jueves, 5 de octubre de 2017

El bipedalismo y el origen de humanos y simios


Introducción


“No es el hombre el que desciende del simio, sino que es el simio el que desciende del hombre”. Esta frase la escuché hace ya algunos años y me causó una cierta hilaridad, sobre todo como contraposición jocosa al bien establecido evolucionismo darwinista. Sin embargo, con el tiempo y las nuevas investigaciones, esta especie de broma ha empezado a cobrar cierto sentido desde el punto de vista científico, aunque todavía se mantiene dentro de la heterodoxia más radical.

Antes de proseguir, empero, hay que aclarar que no debemos tomar esta afirmación literalmente, sino que hay que enfocarla como un cuestionamiento de la evolución humana desde nuevos planteamientos teóricos y desde las pruebas físicas disponibles, con un punto central de debate: el bipedalismo de los homínidos. Precisamente, dicho debate nos lleva a una doble hipótesis: o bien que el ser humano anatómicamente moderno es muchísimo más antiguo de lo que nos han explicado hasta ahora o bien que los ancestros comunes tanto de humanos como de simios modernos no eran como nos los han pintado[1]. O quizá ambas cosas sean ciertas...

En todo caso, los nuevos hallazgos aportan complejos escenarios y más dolores de cabeza a los evolucionistas, que una vez más se esfuerzan por encajar las pruebas sobre el terreno en su intocable marco teórico (iba a poner “su religión”), lo que a menudo les deja desconcertados o les obliga a realizar complicados malabarismos para mantener  las verdades y los dogmas que el paradigma darwinista lleva imponiendo desde hace más de un siglo. Pero empecemos por el principio.

¿Una propuesta disparatada?


H. P. Blavatsky
Si retrocedemos al siglo XIX, la famosa ocultista Madame Blavatsky ya planteó un panorama totalmente distinto para el origen del hombre, que se desmarcaba tanto de las escrituras bíblicas como de la entonces reciente teoría de la evolución de Darwin[2], que se estaba consolidando entre la comunidad científica. Blavatsky, basándose en textos esotérico-mitológicos, hablaba de una humanidad que se remontaría a muchos millones de años y que habría involucionado a través de una serie de eras, desde unas razas prácticamente etéricas hasta el moderno hombre, “pequeño”, material y mortal. Pero la visión de Blavatsky incluía además un origen bien heterodoxo para los primates, los cuales habrían surgido de la hibridación de los humanos arcaicos con otras criaturas inferiores, con lo cual se daría un respaldo a la propuesta de que los primates no eran los ancestros del hombre sino que más bien constituirían una degeneración de éstos[3].

Así, según la teosofía, los primeros primates se parecían bastante a los humanos, aunque con el paso de los milenios se fueron haciendo más y más distintos. Ahora bien, los atlantes (una raza anterior a la nuestra), al ver la gran degeneración que ellos mismos habían creado, se habrían dedicado a exterminar a los simios más parecidos a los humanos, dejando sólo a los menos avanzados, que serían en definitiva los ancestros de los actuales simios. Asimismo, la mitología hindú recoge un escenario muy similar, pues en el poema épico Ramayana se muestra a los simios como muy próximos a los humanos, y se les atribuía incluso la capacidad de hablar y de tener leyes y gobiernos.

La polémica obra de B. Kurtén
Pero si dejamos ahora el confuso terreno del ocultismo y saltamos a finales del siglo XX, algunos científicos –nada sospechosos de ser esotéricos– empezaron a descubrir numerosas pegas en los axiomas evolucionistas con respecto al origen del hombre y su supuesta procedencia de un cierto primate, antecesor común de humanos, chimpancés, gorilas, etc. Así, ya en 1971 el antropólogo finlandés Bjorn Kurtén en su obra Not from the apes (“No de los simios”) afirmaba que el origen de las grandes diferencias entre simios y humanos debía remontarse a una antigüedad enorme, por lo menos hasta unos 35 millones de años y que de hecho sería la rama de los simios modernos la que habría derivado de un tronco humano. Según su visión, a partir del estudio de los fósiles, el ser humano no podía descender de ninguna criatura simiesca, sino que más bien los actuales simios descendían de una línea humana muy arcaica. Para Kurtén, un pequeño simio de rasgos humanos llamado Propliopithecus (del Oligoceno) habría sido el antecesor del Ramapithecus y homínidos posteriores, como los australopitecinos. Por otra parte, el Dryopithecus, una criatura más simiesca, habría dado origen a la línea ancestral de los primates actuales

Años más tarde, en 1981, los investigadores John Gribbin y Jeremy Cherfas retomaron esta hipótesis y sugirieron un escenario distinto de la evolución humana, planteando la posibilidad de que los simios descendieran de los humanos y no al revés, si bien su propuesta no era tan radical como se podría esperar. Así, admitían que el ser humano podía descender de una línea de australopitecinos, pero que éstos no se habían extinguido en la línea evolutiva sino que habrían dado lugar a los actuales chimpancés y gorilas, cuyos antepasados nunca han sido hallados por los paleontólogos (¡mira por dónde!). Según Gribbin y Cherfas, las mutaciones podrían ir en un sentido u otro y revertir anteriores avances. De este modo, los australopitecos, en tanto que homínidos erguidos[4], fueron los antecesores del género Homo, pero luego algunos de ellos habrían revertido este paso y habrían vuelto a la vida arborícola.

