas y desde diversos enfoques sobre la singular isla de Pascua. A decir verdad, después de décadas de investigación, parece que a estas alturas todo está dicho. Pero, habiendo dedicado este blog a la arqueología alternativa, me parecía obligado tocar el tema para fijar los puntos de vista y dejar patente que las interpretaciones académicas dejan mucho que desear a la hora de explicar las múltiples incógnitas planteadas, con el agravante de que suelen menospreciar la propia tradición nativa por considerarla “folclórica” o poco fiable. Así pues, en el presente artículo no pretendo añadir nada nuevo a las viejas controversias, pero sí al menos revisar ciertas cuestiones exploradas sin demasiado éxito y dar voz a algunas de las visiones alternativas que podrían abrir atrevidas vías de investigación, sin que ello implique que estén en el camino correcto.

En fin, como casi todo el mundo sabe, la isla de Pascua es mundialmente reconocida desde hace tiempo por su legado arqueológico en forma de moai (estatuas gigantescas), aparte de sus ahu (plataformas) y sus menos conocidos petroglifos. Asimismo, los antiguos habitantes de la isla dejaron unas tablillas escritas en un alfabeto local llamado rongo-rongo, que hasta la fecha no ha podido ser descifrado. Y como base de todas estas cuestiones está la vieja polémica antropológica sobre el origen de los habitantes de la isla; esto es, la posible convivencia o superposición de razas de distinta procedencia (del Pacífico y de América) y su relación con los restos arqueológicos. 

Mapa de la isla de Pascua, con la ubicación de los principales yacimientos arqueológicos

Ahora bien, la isla de Pascua ha sido víctima de cierto sensacionalismo por parte de ciertos apóstoles del misterio, porque –quedando aún tantas incógnitas por dilucidar–parece lícito lanzarse directamente al espectáculo y a la pura fantasía, pues ya sabemos que lo insólito y lo enigmático vende más de cara al público. En este sentido, dejaré a un lado las referencias que se han hecho a la relación entre la isla y los extraterrestres, dado que en este caso la teoría de los antiguos astronautas –en mi humilde opinión– está fuera de lugar y no merece abordarse seriamente. Sólo por hacerles una breve mención, basta decir que para Erich Von Däniken los enormes moai debían haber sido realizados por los inevitables dioses-astronautas, que estarían relacionados de algún modo con la deidad americana Viracocha, o que para Alan Alford “las estatuas de la isla de Pascua fueron erigidas por un grupo negroide exiliado [por los dioses] en castigo por la destrucción de las líneas de Nazca”. Ahí lo dejamos.

Pero antes de adentrarnos en el meollo del tema, vale la pena realizar un brevísimo apunte introductorio de lo que nos dicen la geografía y la antropología al respecto de la isla y sus habitantes.

La isla de Pascua está situada en la Polinesia, en el Pacífico Sudeste, en las coordenadas 27º 08’ de latitud sur y 109º 25’ 54’’ de longitud oeste, y constituye la porción de tierra más alejada de cualquier masa continental[1]. Tiene una marcada forma triangular, con una extensión aproximada de 163 km2. Es de origen volcánico, basáltico, y de hecho posee tres volcanes no activos, el Rano-Kao, el Rano-Raraku y el Paukatike. Desde hace al menos varios siglos su paisaje es desolado y posee escasos recursos para la supervivencia. Para los nativos, la isla se denomina Rapa-Nui (que significa “Gran Rapa” en lengua polinesia[2]), aunque también se usan las denominaciones autóctonas más antiguas de Te-pito-o-te-henua (“ombligo del mundo”) y Mata ki-te-rangi (“Ojos que miran al cielo”). Según la historia convencional, la isla tuvo su primera población humana hacia el año 400 d.C. 

Mapa de San Carlos (Pascua), de 1770
Para el mundo occidental, la isla entró en escena cuando un navegante holandés, Jacob Roggeveen, al mando de tres barcos, topó con ella el 6 de abril de 1722, el día de Pascua de ese año (de ahí el nombre que ha perdurado) cuando realizaba un viaje de exploración por el Pacífico. No obstante, para ser justos, es posible que Roggeveen estuviera buscando una isla ya identificada por el bucanero inglés Edward Davis en 1687, y llamada precisamente “Tierra de Davis”, si bien no hay total seguridad de que se tratara de Pascua. Posteriormente, el virrey del Perú, Manuel Amat y Junyent, envió en 1770 una expedición a cargo del marino Felipe González y Haedo, que tomó posesión de la isla, a la que llamó San Carlos, para la corona española[3]

Pocos años después recalarían en la isla otros famosos navegantes occidentales, como el inglés James Cook (1774) y el francés La Pérouse (1786). Estas expediciones y otros contactos esporádicos subsiguientes no supusieron ningún cambio importante en la isla, hasta que a mediados del siglo XIX los buscadores de esclavos procedentes de Perú esquilmaron la población nativa hasta dejarla bajo mínimos[4]. Desde 1888 la isla pertenece administrativamente a Chile, que “compró” el territorio a los isleños.

Historia de las investigaciones


Si bien es cierto que en Pascua se han llevado a cabo numerosas aproximaciones antropológicas y arqueológicas desde hace siglo y medio, nunca se ha emprendido un proyecto unificado, sistemático y constante por investigar a fondo la isla; más bien ha habido una serie de intervenciones deslavazadas, puntuales y sin continuidad, sin desmerecer por ello algunos trabajos rigurosos de hace décadas hasta llegar a las investigaciones más modernas, que han incluido dataciones por radiocarbono y análisis de ADN de los pascuenses.

Katherine Routledge
Los primeros estudios serios sobre la cultura de Rapa-Nui los podríamos remontar a finales del siglo XIX, con la visita en 1872 del escritor francés Pierre Loti (entonces cadete en un buque-escuela), que realizó numerosos dibujos del paisaje y las gentes de la isla. Más adelante, en 1886, cabe destacar la notable investigación del marino americano William Thomson, del buque Mohican, tanto en su parte gráfica como en la recogida de datos históricos y antropológicos. No obstante, el primer trabajo exhaustivo y sistemático de carácter arqueológico y antropológico data de 1914-1915, a cargo de Katherine Routledge, bajo el patrocinio de la Royal Society de Londres. Poco después, en 1918-1919, el neocelandés McMillan-Brown también realizó amplios estudios de tipo antropológico, si bien, para los críticos, se dejó llevar por la fantasía.