La cuestión del bipedalismo


El estereotipo de la evolución del bipedalismo
Sea como fuere, prácticamente todos los especialistas en paleontología consideran el bipedalismo como una señal inequívoca del avance fisiológico hacia el ser humano (de ahí el famoso Homo erectus: “hombre erguido”). Así pues, se da por hecho que esta característica es propia de los humanos y que marcó importantes desarrollos tanto físicos como intelectuales en el transcurso de la evolución. No obstante, esta cuestión todavía no está cerrada y se mantiene sujeta a múltiples interpretaciones, que giran en torno a la controversia sobre cómo, cuándo y por qué se produjo el salto al bipedalismo, si bien la teoría East side story del francés Yves Coppens es la más aceptada y todavía mantiene su prestigio y validez entre muchos paleontólogos. En todo caso, para la gran mayoría del estamento académico, los australopitecinos ya caminaban erguidos, y este sería un rasgo propiamente humano que comportaría la posterior aparición del género Homo. Sin embargo, no todos los expertos comparten la idea de que los australopitecos estén en la línea directa evolutiva de los humanos e incluso ponen en duda que los australopitecinos caminaran habitualmente erguidos. Asimismo, algunos especialistas cuestionan el hecho de que el bipedalismo sea un rasgo relativamente moderno (en términos evolutivos), y proponen visiones heterodoxas que afectan tanto a la evolución de los humanos como a la del resto de los primates.

Y aquí es cuando aparecen varias teorías bien alejadas de la ortodoxia darwinista. Por ejemplo, el zoólogo franco-alemán François de Sarre opinaba a finales del pasado siglo  que en modo alguno la transición al bipedalismo fue un rasgo “reciente” que tuvo lugar en unas criaturas simiescas hace unos pocos millones de años. De Sarre cree que el escenario evolutivo humano ha sido fabricado a partir de observaciones erróneas y de muchos prejuicios. Desde su punto de vista, la estructura anatómica humana no indica una maduración desde simios “fetales”, sino todo lo contrario: los simios muestran un evidente avance anatómico allá donde la evolución de los humanos se detuvo.

Para sustentar este concepto, de Sarre se fija sobre todo en la embriología y la anatomía comparativa, dada la gran precariedad del registro paleontológico. Así, los embriones humanos comparten con los de otros mamíferos una posición bastante centrada del foramen mágnum[5] (en unos 90º grados con relación al plano de la cara). Ahora bien, en el resto de animales –según avanza el desarrollo del embrión– el foramen se va retrasando y el ángulo se va abriendo hasta 140º en los primates y hasta 180º en el caso de los animales totalmente cuadrúpedos. En cambio, en los humanos el ángulo se queda en unos 120º, que es lo que permite nuestra locomoción bípeda. Y si se analizan los pies de los humanos, que muestran diferencias bien apreciables respecto a los del resto de los primates, se puede deducir que nunca pertenecieron a un cuadrúpedo o a una criatura arborícola. Y una vez más, en los embriones de primates se aprecia que los pies tienen una estructura muy similar a los humanos, pero según progresa su desarrollo van tomando la típica forma prensil que les permite moverse con facilidad en los árboles. En cuanto a las manos de los primates, son semejantes a las humanas, pero ellos las utilizan para caminar sobre los nudillos.

Bigfoot: ¿criatura deshumanizada?
En suma, de Sarre asegura que los australopitecinos no fueron los ancestros de los humanos, sino más bien los precursores de los actuales simios, si bien los antepasados de los propios australopitecinos habrían sido bípedos, que fueron perdiendo esta característica, evolucionando hacia criaturas cuadrúpedas. Este proceso sería una especie de deshumanización, que habría dejado al margen a unas pocas criaturas en un estado intermedio, dando lugar a poblaciones de los llamados “hombres salvajes”, como el bigfoot, el yeti, el almas, etc. (todos ellos bípedos), que son negados por la ciencia actual, que los califica de simples invenciones, fraudes o confusiones[6].

En una línea semejante, la paleontóloga del CNRS Yvette Deloison ya expuso hace unos años que la primitiva estructura de la mano humana es la prueba inequívoca de la existencia –hace unos 15 millones de años– de un ancestro común de humanos, australopitecos y grandes simios actuales, que de ningún modo pudo ser una criatura arborícola o cuadrúpeda. Deloison sostiene que el pie humano está claramente adaptado al bipedalismo, y si damos por hecho que la evolución “no retrocede”, ese antepasado común bípedo no tenía manos o pies especializados. Dicho de otro modo, de un ser arborícola no puede derivarse un ser bípedo. En todo caso, fue más tarde cuando una rama de esas criaturas se adaptó plenamente a la vida arborícola y desarrolló esos característicos pies prensiles. Por lo tanto, en algún momento se produjo una bifurcación definitiva entre la criatura completamente bípeda (la raíz del género Homo) y el animal cuadrúpedo-arborícola.

Este mismo concepto ha sido retomado recientemente por Aaron Filler, biólogo evolucionista de la Universidad de Harvard y autor del libro The upright ape (“el simio erguido”), cuya investigación apunta a que los antepasados de los humanos arcaicos, así como los de los grandes simios, caminaron erguidos y no sobre nudillos, como los actuales simios. Para llegar a esta conclusión, Filler ha estudiado las columnas vertebrales de unos 250 mamíferos, algunos de ellos ya extinguidos y con antigüedades que se remontarían hasta los 220 millones de años. Filler alude a una serie de cambios fisiológicos –relacionados con la espina dorsal y un tejido llamado septum horizontal[7]– que surgieron posiblemente por un defecto genético de nacimiento, los cuales habrían creado a un primer ser “hominiforme”. Y dadas estas anomalías anatómicas, este mamífero sólo habría podido sentirse cómodo caminando erguido.

Stephen J. Gould
Para Filler, este paso sucedió hace mucho tiempo y de forma abrupta (algo que nos recordaría al equilibrio puntuado de Jay Gould) con unos pocos y rápidos cambios genéticos. De esta manera, se deberían revisar los orígenes del bipedalismo, que ahora se sitúan como muy pronto hace unos 6 millones de años, y se deberían retrasar por lo menos hasta los 21 millones de años, época en la que vivió el supuesto primer primate bípedo, el Morotopithecus bishopi, hallado en Uganda (África). En otras palabras, Filler pone a este desconocido primate bípedo como el verdadero primer ancestro humano (y de los grandes simios).

Aparte, Aaron Filler cita que se han hallado vértebras fósiles de otros tres posibles primates bípedos, lo que confirmaría ese inicio de locomoción bípeda que luego “degeneraría” hacia la vida arborícola y el desplazamiento a cuatro patas, apoyándose en los nudillos. En este sentido, Filler se refiere a los actuales siamangs, un simio arborícola de la familia de los gibones, cuyas crías son capaces de caminar erguidas de forma innata sobre las ramas de los árboles, sin usar para nada la locomoción con nudillos. Así, Filler complica un poco las cosas al sugerir que el bipedalismo no se desarrolló sobre el suelo sino sobre las ramas de los árboles, que debían ser muy numerosos hace 20 millones de años. A su vez, los ancestros de chimpancés y gorilas tal vez evolucionaron hacia la locomoción con nudillos porque este era un modo más rápido de desplazarse.

Huellas incómodas


Para añadir más leña al fuego en esta controversia, está la cuestión de las huellas de pisadas humanas realizadas hace cientos de miles o millones de años. Su importancia no es poca, pues por ejemplo gracias al descubrimiento de un conjunto de unas huellas en Happisburgh (Norfolk, Inglaterra), que se remontan al menos a 950.000 años, se ha podido demostrar que el ser humano ya estaba en las Islas Británicas hace casi un millón de años, lo que hasta hace poco era prácticamente un anatema. Pero en el asunto de locomoción bípeda las pisadas cobran un extraordinario interés, pues pueden ser el testimonio de que el ser humano, aún en sus versiones más arcaicas, es mucho más antiguo de lo que se ha venido defendiendo hasta hace escasos años. Sin embargo, hay que puntualizar que, a falta de más restos (huesos, herramientas, etc.), siempre puede quedar la duda de si tales criaturas bípedas eran humanas o pre-humanas, como ahora se califica a los australopitecinos y otros primates que figuran como ancestros del género Homo.

Huella humana de Laetoli
El caso más llamativo –que ya he citado varias veces en este blog– es el de las pisadas de Laetoli (Tanzania), descubiertas por Mary Leakey hace unos 40 años. No voy a extenderme pues en comentarios, pero sí recordaré los argumentos principales: las huellas, atribuidas a varios individuos de corta estatura, eran indistinguibles de las pisadas de los humanos modernos, y según la datación geológica de los estratos de lava en que se localizaron (si la podemos dar por fiable), se situarían en los 3,7 millones de años. Lo que ocurre es que tales pisadas se atribuyeron a unos australopitecos, pues en aquella remota época no había –supuestamente– más homínidos capaces de realizar tales huellas. Sin embargo, a partir de los huesos de un australopiteco hallado en Sterkfontein (Sudáfrica) a finales del siglo XX por Ron Clark y datado en los mismos 3,7 millones de años, se pudo apreciar que mostraba un pie más bien simiesco, incapaz de realizar tal huella sobre el suelo.

Y en efecto, la paleontología nos quiere hacer creer que los australopitecos tenían un pie muy similar al humano moderno y que caminaban erguidos, pero las pruebas son muy escasas y confusas, y algunos expertos han afirmado que –a partir de meros prejuicios– se han realizado reconstrucciones anatómicas incorrectas y deducciones demasiado atrevidas. Sin ir más lejos, el ejemplar de Australopithecus afarensis (la famosa “Lucy”) fue hallado incompleto, sin sus pies, y sin embargo en las reconstrucciones museísticas se le representa con unos pies sospechosamente humanos, e incluso en la configuración del rostro se han realzado los rasgos humanos (por ejemplo, los ojos) para rebajar el aspecto simiesco.