El siguiente estudio relevante, de carácter casi exclusivamente etnológico, se sitúa a mediados de los años 30 con la expedición franco-belga dirigida por el eminente etnólogo Alfred Métraux. Este experto tuvo el mérito de recoger sistemáticamente las tradiciones orales locales para componer un retrato bastante fiel de la antigua cultura nativa. También de la misma época es el trabajo del padre Sebastián Englert, que durante años recopiló la tradición local, que luego plasmó en el libro La tierra de Hotu Matua. Y acto seguido, ya en los años 50, apareció en Pascua el famoso explorador Thor Heyerdhal, que realizó extensas excavaciones arqueológicas y trabajo de campo, aparte de haber protagonizado unos años antes la famosa gesta de la balsa Kon-Tiki. Para muchos, su aportación fue valiosa pero también discutible por su vertiente más bien literaria (fantasiosa) y por defender tesis heréticas que comentaremos en su momento.

Finalmente, en el último medio siglo se han dado algunas interesantes intervenciones puntuales de investigadores amateurs, como la del francés Francis Mazière o de científicos reconocidos, como el oceanógrafo Jacques Cousteau. Y cabe destacar que en los últimos años se han realizado numerosas labores de restauración arqueológica y acondicionamiento de los yacimientos, en gran parte por la inevitable faceta turística de la isla.

¿De dónde vinieron los antiguos pascuenses?


De acuerdo con las visiones convencionales, el poblamiento de la isla se debió al desplazamiento de comunidades polinesias hacia el este, un proceso que tuvo lugar en el primer milenio de nuestra era. Así, se calcula que entre el 300 d. C. y el 400 d. C. los polinesios arribaron a Pascua[5], tras un largo viaje marítimo, si bien no estaría claro el origen exacto de estos navegantes, aunque algunos investigadores apuntan a las islas Marquesas. Para los expertos, las pruebas antropológicas y arqueológicas, más las similitudes artísticas entre Pascua y otras islas del Pacífico, avalan perfectamente esta tesis, reforzada por recientes pruebas de ADN que demuestran el origen polinesio de la población local actual.

Situación de Pascua, en relación con Sudamérica
Sin embargo, otras voces han cuestionado esta visión, pues la colonización desde las lejanas islas polinesias plantea serios problemas, por la distancia y por los problemas de navegación. En otras palabras, que una comunidad polinesia llegase a Pascua hubiera sido más bien una cuestión de puro (e improbable) azar. Así, frente a la hipótesis tradicional, el explorador noruego Thor Heyerdhal se atrevió a sugerir a mediados del siglo XX que los antiguos pascuenses habían llegado de la costa oeste sudamericana. A través de su famosa expedición Kon-Tiki, Heyerdhal quiso demostrar que el viaje desde la costa americana en épocas muy remotas era perfectamente posible. Ahora bien, es preciso remarcar que Heyerdhal se tomó alguna licencia con su balsa y que fue remolcado un buen trecho para dejar atrás la costa americana, pues las fuertes corrientes empujan las embarcaciones sin motor hacia el norte (Panamá). Además, el marino noruego no fue a parar a Pascua sino a Tahití, y de hecho todas las expediciones posteriores que trataron de emularlo también fueron a parar a Tahití.

Pero, más allá del tema de la navegación, Heyerdhal apuntaba a que había en la isla determinados elementos ­–como ciertas estructuras o los famosos moai– que sugerían la inequívoca presencia de alguna cultura americana, aun sin negar la llegada de gentes polinesias. En este sentido, cabe citar por ejemplo la existencia en Pascua de unas pequeñas construcciones de piedra llamadas tupas, que podrían haber sido observatorios astronómicos. Se trata de unas torres, redondas o cuadrangulares, que no son propias de la Polinesia pero que se asemejan mucho a las típicas chulpas del Perú pre-incaico. Asimismo, algunos autores ven en los moai bastante más influencia de la estatuaria sudamericana –concretamente de la cultura de Tiwanaku– que de la polinesia, básicamente en la tipología y los rasgos. Esto mismo se podría aplicar a unas pequeñas figurillas de piedra o madera que recuerdan a conocidas formas sudamericanas.

Por último, cabe destacar en el ámbito antropológico que los Pascuenses celebraban anualmente una ceremonia relacionada con el culto al llamado hombre-pájaro –del cual hablaremos más adelante– y que no tiene ningún paralelo conocido en las culturas polinesias. Aparte, quedaría considerar algunos argumentos de tipo biológico, como la presencia en Pascua de plantas típicamente americanas como la calabaza, el camote (una especie de batata) o la totora, un tipo de caña empleada por los indígenas del lago Titicaca para realizar embarcaciones, y usada en Pascua para fabricar sencillas barcas de pesca.

Hipotética situación de Mu en el Pacífico
La rica mitología local, empero, es bastante clara en cuanto al origen de los primeros pobladores. Así, la tradición dice que la isla fue ocupada por el legendario rey Hotu Matua, que –viajando en dos grandes canoas con su pueblo– desembarcó en la isla, después de haber enviado previamente una expedición de exploración compuesta por siete de sus súbditos[6]. Y la misma leyenda nos asegura que el lugar de procedencia de estas gentes era la gran isla o continente de Hiva, una tierra situada al oeste, que desapareció engullida por el océano, por efecto de una tremenda catástrofe natural, y que algunos autores relacionan con el mítico continente perdido de Mu (o Lemuria).

Sobre este punto, el investigador escocés Graham Hancock –retomando las tradiciones locales– opina que la propia isla habría sido en origen mucho más extensa y que resultó afectada por el gigantesco cataclismo, que los pascuenses recordaban alegóricamente como la furia desatada de la deidad Uoke. Dicho de otro modo, quizá Pascua fuera una isla de gran tamaño que quedó en gran parte engullida por la crecida del nivel del mar, sobresaliendo apenas su cima sobre las aguas. En una línea similar, el  británico David Pratt sugiere que la propia isla formaría parte del gran continente de Hiva, que se hundió en casi su totalidad, quedando apenas unas pocas islas –entre ellas Pascua– como testimonio de sus terrenos más elevados.

No obstante, podría haber existido un poblamiento previo, pues algunos ancianos de Pascua aún sostenían la leyenda de que antes de la llegada de Hotu Matua, la isla estaba ya poblada por una raza de gentes de gran altura. Se trataría de los “supervivientes de la primera raza del mundo, hombres de color amarillo, muy altos, de brazos largos, tórax poderoso, enormes orejas pero sin lóbulo relajado, pelo rubio puro, cuerpo lampiño y brillante. No conocen el fuego. Esa raza existía antaño en otras dos islas de Polinesia. Vinieron en barco de una tierra situada detrás de América.”[7]

Ahu Akivi, el único en que los moai miran al mar
Lo cierto es que aún en la actualidad los pascuenses creen en dicha mitología como algo indudable o histórico, algo que sucedió en un tiempo remoto. En tal caso, deberíamos preguntarnos dónde estaba Hiva, si realmente era un continente y en qué época tuvo lugar la égida hacia Rapa-Nui, si es que descartamos la cronología del siglo IV de nuestra era por ser “demasiado moderna”. Según los propios nativos, Hiva estaría situada hacia en sureste, lo que invalidaría la hipótesis de las Marquesas, que están más al norte. Esta orientación estaría marcada por la posición y mirada de los únicos moai de toda la isla que están de cara al océano. Así, se dice que en honor de los primeros siete exploradores se levantó una plataforma (el Ahu Akivi) y sobre ella se erigieron las siete estatuas dedicadas a estos pioneros. El autor J. J. Benítez estableció para esa posición un rumbo exacto sobre el mapa y determinó que tal orientación (245º) nos llevaría a un amplia región oceánica donde sólo está Nueva Zelanda. No obstante, para los antropólogos académicos, las referencias nativas a Hiva –cualquiera que fuese su situación– es un mito que no tiene ninguna fiabilidad histórica y que debe ser desestimado como dato científico.