Sea como fuere, en Laetoli nos encontramos con una criatura humana o humanoide de gran antigüedad que ya caminaba erguida sobre sus extremidades inferiores, siendo ese su medio locomoción habitual. Después ya tendríamos que referirnos a unas pisadas atribuidas a un Homo ergaster (el erectus africano) descubiertas hace diez años en Ileret (Kenya), con una antigüedad de 1,5 millones de años. Dichas huellas serían prácticamente iguales a las que realizamos nosotros, el Homo sapiens. (Por supuesto, tal atribución se basa solamente en las convenciones cronólogicas de la paleontología, como en el caso de Laetoli.)

No obstante, un reciente hallazgo paleontológico podría hacer retroceder el bipedalismo hasta una época todavía más lejana. Me refiero a las 29 huellas que se han descubierto en Trachilos (Creta), que se han atribuido a criaturas humanoides y que se remontan a nada menos que ¡casi 6 millones de años![8], en el periodo geológico denominado Mioceno. En este caso ha ocurrido algo muy similar a lo que se pudo ver en Laetoli: las pisadas tienen un tamaño y aspecto anatómico humano moderno y no pueden ser atribuidas de ninguna manera a un simio. 

Dientes del Graecopithecus
De rebote, este descubrimiento, unido al de otro espécimen, localizado en los Balcanes y bautizado como Graecopithecus freybergi, ha permitido lanzar nuevas especulaciones y teorías sobre la cuna de la Humanidad, con la intención de destronar la clásica teoría “out-of-Africa”, que aún es defendida por la mayoría del  estamento académico. Cabe señalar que precisamente los pocos restos que se han hallado de este nuevo homínido se han datado en unos 7 millones de años, no muy lejos de la cronología de Creta, lo que le hace firme candidato a autor de las huellas cretenses. Además, el estudio de una pieza dental de El Graeco (como se le ha apodado) revela que posiblemente estaba más próximo a los humanos que a los simios. Naturalmente, este hallazgo y las altisonantes declaraciones posteriores han puesto en guardia a los científicos escépticos, que se muestran muy reacios a plantear la existencia de humanos en épocas tan remotas, sobre todo porque ellos necesitan sostener su idea de la transición evolutiva más o menos gradual de un simio cuadrúpedo a un humano (o pre-humano) plenamente bípedo. 

Así pues, algunos rechazan la idea de que El Graeco fuera una criatura humana y prefieren referirse a un simio desconocido hasta la fecha que caminaba erguido, e incluso unos pocos rechazan que se trate realmente de huellas de pisadas. Sea como fuere, los científicos que descubrieron las huellas no encontraron muchas facilidades para publicar sus resultados, sino más bien todo lo contrario, lo cual no me sorprende en absoluto. Y por cierto, muy recientemente se ha confirmado la sustracción in situ de algunas de estas pisadas...

Conclusiones


Cráneo de australopiteco
Por supuesto que el hombre no desciende del mono, y los propios evolucionistas han usado este argumento hasta la saciedad para acallar las mofas de los creacionistas y otros críticos contumaces. Lo correcto, según la teoría darwinista, es afirmar que los monos y los humanos tenemos un antepasado común que vivió hace millones de años. No obstante, aun dando por buena esta afirmación, está claro –como hemos visto a través de las opiniones de los expertos– que dicho antepasado nunca ha sido identificado con certeza, puesto que han ido apareciendo diversos restos de homínidos cuya forma de locomoción es objeto de polémica.

En este contexto, hasta las personas de trayectoria académica irreprochable y más próximas a la ortodoxia, como Yvette Deloison, ya ven la imposibilidad de que un cuadrúpedo “evolucionase” hacia un ser perfectamente bípedo como es el hombre. Además, los hallazgos paleontológicos nos empujan cada vez más a reconocer la existencia de criaturas bípedas en épocas extremadamente antiguas, lo que incomoda a los defensores de una evolución gradual del primate que caminaba sobre nudillos al humano que camina erguido. Claro que los evolucionistas suelen recurrir a sus mágicas mutaciones aleatorias como prueba y aquí cierran la discusión...

En fin, lo que parecía una locura quizá ya no lo sea tanto. Nuestros queridos chimpancés y gorilas actuales podrían ser una derivación (no me atrevo a escribir “involución”) de unos homínidos bípedos que vivieron hace muchos millones de años. Pero, ¿cómo eran tales homínidos? ¿Podemos creer en la fantástica historia de Blavatsky y la degeneración de una raza humana hasta convertirse en primates inferiores? Tal vez los tiros vayan por otro lado, pero da la impresión de que, a pesar de ir acumulando pruebas paleontológicas, los prejuicios y los sesgos –en uno u otro sentido– nos impiden ver el bosque.  