Sea como fuere, parece fuera de duda que la isla estuvo poblada por dos comunidades que llegaron en momentos históricos distintos, aunque quedaría por definir si las cronologías manejadas para las ocupaciones humanas hasta el momento son fiables o deberían revisarse. Así, podemos suponer que durante siglos ambas etnias convivieron y se relacionaron hasta que estalló una especie de guerra civil. Los nativos hablan concretamente de los Hanau-Eepe (“Orejas Largas”) y de los Hanau-Momoko (“Orejas Cortas”), siendo los primeros originarios del este –¿el Perú[8]?– y los segundos del oeste, la Polinesia. La tradición local afirma que los Orejas Largas, de supuesta ascendencia divina, eran más altos y corpulentos que los Orejas Cortas, y que habían construido los ahu y las grandes estatuas, que precisamente muestran unas orejas con largos lóbulos. Además podrían tener otros rasgos muy peculiares, como la piel más blanca y pelo rubio o rojizo. Esta raza tenía esclavizada a la comunidad de los Orejas Cortas, hasta que éstos se alzaron contra sus amos y en un épico combate que tuvo lugar junto a gran zanja les dieron muerte a todos, excepto a uno[9].  Se especula con que todo esto ocurrió hacia mediados del siglo XVIII, pues la expedición de Roggeveen distinguió perfectamente las dos comunidades citadas durante su breve estancia de 1722.

Lo cierto es que hasta la antropología académica admite que en un remoto pasado existieron contactos esporádicos entre la Polinesia y Sudamérica, a la vista de algunas pruebas en forma de plantas, artefactos e incluso restos humanos. Por otro lado, las características físicas de los pascuenses difieren en algunos aspectos de la típica etnia polinesia, lo que apoya la hipótesis de una mezcla racial. Lo que también es muy significativo es que, según la crónica de la expedición de González (1770), los nativos pascuenses, de no ir desnudos y pintarrajeados, parecerían europeos. Asimismo, en el ámbito filológico, algunos términos del idioma nativo de Pascua no son propiamente polinesios, mientras que el origen de la escritura rongo-rongo es indeterminado, teniendo en cuenta que los polinesios –que se sepa hasta ahora– nunca tuvieron un sistema de escritura.

¿Gigantes en Pascua?
Por otro lado nos quedaría como tema colateral la hipotética presencia de gigantes en la isla, teniendo en cuenta las referencias míticas antes citadas. Por lo pronto sabemos históricamente que la expedición de Roggeveen[10] se encontró con algunos individuos enormes, de una altura de unos 12 pies (3,60 metros), hasta el punto que los holandeses podían pasar entre las piernas de estos gigantes. Las mujeres eran un poco más bajas, sobre los 10 pies (3 metros) como máximo. Con todo, la historia oficial considera que este relato sobre posibles gigantes es fantasioso o, como mínimo, exagerado.

Sea como fuere, estas historias de gigantes en el Pacífico no son en modo alguno esporádicas, pues –como ya expuse en un artículo específico– son bastante comunes en muchas islas e incluso apuntan a una continuidad hasta tiempos históricos. Además, existen rumores de que los nativos han hallado alguna vez grandes huesos humanos que sólo podrían pertenecer a gigantes... como los propios moai[11].

Los petroglifos “cósmicos”


Quizá uno de los aspectos menos conocidos de la isla es el de los petroglifos, esto es, los grabados sobre piedra. Existen muchos de ellos y la gran mayoría están relacionados con el culto al hombre-pájaro, cuya principal manifestación ritual la encontramos en una competición tradicional que tenía lugar cada año y en la cual los jóvenes contendientes –denominados hopu manu– se dirigían en canoa a un islote próximo para recoger y traer de vuelta el primer huevo dejado por un ave migratoria procedente –supuestamente– de la mítica tierra madre Hiva. Este evento tenía tal importancia que el vencedor y su clan obtenían el prestigio y el poder hasta el siguiente año. Se sabe que la última de estas ceremonias fue celebrada en 1866.

Petroglifos del hombre-pájaro situados en el acantilado de Orongo
Sin embargo, los petroglifos podrían esconder alguna sorpresa que va más allá de las figuras de aves o de la tradición recién citada. Según el geólogo Robert Schoch, existen en los petroglifos numerosas formas más abstractas y algunas muy similares a los signos de la escritura local rongo-rongo, y en estos casos hallamos paralelos en otras culturas muy antiguas de todo el mundo. Aquí Schoch va más lejos y sugiere que dichas formas se relacionarían con representaciones de plasma, el cuarto estado de la materia (formado básicamente por iones). Así, los fenómenos de plasma observables en la naturaleza, causados por la interacción entre los vientos solares y el campo magnético terrestre, se manifiestan a menudo en formas caprichosas –como serpientes entrelazadas, círculos y radios, espirales, etc.– pero también en formas esquemáticas humanas que en algunas ocasiones podrían relacionarse con una silueta de pájaro de perfil.

De hecho, hace pocos años Anthony L. Peratt, un especialista en plasma del Laboratorio Nacional de Los Alamos (EE UU), estudió cientos de antiguos petroglifos de todo el mundo y se quedó asombrado por su parecido con las configuraciones habituales de plasma. A este respecto, Peratt cree que esas representaciones podrían ser el testimonio distorsionado de un fenómeno celeste muy antiguo, concretamente una fuerte explosión de plasma solar hace miles de años que provocó vientos solares de una intensidad de entre diez y cien veces mayor que la de los vientos solares actuales. Y Peratt añade que la posición de los principales petroglifos de Pascua, que se orientan al campo sur del firmamento, coincidiría con la dirección en que podrían ser observados los citados vientos solares. 

La escritura rongo-rongo


Como hemos visto, los antiguos pascuenses dejaron sobre piedra algunos signos que podrían tener algún significado ritual o religioso. Precisamente aquí es oportuno abordar otro de los misterios sin resolver de la isla, que es la escritura llamada rongo-rongo (palabra que significa “recitaciones”). Esta escritura es única en el Pacífico y en el mundo, pues fue empleada exclusivamente por los nativos de la isla. Aparte de esos símbolos trazados en los ya mencionados petroglifos, el rongo-rongo se plasmó físicamente en unas tablillas de madera trabajadas con un punzón (tal vez dientes de tiburón, puntas de obsidiana o huesos de pájaro). En cuanto a su lectura, se da la peculiaridad de que los textos estaban escritos en el sistema bustrófedon inverso[12], muy típico en algunas culturas antiguas. Actualmente sólo se conservan poco más de 20 tablillas –a las que se les da como máximo una antigüedad de dos siglos– y están distribuidas por varios museos, pero ya no queda ninguna en la propia isla. La más extensa, ubicada en Santiago de Chile, contiene unos 2.300 caracteres.

Típica tablilla de madera con inscripción rongo-rongo

Sobre su significado, nadie hasta la fecha ha podido descifrar los símbolos y por tanto no sabemos qué dicen. Desde finales del siglo XIX se han realizado numerosos intentos de interpretación, al menos para completar un corpus de signos y para especular sobre algún significado a partir de ciertas secuencias que se repiten en varios textos. Con todo, aún no existe un consenso en clasificar los signos, que algunos estiman en torno a los 55-60 y otros en cientos de ellos (por combinación de los signos básicos). En lo que sí hay coincidencia general es en considerar que se trataría de ideogramas más que de letras (o fonemas), con muchos signos de carácter antropomórfico y zoomórfico, más otros de tipo abstracto.

Por desgracia, los últimos maestros de la escritura rongo-rongo, llamados ma’ori-ko-hau-rongorongo, que habían transmitido su saber de generación en generación, fueron víctimas de la gran captura de esclavos de 1862. Con todo, se sabe que a finales del siglo XIX quedaba en la isla un anciano que aún podía leer las tablillas, pero con su muerte se escapó el último conocedor de la extraña escritura y ningún occidental fue capaz de recoger ese legado[13]. Los filólogos están convencidos de que se trata de un dialecto de la Polinesia, si bien –como ya se ha dicho– los polinesios jamás emplearon un sistema de escritura. Dada esta circunstancia, también se ha lanzado la doble hipótesis de que el rongo-rongo fuera una invención propia de los nativos pascuenses o bien que hubiera surgido por efecto de los contactos con los occidentales a partir del siglo XVIII, pero no hay ninguna certeza al respecto.

Ahora bien, la tradición oral nativa afirma que el mítico rey Hotu Matua ya trajo consigo varias tablillas cuando desembarcó en la isla con los suyos, lo que conferiría un gran antigüedad a la escritura. De hecho, durante sus investigaciones en la isla, Francis Mazière llegó a la conclusión que el rongo-rongo no era, en efecto, originario de la isla, sino que fue llevado allí por los primeros pobladores. Además, el conocimiento de la escritura –que tendría un carácter sagrado o esotérico– estaría reservado a muy pocas personas: la familia real, los jefes de los seis distritos de la isla y los sabios ma’ori-ko-hau-rongorongo. Así, Mazière no era muy optimista en cuanto al desciframiento de los signos, que consideraba iniciáticos, y afirmaba que “los ideogramas de la isla de Pascua contienen una potencia de pensamiento, y por consiguiente de palabra, que nuestra forma de trascripción no puede imaginar.”

Comparativa entre el Indo y Pascua
No obstante, algunos expertos han buscado relacionar el rongo-rongo con escrituras muy lejanas, incluso de China o de Sudamérica, pero el dato más sorprendente lo aportó en 1932 Guillaume de Hevesy, que se fijó en la tremenda semejanza entre el rongo-rongo de Pascua y la escritura de la antigua civilización del valle del Indo[14] (en el actual Pakistán), que de igual modo permanece indescifrada en la actualidad. No cabe duda de que, dadas las grandes distancias en el espacio y el tiempo, el gran parecido entre ambos sistemas es toda una incógnita, y si  descartamos la mera coincidencia, deberíamos hablar de algún tipo de influencia o contacto, aunque fuera por vía indirecta. 

En este sentido, el erudito polaco Benon Z. Szalek, de la Universidad de Szczecin, ha propuesto una conexión entre ambas culturas en tiempos remotos, y concretamente cree que fueron los Tamiles de la India los que colonizaron la isla, vistos algunos estudios antropológicos de restos óseos de antiguos nativos que muestran que sobre el 60% de la población isleña tendría un origen indoeuropeo. En cuanto al contenido de las tablillas, Szalek afirma que se trataría de fórmulas rituales o invocaciones a los avatares o reencarnaciones.

© Xavier Bartlett 2017


Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons


[1] La isla se encuentra a unos 3.700 kilómetros al oeste de la costa de Chile, a poco más de 2.000 km. de las islas Pitcairn y a más de 4.000 de la Polinesia francesa, ambas al este. La tierra más próxima, también chilena, es la isla de Sala y Gómez, a 415 km. (al noreste), que está deshabitada.
[2] Según parece, esta denominación es tardía, del siglo XIX, y fue extendida por los polinesios que llegaron a la isla junto con misioneros occidentales.
[3] El virrey Amat organizó dos misiones más, en 1771 y 1772, para completar la primera cartografía de la isla.
[4] Roggeveen registró la presencia de unos 2.000 nativos, si bien –según los expertos– en su momento de auge la población pudo haber llegado a los 15.000 habitantes. Sin embargo, en 1877 la población aborigen había caído a poco más de 100 personas, debido a las penalidades de la esclavitud y las epidemias. Actualmente, la población se sitúa alrededor de los 5.000 habitantes.
[5] Esta cronología se sustenta en modernas dataciones por radiocarbono y viene a coincidir más o menos con la tradición local, que atribuye 57 generaciones de reyes desde el primer monarca, Hotu Matua, con una media de 25 años por generación.
[6] Este dato recuerda poderosamente al mito de los sietes sabios de Egipto, que –según los llamados Textos de Edfú– ejercieron de avanzadilla en el valle del Nilo para los refugiados de una tierra primigenia que también desapareció tras una gran catástrofe natural.
[7] Cita extraída de MEZIÈRE, F. Fantástica isla de Pascua.
[8] Esta característica de los lóbulos alargados artificialmente se daba por ejemplo en los individuos de la nobleza inca del Perú (a los que Pizarro llamaba “orejones”).
[9] Esta leyenda ha sido interpretada por muchos académicos de forma distinta, pues opinan que las confrontaciones se generaron a partir de cambios en el ecosistema, por la sobreexplotación de la madera (hasta acabar con todos los árboles), la sequía y la escasez de recursos de subsistencia. Así pues, la decadencia de la cultura pascuense habría sido fruto de una lucha por los recursos naturales.
[10] Según la crónica de C. F. Behrens, participante en la expedición.
[11] En un contexto mitológico-esotérico, H.P. Blavatsky decía que las estatuas correspondían a representaciones exactas de los gigantes de la cuarta raza, y que la isla formó parte de Lemuria, un continente desaparecido.
[12] Patrón de escritura que consiste en escribir una línea de izquierda a derecha y luego girar 180º como el buey cuando ara (ese es el significado original del término griego bustrófedon), con lo que al final de cada línea nos vemos forzados a dar la vuelta a la tablilla para seguir la lectura.
[13] Se dice que en 1886 William Thomson habló con dicho anciano (de 83 años) y consiguió que éste le recitara una de las tablillas, que sería una canción de fertilidad. Sin embargo no existe confirmación de esta anécdota y los expertos no la tienen en cuenta. Posteriormente, hubo otros intentos de lograr alguna interpretación fiable entrevistando a varios ancianos, como por ejemplo hizo Routledge, pero no se obtuvo ningún resultado.
[14] También conocida como civilización de Harappa, de la Edad del Bronce, y que floreció entre 3300 a. C. y 1300 a. C.