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Por supuesto, dando por buena la teoría de la evolución humana dentro del marco general de la evolución de las especies, según el darwinismo ortodoxo, lo que ya es un acto de fe. En este sentido, gran parte de los argumentos expuestos en este artículo presuponen que hubo algún tipo de evolución.
[2] Blavatsky consideraba que la propuesta de que descendemos de primates era “la teoría más extravagante de todas las épocas”
[3] En concreto, Blavatsky afirmaba que los simios inferiores procedían de la hibridación de un grupo de humanos de la tercera raza, inconscientes y de aspecto simiesco. Por otro lado, los simios antropoides procederían de la unión de humanos poco avanzados de la cuarta raza y los descendientes de la anterior hibridación. Por tanto, los primates tendrían en mayor o menor medida sangre humana, pero no al revés.
[4] Cabe señalar que bastantes expertos ponen en duda que los australopitecos mantuvieran una postura erguida, dando a entender que caminarían principalmente a cuatro patas (sobre los nudillos de la mano) y que todavía tendrían una importante actividad arborícola.
[5] Punto de unión entre el cráneo y la espina dorsal.
[6] Precisamente, de Sarre fue amigo del creador de la criptozoología, el francés Bernard Heuvelmans (fallecido en 2001), que creía firmemente en la existencia de tales seres antropoides.
[7] Es un tejido que separa el cuerpo en dos mitades, la ventral y la dorsal.
[8] La datación se hizo combinando el estudio geológico de las rocas sedimentarias y el análisis de los fósiles de unos microorganismos microscópicos llamados foraminíferos.

sábado, 23 de septiembre de 2017

¿Se remonta la civilización maya a una era antediluviana?


La hipotética existencia de una ignota civilización desaparecida que dio origen a las grandes civilizaciones históricas es un tema harto recurrente en la arqueología alternativa. No vamos a descubrir nada diciendo que esta propuesta se fundamenta en el famoso mito de la Atlántida y otros muy similares que encontramos en casi todos los rincones del planeta. Como ya es de sobras conocido, la historia que se repite en todos estos relatos es que en un tiempo remotísimo una gran inundación o diluvio arrasó, anegó o hundió la tierra civilizada. Este evento dejó a la Humanidad a las puertas de la extinción, por lo que hubo de empezar de nuevo el proceso civilizador, tarea que corrió a cargo de unos pocos supervivientes de la catástrofe.

Y si nos trasladamos ahora al campo de la geología y la arqueología, durante décadas los investigadores han estado buscando trazas sobre el terreno de dicha catástrofe (¡sin olvidar el arca de Noé!), de tal manera que se pudiese pasar del mito a la historia mediante pruebas físicas objetivas. Ni que decir tiene que para el estamento académico tal cataclismo global, súbito y gigantesco no existió nunca, aunque se reconoce –no podía ser menos– que sí hubo fuertes alteraciones climatológicas y geológicas al final de la última era glacial, pero que fueron muy graduales y de impacto más bien local. Y por supuesto, no había ninguna civilización sobre la Tierra hace 12.000 años...

Estructuras de Yonaguni (Japón)
Sin embargo, los autores alternativos han ido más allá del debate geológico, y se han fijado en determinados restos arquitectónicos de gran antigüedad. Algunos de ellos están actualmente bajo el agua (como la ciudadela de Yonaguni, en Japón) y podrían constituir la prueba fehaciente de que el diluvio existió y que sumergió muchos enclaves costeros. No obstante, la visión ortodoxa rechaza estas propuestas alegando que se trata de simples formaciones naturales que han sido confundidas y malinterpretadas. Con todo, los alternativos no se rinden con facilidad y contraatacan afirmando que hay restos monumentales sobre la superficie que presentan una clara erosión (y muy antigua) por acción continuada del agua, como por ejemplo en la mismísima meseta de Guiza, lo que convertiría gran parte de sus monumentos –las tres grandes pirámides, la Esfinge, los templos– en reliquias antediluvianas de datación indeterminada[1].

Si nos desplazamos al continente americano, la polémica se mueve más o menos en los mismos términos y también se habla de restos sumergidos de una cierta “Atlántida”, como los que se hallaron hace casi 50 años en las islas Bimini (una especie de dique o camino) o un confuso conjunto de estructuras localizado cerca de la costa de Cuba. Asimismo, se habla de posibles ruinas sumergidas bajo el lago Titicaca, que podrían preceder incluso al gran complejo de Tiwanaku, cuya datación oficial tampoco es reconocida por el mundo alternativo. Además, en toda América, de norte a sur, se acumulan numerosas leyendas nativas –incluyendo las de grandes civilizaciones como la azteca o la maya– sobre la completa destrucción de una humanidad anterior por acción del agua.

Sin embargo, hasta ahora se había puesto poca atención en los posibles indicios de un gran diluvio sobre la superficie y más concretamente en estructuras artificiales. En este sentido, el investigador alternativo norteamericano Cliff Dunning lleva algunos años estudiando la civilización maya y recientemente ha sacado a la luz sus conclusiones sobre algunas huellas sobre el terreno que podrían apuntar a que la civilización maya fue víctima de una gran catástrofe por inundación y que posiblemente podría ser mucho más antigua en su origen de lo que la arqueología ortodoxa defiende. Vamos pues a exponer resumidamente cuál es el enfoque de Dunning y qué viabilidad nos ofrece.