Los misterios de la isla de Pascua (2ª parte)


El enigma de los moai



Llegados a este punto, sólo nos resta por adentrarnos en profundidad en el asunto que más ha dado que hablar sobre la isla de Pascua: sus arquetípicos moai, que han causado una gran admiración y sorpresa a todos los visitantes occidentales desde el siglo XVIII. En efecto, ya desde la primera investigación científica exhaustiva de K. Routledge, la propia isla y sus moai resultaron ser algo desconcertante, sorprendente y extraño –fuera de lo habitual– que sugería muchas más preguntas que respuestas. En palabras de la propia antropóloga británica:
“En la isla de Pascua el pasado es presente, es imposible escapar de esto. Los habitantes de hoy son menos reales que los hombres que se fueron. La tierra sigue poseída por la sombra de esos constructores desaparecidos. Voluntaria o involuntariamente, el viajero debe unirse a esos viejos trabajadores, porque en el aire quedan restos de esa vibración de su energía y de la basta finalidad que los guiaba, algo que hoy parece haberse disipado. ¿De qué se trataba? ¿De qué?”[1]
Moai de tamaño medio, con tocado pukao
Lo primero que llama la atención es que en un territorio relativamente reducido se han llegado a identificar casi 900 estatuas monolíticas antropomórficas, incluidas las 397 que quedaron por acabar en la cantera de volcán Rano-Raraku. La mayoría de estos moai tiene una altura media respetable, de unos 5 metros, aunque hay bastantes situados entre 5 y 10 metros. Hay muy pocos que estén por debajo de los tres metros, mientras que el moai acabado más alto medía unos 11 metros y pesaba 80 toneladas. Entre los moai inacabados que quedaron en la ladera del volcán hallamos ejemplares de más altura, hasta alcanzar incluso casi los 22 metros en un caso. El peso de las estatuas, acorde a la altura, va de unas pocas toneladas a las 270 que se calcula para el gigante de 22 metros.

Casi todos los moai fueron esculpidos de toba volcánica. Otros pocos, de tamaño más bien pequeño, fueron realizados de escoria roja, traquita blanca o basalto. En cuanto a su localización, unos 400 están clavados en la ladera del Rano-Raraku, mientras que hay poco más de 200 situados sobre las plataformas llamadas ahu, casi todas ellas en la franja costera. Todas las estatuas de los ahu se orientaban al interior de la isla menos el Ahu Akivi. El resto de moai están dispersos por el interior de la isla.

Moai Tuku Turi
En lo referente a su aspecto, en realidad cada moai es ligeramente distinto de los demás, como si fueran retratos, pero hay una tipología común. Los cuerpos son figuras erguidas y estilizadas como columnas. Los rostros son alargados y angulados, con orejas largas, y nariz y mentón muy marcados, en tanto que los brazos y manos –con largas uñas– se juntan en el ombligo, en un abdomen ligeramente abombado. Y vale la pena remarcar que este aspecto no se corresponde para nada con las gentes típicamente polinesias. Aparte, en algunas estatuas se aprecian una serie de grabados o símbolos en el dorso, cuyo significado es incierto. Algunas de las estatuas presentan una especie de corona, tocado o sombrero cilíndrico o troncocónico llamado pukao realizado en escoria roja[2]. Cabe destacar que los moai de los ahu muestran un aspecto un poco diferente, con formas más redondeadas y con ojos incrustados sobre el rostro. Existe además una excepción a la tipología general: una estatua llamada Tuku Turi, de unos 3,70 metros de alto y 10 toneladas, sin cuello, en posición arrodillada y con unos rasgos faciales bien distintos al resto de moai, que incluyen una prominente barba[3].

Sobre su origen y cronología, los expertos académicos –tomando como referencia ciertos paralelismos con la estatuaria del Pacífico– creen que los moai fueron realizados por gentes polinesias entre los siglos IX y XVI de nuestra era. Ahora bien, no existe un consenso sobre qué eran estas enormes estatuas, que podrían situarse entre lo humano y lo divino. La teoría más difundida y aceptada, y que tiene en cuenta las creencias nativas, es que eran representaciones divinizadas de antepasados, pero a decir verdad la ciencia se mueve aquí en el campo de las conjeturas.

Moai completamente desenterrado
No obstante, como varios investigadores han apuntado, existe un problema importante con las dataciones de los moai. Por un lado, recalcan la escasa fiabilidad de la cronología convencional y por otro ponen de manifiesto que podría haber dos o más grupos de moai claramente diferenciados en el tiempo, dados los diversos grados de fuerte erosión observables en las propias esculturas, aparte de algunas diferencias estilísticas. Esta visión sobre una gran antigüedad de las estatuas está sustentada además por la importante sedimentación natural que se ha acumulado en torno a los moai situados en la ladera del volcán, que podría llegar hasta los 6 metros. A este respecto, cabe señalar que hace años se pudo excavar en su totalidad el busto de un moai, comprobando que era en realidad una gran estatua de cuerpo entero. Desde luego, tal sedimentación pudo haberse producido de forma más o menos rápida a causa de alguna catástrofe, corrimiento de tierras, erupción volcánica, etc. pero el geólogo Robert Schoch no apreció nada de esto cuando inspeccionó el terreno que circunda a los moai.

Y precisamente Schoch ha lanzado la hipótesis de que los moai que se encuentran dispersos por la ladera exterior del volcán, hechos mayormente de basalto y con ligeras diferencias estilísticas con respecto a los moai realizados en toba volcánica, podrían ser los más antiguos. El problema, empero, es localizar las canteras de basalto que dieron lugar a esos moai, pues no son apreciables sobre la superficie. Schoch cree que en realidad estaban en niveles estratigráficos inferiores, y lo que es más, que tales niveles estarían ahora bajo las aguas. Esto puede parecer un salida de tono, a menos que consideremos que las canteras estuvieron en la superficie hace muchos miles de años, antes de que se produjera una catastrófica subida de las aguas al final de la última Edad del Hielo. Aunque, claro, eso supondría poner a las canteras –y a los moai– en un horizonte temporal de hace nada menos que 12.000 años...[4] De todos modos, otro geólogo, Christian O’Brien, cree que sólo observando los diversos grados de erosión y comparándolos con otros monumentos antiguos en climas semejantes se puede desmontar la cronología tradicional, concediendo a los primeros moai  una antigüedad de varios miles de años.

Moai semienterrado de la ladera del volcán Rano-Raraku. Véanse los rasgos estilizados y las orejas largas
Así las cosas, es bien posible que hubieran dos grandes momentos de construcción de moai, uno extremadamente antiguo y otro más moderno, “histórico”, inspirado en los modelos arcaicos y realizado con menos habilidad y cuidado sobre toba y con primitivas herramientas de piedra. De hecho, el escritor francés Pierre Loti ya afirmó en el siglo XIX que había claramente dos clases de estatuas: las de la costa, derribadas y rotas, y las del interior, a las que califica de “aterradoras”, de una época y una apariencia bien distintas. En su opinión, posiblemente los polinesios que llegaron a Pascua se habían encontrado la isla desierta, sólo guardada por unos imponentes moai, que serían monumentos antiguos ya en aquella época.

Y ya bien entrados en el siglo XX, el también francés Francis Mazière observó que el tallado y pulido de los moai de la ladera exterior era superior al de los moai del interior del cráter –incluidos los inacabados– así como de los moai de los ahu, como si hubiesen sido realizados por dos comunidades distintas, siendo la segunda la de los polinesios. Estos habrían querido copiar la grandeza de los moai originales, pero colocando sus estatuas de peor factura sobre las plataformas, a la manera típicamente polinesia, si bien –como luego veremos– podrían haber reutilizado plataformas aún más antiguas.

Con todo, el asunto que normalmente ha generado más polémica es el modo en que se tallaron, se trasportaron y se alzaron los moai (en particular, sobre los ahu), con la dificultad añadida en algunos casos de colocar los tocados pukao. El primer punto, el tallado, parece ser la parte más explicable, pues se han descubierto algunas herramientas y se han propuesto métodos laboriosos pero al alcance de una cultura primitiva de la Edad de Piedra, con procesos similares a los empleados por los egipcios para tallar sus obeliscos. De hecho, la expedición de William y Katherine Routledge estimó que un maestro tallador y un equipo de unas 50 personas podían esculpir un moai de unos 10 metros en poco más de dos semanas, si bien actualmente se considera que se precisaría al menos el doble de tiempo. Aun así, algunos autores han señalado oportunamente que resulta asombroso cómo se pudieron tallar y pulir con gran perfección los durísimos bloques de basalto con sencillas herramientas de piedra, pues la simple replicación de este procedimiento pone en evidencia la enorme dificultad de tal labor.

Thor Heyerdahl
En cambio, sobre el proceso completo, aún en la actualidad no hay más que meras especulaciones, aparte de algún intento de arqueología experimental como el que hizo el noruego Thor Heyerdahl en 1956, que de ninguna manera fue concluyente[5]. A su vez, desde la arqueología académica se han propuesto diversas soluciones tradicionales, como el uso de cuerdas, trineos, rodillos (troncos), trípodes, postes, palancas, terraplenes, etc. y con dos variaciones básicas: desplazar la estatua en horizontal o en vertical. Y por supuesto, todo ello contando con una importante –aunque no enorme– fuerza de trabajo. (Por supuesto, aquí no estamos en Egipto, donde los egiptólogos imaginan auténticos ejércitos de decenas de miles de esclavos o trabajadores para la realización de obras colosales.)

En cualquier caso, en todas estas hipótesis siempre han surgido complicaciones y dudas razonables, teniendo en cuenta además que las escasas pruebas experimentales sobre el terreno se han realizado con estatuas bastante pequeñas. Por otro lado, tales métodos de arrastre y manipulación en terreno agreste y con tramos de fuerte pendiente deberían haber dejado huellas de rotura, desgaste o mella en los moai, pero sorprendentemente no se aprecia el menor desperfecto en las estatuas, aparte de la erosión natural. Y si bien trabajar con estatuas de unas pocas toneladas parece algo factible, los moai de mayor tamaño y peso, como el gigante inacabado de 22 metros, suponen todo un reto al sentido común, pues incluso hoy en día mover una mole de esas dimensiones requeriría de la intervención de una grúa especial, y en un terreno no precisamente favorable a las operaciones.

El poder del mana



Vistas las hipótesis convencionales, queda claro que están lejos de ser satisfactorias. En cambio, muy pocos estudiosos están por la labor de escuchar las tradiciones locales que afirman en voz baja –pero con toda convicción– que las estatuas fueron movidas gracias a una habilidad especial que los nativos llaman mana. Según relata Katherine Routledge, el mana[6], palabra bien conocida del lenguaje polinesio, quería decir literalmente “buena suerte”, si bien la traducción más propia sería “poder sobrenatural” y se relacionaría con la forma más simple de concepción religiosa.

En la práctica, se trataría de una fuerza o capacidad de la mente que los sabios o sacerdotes podían manejar y orientar a su voluntad para modelar el entorno físico; por ejemplo, atraer bancos de peces, curar sólo con las manos, mejorar las cosechas, etc. Al parecer esta fuerza era algo normal y cotidiano en los tiempos más antiguos y sin duda habría sido clave en la labor de mover y alzar los moai, colocándolos en lugares tan poco accesibles y difíciles como el acantilado de Orongo. Lo que resulta claro es que en algún momento el mana se perdió por motivos que ignoramos, y tal vez ello pudo impactar en la decadencia de los moai.

Cabeza de un enorme moai inacabado en la cantera de Rano-Raraku. ¿Cómo pensaban moverlo y alzarlo?
En todo caso, es bien evidente que cualquier cosa que suene a fenómeno paranormal es objeto de mofa o desprecio por parte de la ortodoxia. No obstante, sería imprudente aparcar las tradiciones de varios lugares del mundo que hablan de ese poder que podía manejar la materia de un modo que hoy nos resulta imposible. Sin ir más lejos, los nativos de la isla de Ponape, también en el Pacífico, hablan de Olosopa y Olosipa, dos hermanos míticos que fueron capaces de levantar toda una ciudad megalítica (Nan Madol) moviendo los bloques por los aires; esto es, por levitación o una fuerza antigravitatoria.