El Castillo, la pirámide de Chichén Itzá, en 1892
De entrada, Dunning remarca el hecho de que la civilización maya, pese a haber sido estudiada durante más un siglo, nos es aún relativamente desconocida en muchos aspectos. Incluso cuando los conquistadores españoles llegaron a Centroamérica a inicios del siglo XVI encontraron esta rica cultura en plena decadencia, en realidad prácticamente desaparecida[2]. Sus fastuosas ciudades (Copan, Tikal, Chichén Itzá, etc.), que contenían grandes edificios, templos y pirámides, habían sido abandonadas hacía siglos y estaban en plena ruina; también yacían inermes sus estatuas y sus estelas, llenas de jeroglíficos. 

Y por si fuera poco, las autoridades españolas mandaron quemar los códices y otros documentos que nos podrían haber transmitido una información vital sobre el origen y el desarrollo cultural de los mayas. Apenas unos pocos se salvaron de la intolerancia cultural y religiosa –como el Códice Dresde– y dan muestra del altísimo grado de civilización que alcanzó este pueblo en cuestiones como la astronomía y las matemáticas.

Por lo demás, sabemos que la cultura maya es una de las más antiguas de América, que precedió en muchos siglos a la gran civilización azteca, sometida por Cortés. Ahora bien, no tenemos una idea exacta de cuáles fueron los orígenes de los mayas ni de cuándo se establecieron en Centroamérica. Al respecto, Cliff Dunning cita una reciente datación obtenida en el yacimiento de El Mirador (Guatemala) que se remonta al 2700 a. C. Lo que sí observa Dunning es que las estructuras más complejas y perfectas son las más antiguas, dando la impresión de que los mayas hubieran aparecido sobre el territorio ya con un alto nivel de desarrollo y conocimiento, como si fuera el legado de una cultura anterior. Por otra parte, Dunning cita al reputado arqueólogo Richard Hansen, que tras años de estudio de la civilización maya ha llegado a la conclusión de que los olmecas (una cultura todavía no muy definida, sobre todo antropológicamente) no fueron los antecesores o “padres culturales” de los mayas, sino que ambas culturas fueron contemporáneas, y que los mayas muy posiblemente fueron los responsables de la desaparición de las últimas ciudades propiamente olmecas. 

Efectos devastadores de un tsunami moderno (Indonesia, 2004)
Si nos adentramos ahora en la antigüedad de los mayas y en la hipótesis de grandes catástrofes marinas, Dunning saca a colación algunos hechos relevantes comprobados científicamente. Así, existe constancia geológica de grandes tsunamis en unas fechas no muy lejanas, hace tan solo 1.500 años, que azotaron las costas de la península del Yucatán y que tal vez tuvieron precedentes en milenios anteriores. Tales tsunamis podrían haber devastado grandes porciones de territorio, pues la ola gigante –estimada entre los 6 y los 15 metros de altura– podía derribar edificios y ahogar a gran parte de la población. De hecho, Dunning asegura que en su primera visita al Yucatán en 1995 ya había observado notables huellas de daños en estructuras y estatuas a causa de la acción violenta del agua. Estas huellas son visibles, por ejemplo, en ciudades como Coba, Chichén Itzá y Uxmal, así como otros enclaves menores.

Asimismo, identificó ese mismo tipo de daños en fotografías antiguas de las primeras excavaciones de las ciudades mayas, antes de que fueran consolidadas, restauradas y reconstruidas en parte. Y sin duda la fuerza de esas inundaciones debió ser grande, pues los edificios mayas estaban bien diseñados y sólidamente construidos. Por otro lado, Dunning apreció que en museos locales se podían ver numerosos objetos (estatuas y utensilios, principalmente) que mostraban claras marcas de la erosión acuática, así como de la acción corrosiva de la sal marina y de la presión de las aguas sobre dichos objetos durante largos periodos de tiempo. Y como muestra de una gran destrucción, Dunning menciona el caso particular de la ciudad maya de Sayil (en el estado mexicano de Yucatán), cuyo gran palacio principal fue supuestamente azotado por un violento tsunami que arrancó muchas piedras de la estructura y las dispersó alrededor de ésta. Según el autor norteamericano, la tremenda erosión sufrida ha dificultado mucho las labores de reconstrucción del monumento por parte de los equipos arqueológicos.

El caracol (Chichén Itzá), antes de restaurarse (foto de 1932)
Pero lo más significativo como prueba es que en Sayil aún se puede ver el rastro dejado por los ríos de agua al retirarse. Las fotografías de las primeras intervenciones en el lugar ya permitían apreciar el antiguo curso de las aguas que fluían desde la parte alta del palacio. 

Además, también es destacable la presencia de varios edificios circundantes que están parcialmente sepultados en el terreno, muy posiblemente por la gran acumulación de sedimentos. En este sentido, en las imágenes antiguas tomadas en otros yacimientos mayas se apreciaban claramente grandes apilamientos de piedras y de escombros en torno a las acrópolis principales (como sucede en Chichén Itzá y Uxmal). Así, Dunning cree que cuando las aguas se retiraron, las piedras y los sedimentos más pesados ocuparon el interior y el exterior de los edificios, donde permanecieron inalterados hasta ser descubiertos por los arqueólogos.

A partir de este punto, Dunning se pregunta qué antigüedad real podrían tener estas ciudades mayas, desestimando obviamente las cronologías convencionales, y para averiguarlo recurre a otra vía de investigación: el seguimiento –gracias a la moderna tecnología de los satélites– de los caminos o carreteras blancas llamadas sacbés[3]. En realidad, los sacbés ya eran bien conocidos desde antiguo, pues eran los caminos principales bien pavimentados –a modo de “autovías”– que los mayas habían construido para unir las diferentes ciudades del territorio y facilitar así el comercio y las comunicaciones. Tenían una anchura que oscilaba entre los 4 y los 20 metros, y podían llegar a tener hasta centenares de kilómetros de longitud. En los años 20 del siglo pasado los sacbés fueron redescubiertos por los arqueólogos, que se quedaron impresionados por su diseño y calidad, con su base de piedra, capa de mortero y el típico recubrimiento blanco, realizado con estuco o cal de gran dureza –a modo de argamasa o cemento– que no requería un gran mantenimiento.

Pero, ¿cómo conecta esto con las grandes catástrofes acuáticas del pasado? Para Dunning ya existen pruebas indiscutibles de que al final de la última Edad de Hielo, concretamente en el periodo llamado Dryas reciente, se produjo una inundación masiva de América del norte a causa de la rápida fusión de la enorme capa de hielo que cubría buena parte de este territorio, debida al impacto súbito de un gran asteroide. El geólogo Harken Bretz ya había observado esto en los años 20 del pasado siglo, haciendo notar la presencia de grandes valles y antiguos cursos de agua excavados por la fuerza de las aguas en amplias zonas del norte de los Estados Unidos. En principio, sus propuestas fueron rechazadas sin más, pero ya en tiempos más recientes, nuevos datos geológicos y climatológicos han ido confirmando esta tesis. De este modo, hoy se sabe que en el periodo citado se dio un importante aumento de temperaturas tras el impacto del asteroide. Este evento condujo a un rápido deshielo de las masas de hielo polares, lo que provocó un notable ascenso del nivel de los mares y catastróficas inundaciones.[4] Este enorme desastre natural fue recordado por varios pueblos de Norteamérica, entre ellos los propios mayas, que se refieren a una tremenda devastación y a unas grandes dificultades para volver a recuperarse después de una situación crítica que les llevó al borde de la extinción.

Aspecto actual de un típico sacbé maya
Y aquí es cuando Dunning vuelve a los numerosos sacbés que recorrían el territorio maya en todas direcciones y que aún hoy son parcialmente visibles desde los aviones y especialmente desde los satélites. Según sus investigaciones, grandes porciones de la península de Yucatán quedaron sumergidas tras la catástrofe del Dryas reciente, pero además resulta que las rutas de los antiguos sacbés que acaban en la actual línea de la costa tienen continuidad bajo las aguas marinas. Esto lo ha podido corroborar gracias al estudio de la especialista en imagen por satélite Angela Micol, asociada a la Satellite Archeology Research Society, por el cual ha podido identificar cientos de imágenes de sacbés situados a cierta profundidad de la superficie y que están conectados a las antiguas ciudades mayas de tierra firme. Para Dunning, esto indicaría que la cronología de estas ciudades se debería retrasar mucho en el tiempo, por lo menos entre 9.000 y 12.000 años. A todo esto cabe recordar que los expertos académicos sitúan los inicios de la civilización maya hacia el 2000 a. C. (con el apoyo de dataciones absolutas por radiocarbono), precedido de una etapa de desarrollo neolítico. En todo caso, el autor estadounidense sostiene que esta gran catástrofe no acabó del todo con los mayas, pero sí que marcó un antes y un después y que, de hecho, los mayas históricos sólo fueron la sombra de lo que había sido su civilización primigenia antes del cataclismo global.

Este sería, en resumen, el escenario propuesto por Cliff Dunning que a más uno le puede parecer un cuento fantástico o una simple especulación sin sólidas pruebas científicas. A este respecto, cabe insistir una vez más que el mundo académico tiene una imagen bastante fija y estereotipada del poblamiento antiguo de América y de las civilizaciones precolombinas. Así, la historia oficial nos dice que la primera cultura identificada de cazadores-recolectores no aparece hasta el 11.000 a. C. o un poco antes[5], y luego las comunidades humanas se fueron extendiendo de norte a sur donde fueron progresando hasta llegar al estadio neolítico, o sea, de productores (agricultores y ganaderos). De aquí saltaron al estadio de la civilización, pero según los expertos no se puede hablar propiamente de civilización antes de 2.000-1.500 a. C., si bien la datación de algunas ciudades se va por encima del 2.500 a. C., como el caso ya citado de El Mirador (Guatemala) o de Caral (Perú). Con todo, en general se sitúa el esplendor de todas las civilizaciones americanas –los “periodos clásicos”– a partir del primer milenio después de Cristo hasta la llegada de los conquistadores.

Restos arquitectónicos mayas
Por tanto, la propuesta de Dunning constituye un verdadero anatema que difícilmente puede ser compatible con la versión oficial. A mi parecer, esta teoría presenta una serie de problemas o incógnitas: ¿qué hacemos con todas las cronologías ortodoxas basadas en las series de artefactos y en las dataciones absolutas? ¿Si las ciudades mayas eran tan antiguas, por qué no han aparecido las dataciones correspondientes al horizonte propuesto por Dunning?