Para Graham Hancock, estas referencias al mana están conectadas a un ancestral poder mágico de alcance planetario y que precedió a todas las civilizaciones conocidas. En concreto, el mana tendría su paralelo en la magia de los sacerdotes egipcios, que ellos llamaban hekau, y que se habría empleado –entre otras cosas– para abordar labores constructivas. En Rapa-Nui esa magia era también propia de los sabios o sacerdotes, que recurrían a una piedra sagrada denominada Te Pito Kura para concentrar su poder mental y forzar a las estatuas “a que caminasen”. Esto es, el tallado de las estatuas se haría por medios más o menos “convencionales” pero el transporte y el alzado se realizarían mediante el mana. En suma, nos encontramos aquí una vez más con la explicación alternativa para el fenómeno del megalitismo –en todas sus facetas– que suele causar risa o desprecio entre los académicos.

Los imponentes ahu



El ahu con mayor número de moai (15)
Inevitablemente, al hablar de moai no podemos olvidar que muchos de ellos estuvieron emplazados sobre unas grandes plataformas de piedra, los ya mencionados ahu. Para la arqueología convencional no hay ningún misterio en estas estructuras, y las relacionan directamente con las típicas plataformas polinesias llamadas marae, que eran centros socio-religiosos y santuarios para las divinidades. Sin embargo, vale la pena realizar algunas observaciones que podrían provocar más de una reflexión sobre los orígenes de la cultura pascuense y sobre sus capacidades y conocimientos.

Como ya cité, los ahu –poco más de 300 en toda la isla– estaban mayoritariamente situados en la costa, en algunos casos prácticamente sobre acantilados. Casi todos ellos contenían pequeños grupos de moai, hasta un máximo de quince estatuas. En cuanto a su construcción, se aprecia un esfuerzo nada despreciable, pues tenían un núcleo de mampostería y un paramento exterior de grandes piedras. Su forma típica era de paralelepípedo alargado[7], de entre unos pocos metros hasta 150 metros, y con una altura que podía llegar incluso a los 7 metros. En el lado que daba a tierra solían tener una superficie empedrada a modo de plaza. En cuanto al volumen y peso, se ha calculado que los ahu medianos podían tener de 300 a 500 toneladas de piedra, mientras que en Tahai hay tres grandes estructuras que podrían rondar las 2.000 toneladas.

Por lo que se refiere al método de construcción, se ven estilos de obra diferentes, añadidos y modificaciones (hasta más de cinco intervenciones), lo que indicaría un largo periodo de utilización y reutilización. Y volviendo a la vieja polémica del origen de los pascuenses, es patente que en la isla hallamos varios muros o plataformas –el más notable, el Ahu Vinapu– que recuerdan por su factura a la técnica megalítica empleada en Sudamérica (por ejemplo, en Cuzco, Machu Picchu u Ollantaytambo), con gigantescos bloques de gran peso y formas irregulares que encajan perfectamente, sin ningún tipo de mortero, lo cual parece más bien impropio de una sociedad “primitiva”.

Paramento megalítico del Ahu Vinapu, muy similar al estilo pre-incaico que puede verse en el Perú

El problema de este tipo de paramento es que realmente no se puede atribuir a la época inca, como algunos autores alternativos han apuntado, pues los incas –aun siendo excelentes picapedreros y arquitectos– usaban pequeños bloques rectangulares para sus construcciones. La obra típicamente megalítica debe ser muy anterior, pero nadie sabe cuánto más antigua, y esto mismo se podría aplicar a lo que vemos en Pascua, lo que nos llevaría a una ocupación prehistórica que se hunde en la noche de los tiempos. En todo caso, sería conveniente recordar que aparte del megalitismo americano, existe un importante megalitismo del Pacífico que prácticamente no ha sido estudiado por el mundo académico y que podría tener conexiones con Pascua.

Y todavía queda otro punto no poco importante sobre los ahu. Hemos comentado que tendrían una función ritual o religiosa –de procedencia netamente polinesia– y esto parece estar confirmado por la presencia de algunos enterramientos, de unos fosos crematorios y de una especie de pequeños altares donde se expondría el cuerpo del difunto. Sin embargo, para algunos investigadores versados en arqueoastronomía la posición y orientación de los ahu sobre el terreno indicaría una finalidad original que tal vez no tuvo nada que ver con la “reutilización polinesia”. En efecto, al menos unos 20 ahu –entre ellos los principales– tendrían una función plenamente astronómica, pues serían perfectos marcadores del sol naciente o poniente en los solsticios y equinoccios.

Graham Hancock ha profundizado en esta cuestión y nos habla de unos sabios de la isla llamados Tangata Rani que tenían altos conocimientos astronómicos  y que empleaban lugares específicos para dedicarse a la observación del Sol, los astros y el firmamento en general. Así, para el autor escocés no hay duda de que “esa isla, que se llamaba a sí misma ojos que miran al cielo [Mata ki-te-rangi], dispuso de un sistema institucionalizado para transmitir los conocimientos astronómicos, un sistema iniciático con aprendices y maestros”[8]. Hancock va más allá incluso y relaciona algunos conceptos y palabras pascuenses con las antiguas creencias egipcias, sobre todo por los términos Mata (ojos) y Raa (Sol), similares a Maat (armonía, equilibrio, visión) y Ra (el dios Sol). Eso llevaría a considerar que Pascua tenía una rica cosmogonía y sería un enclave equivalente al de otros puntos específicos del planeta que también eran considerados “ombligos del mundo” (omphalos), que Hancock califica de faros geodésicos, marcadores y guardianes de un conocimiento ancestral, el de la precesión de los equinoccios[9].

La decadencia constructiva



Moai abandonados en la ladera del volcán... ¿desde cuándo?
Finalmente, queda por resolver una de las mayores incógnitas sobre los moai: su brusco punto y final, dado que hallamos en la cantera del volcán docenas de piezas inacabadas, como si de repente se hubiera parado el tiempo de forma súbita y la civilización pascuense se hubiera agotado de golpe en unos pocos años, o incluso meses o semanas. Para la arqueología académica, el último moai fue erigido en Hanga Kioe hacia el año 1650 y allí se acabó el impulso constructivo o escultórico de los nativos, lo que vendría a coincidir con el inicio de la decadencia de su sociedad y su cultura.

Sin embargo, la simple observación de los restos de estatuas inacabadas también nos empuja a pensar no en un única etapa de decadencia, sino en dos. Así, las estatuas que quedan en la ladera exterior del Rano-Raraku muestran una notable calidad, mientras que las que están en la ladera interior se ven bastante más toscas y “decadentes”. Todo esto confirma lo que ya hemos expuesto sobre la diversidad del poblamiento de la isla, pero también nos empuja a pensar que hubo un doble parón constructivo –y tal vez de ocupación de la isla– de quizá siglos o milenios entre la primera época y la segunda. Por lo demás, no tenemos ninguna pista de por qué se produjo ese rápido declive en ambos momentos, hasta el punto de abandonar tanto trabajo en las canteras cuando estaba casi acabado en muchos casos. Pudo ser un súbito desastre natural (terremoto, maremoto, erupción volcánica, etc.) o tal vez una escasez crítica de recursos motivada por la superpoblación y sobreexplotación del ecosistema, pero todo ello no deja de ser una mera conjetura.

Otra vía de interpretación podría ser la ya citada guerra entre las dos comunidades, pues si bien Roggeveen (1722) había visto las estatuas erguidas, ya desde la expedición de Cook (1774) se pudo apreciar que quedaban muy pocas en pie, y cada vez menos con el trascurso de los años[10]. Y viendo la gran dimensión y peso de los moai y su firme colocación sobre los ahu, todo apunta a que no fueron agentes naturales los que provocaron su caída sino que fueron derribados ex profeso por los nativos, posiblemente por los conflictos internos, sin descartar motivaciones de tipo ideológico o religioso.

Lo que resulta paradójico, y muy poco mencionado por los investigadores, es que el declive o fin de los moai fue tan súbito y brusco como su origen, pues nadie ha sabido apreciar un “nacimiento y evolución de los moai”. Encontramos las grandes estatuas ya bien formadas, y –como ya se ha señalado– las más antiguas parecen ser las más perfectas. No hay un periodo de inicio, unos prototipos más groseros, un refinamiento en la técnica, una evolución progresiva. Todo surgió de golpe y de igual modo se esfumó de golpe, aparte de las diferencias degenerativas que ya hemos destacado entre las dos etapas.

Epílogo



Como hemos visto, la isla de Pascua se resiste aún a desvelar todos sus secretos, ya sea desde una perspectiva académica o desde otra alternativa, con el problema añadido de que unos han intentado encajar las pruebas en las aguas tranquilas del paradigma mientras que otros han tendido al puro sensacionalismo como ya comentamos al inicio. Quizá una tercera opción intermedia sería un camino viable para emprender una investigación seria y rigurosa, pero al mismo tiempo abierta a todas las posibilidades sin prejuicio alguno.

Reivindicación de los nativos de Rapa-Nui (foto:Daniel Schávelzon)
Pero, ya sea desde una vertiente ortodoxa o alternativa, lo que es más triste es que el mundo occidental ha entrado en Pascua como un elefante en una cacharrería y ha cometido numerosos errores y tropelías que han repercutido en la pérdida irreparable de un conocimiento ancestral y en una cerrazón por parte de la población nativa. A este respecto, me ha llamado la atención que en varias obras se pone bien de manifiesto que el hombre blanco llegó a la isla con aires de superioridad, esclavizó a la población local, cometió un auténtico genocidio, expolió o destruyó su cultura, colonizó su territorio, metió a la población en un ghetto, persiguió sus creencias y su tradición e impuso un cierto orden ideológico, administrativo, social y económico. Y como resultado de esta intolerancia y prepotencia racial, ideológica o religiosa, el espíritu de Rapa-Nui quedó parcialmente destruido o tuvo que ser ocultado y protegido por sus últimos guardianes. Por decirlo de otro modo, los primeros occidentales ya encontraron un sociedad en decadencia pero ellos acabaron de rematarla de forma brutal entre el siglo XIX e inicios del XX, lo cual supuso una auténtica debacle para cualquier estudio antropológico posterior.

Por ejemplo, Mazière narra que su expedición de los años 60 todavía pudo entrever que había muchos más misterios en la isla, que había lugares secretos inexplorados celosamente protegidos (hablaba abiertamente de ciertas grutas), que los ancianos pascuenses guardaban para sí conocimientos esotéricos que debían quedar lejos del hombre blanco. Y bien, es posible que el autor francés se fuera por las ramas y cayera víctima de la influencia del realismo fantástico tan en boga en su época, pero no cabe duda de que muchos aspectos de las sociedades pasadas no pueden ser entendidos si continuamos aplicando el mismo patrón de pensamiento racionalista-materialista de la ciencia moderna.

Entretanto, mucho me temo que Pascua va a seguir al menos parcialmente en ese limbo de incomprensión hasta que no superemos esa visión prepotente de la modernidad occidental, que cree saberlo todo y abarcarlo todo con su avanzada ciencia y tecnología, y es incapaz realmente de explicar cómo se alzaron esos fabulosos moai con métodos y utensilios supuestamente primitivos.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: archivo del autor / Wikimedia Commons


Bibliografía y referencias


BADDELEY, G.; SCHOCH, R. The mysteries of Easter island: a proposal to investigate and possibly uncover significant new evidence. 2010

BENÍTEZ, J. J. Mis enigmas favoritos. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 1993

FAGAN, B. M. (Ed.) Los setenta misterios del mundo antiguo. Ed. Blume. Barcelona, 2002

HANCOCK, G. El espejo del paraíso. Ed. Grijalbo. Barcelona, 2001

HEYERDHAL, T. La expedición de la Kon-Tiki. Ed. Juventud. Barcelona, 1971

HEYERDHAL, T. Aku-Aku. Ed. Juventud. Barcelona, 1959.

MAZIÈRE, F. Fantástica isla de Pascua. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 1976

PRATT, D. Easter Island: land of mystery. http://davidpratt.info/easter1.htm

RIBERA, A. Operación Rapa-Nui. Ed. Pomaire. Barcelona, 1975

ROUTLEDGE, K. The mystery of Easter Island: The story of an expedition. Hazel, Watson & Viney. London, 1919



[1] De su libro “The mystery of Easter Island” (1919), página 165 (original en inglés).

[2] Algunos son de tamaño y peso notable; al más pesado se le atribuyen unas 11 toneladas.

[3] Al principio, empero, se pensó que se trataba de una mujer. Este moai fue hallado por la expedición de Heyerdahl a mediados del siglo XX.

[4] Al parecer, según menciona Schoch, el famoso oceanógrafo francés Jacques Cousteau encontró oquedades y agujeros rectangulares en las capas de basalto localizadas bajo la superficie cuando realizaba una prospección en aquellas aguas.

[5] Heyerdahl recurrió a un moai de pequeño tamaño y peso, empleó unas cuerdas dudosamente históricas y desplazó la estatua por un terreno arenoso muy específico, apenas presente en la isla.

[6] Como anécdota, cabe señalar que el barco que llevó a los Routledge a Pascua se llamaba precisamente Mana.

[7] Sólo en unos ahu tardíos vemos una forma de sencilla pirámide escalonada, que en realidad sería una superposición de una estructura nueva sobre otra más antigua. En estos casos parece ser que no se colocaron estatuas encima y que la estructura fue empleada con fines funerarios.

[8] HANCOCK, G. El espejo del paraíso. Ed. Grijalbo. Barcelona, 2001. (Pág. 303)

[9] Hancock defiende que desde tiempo inmemorial existe una red de lugares sagrados en el mundo separados exactamente por las mismas distancias en grados, con Guiza-Heliópolis como eje central, y todo ello en relación con el ciclo precesional.
[10] En tiempos modernos casi todas las estatuas ya habían caído de las plataformas y hubo que alzarlas y colocarlas en su lugar original.