Todo esto parece un poco forzado a no ser que consideremos que las cosas se han hecho rematadamente mal desde el punto de vista metodológico, o bien que hay un complot para ocultar la extrema antigüedad de los restos. Recordemos que el carbono-14 permite datar hasta unos 50.000 años, por lo cual teóricamente sería posible datar ese supuesto periodo antediluviano.

No obstante, por un lado, hay que decir en favor de Dunning que en la región del Yucatán se podría dar una superposición de restos, algo parecido a lo que ocurre en Egipto, en que tenemos monumentos sospechosos de ser extremadamente antiguos y que han sido asignados a la época dinástica por una serie de razones circunstanciales[6]. Dicho de otro modo, todavía quedarían restos de la época antediluviana que han sido mal datados y mal interpretados, confundiéndolos en el contexto de la civilización histórica, la cual sólo sería un tenue legado de la civilización primigenia. Por otro lado, la evidencia de la acción devastadora de las aguas parece bastante convincente, sobre todo con el nuevo argumento de los sacbés que se aprecian bajo el agua y que recuerdan mucho a los famosos cart-ruts (surcos de carro), que partiendo del interior de la isla de Malta se dirigen hacia la línea costera y prosiguen claramente bajo las aguas del Mediterráneo, conectando esta isla con la cercana isla de Gozo. Ahora bien, Dunning no aborda el tema de las conocidas pirámides mayas, que en teoría también deberían mostrar algún rastro de destrucción, desgaste o erosión causada por los tsunamis, al haber estado sumergidas –supuestamente– bajo las aguas durante siglos o milenios. 

El gran palacio de Sayil (Yucatán) en la actualidad. Véase el aspecto ruinoso de parte de la estructura

Con todo, habría que determinar –aun admitiendo que las ciudades sufrieron una gran destrucción por agua– si esos tsunamis se produjeron como resultado del deshielo del Dryas reciente o si tuvieron lugar mucho más tarde, en una época que denominaríamos “histórica”. Así, tenemos la famosa teoría de Immanuel Velikovsy, enunciada hace ya más de medio siglo, según la cual la Tierra habría sufrido tremendos cataclismos y desastres en fechas relativamente modernas (entre los siglos XVI a. C. y VIII a. C.) como consecuencia de la peligrosa aproximación a la Tierra del cometa Venus –antes de estabilizarse como planeta– y del errático paso de Marte cerca de la órbita terrestre. Con referencia a este punto, hay que señalar que las civilizaciones mesoamericanas habían considerado a Venus como un astro errante y peligroso, y le habían puesto el nombre de estrella humeante. De cualquier modo, todo esto entra en el terreno de las conjeturas, pues la visión de Velikovsky sigue sin ser aceptada ni por astrofísicos ni por arqueólogos. En definitiva, este fenómeno debería ser analizado más a fondo y revisado por geólogos competentes para establecer si las destrucciones observadas se debieron a colosales inundaciones o bien a otros factores (como fuertes seísmos, que no son extraños en dicha región), sin olvidar el crucial aspecto de aportar una datación fiable.

Los muros megalíticos de Sacsayhuamán (Perú)
Además, habría que resolver el posible vacío o salto temporal entre el horizonte “atlante” y la cultura maya reconocida por la arqueología oficial. En este sentido surgen una serie de preguntas de complicada respuesta: ¿Cómo se produjo la continuidad cultural? Dicho de otro modo, ¿qué sucedió en los 8.000 años posteriores a la debacle? Si, como afirma Dunning, las destrucciones acabaron con buena parte de las ciudades y sus estructuras, ¿qué porción de lo que podemos observar actualmente correspondería a los mayas “modernos”? ¿Y por qué la arquitectura original maya no se corresponde con cierta arquitectura “atlante”, de tipo claramente megalítico (y extremadamente resistente), que podemos observar por ejemplo en Tiwanaku o Sacsayhuamán, cuya antigüedad podríamos remontar hipotéticamente a un periodo antediluviano[7]? ¿Podríamos llamar “maya” a esa supuesta civilización que desapareció al menos parcialmente hace 12.000 años o era otra cosa?

Concluyendo, siempre es interesante sopesar nuevas visiones y teorías, y más aún cuando vienen acompañadas de perspicaces observaciones sobre el terreno. El problema de fondo es que Dunning señala con pruebas un posible hecho catastrófico de gran magnitud y gran antigüedad pero a la hora de la verdad no resuelve el encaje de las piezas geológicas con las de carácter arqueológico o histórico. Así pues, estimo que todavía queda mucho terreno por recorrer para poder construir un sólido edificio histórico-arqueológico alternativo sobre el origen de los mayas. De todas formas, vaya por delante que creo posible y factible que la población y civilización en América sean muchísimo más antiguas de lo que reconoce el estamento académico. Y quién sabe, a lo mejor los viejos soñadores como Churchward y Le Plongeon tenían parte de razón al hablar sobre Mu, las tablillas naacales y otras alocadas propuestas...

© Xavier Bartlett 2017

Fuente: www.ancient-origins.net

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Según el investigador egipcio Sherif el-Morsi, la Gran Pirámide estuvo cubierta por agua hasta la hilada 20 por lo menos, durante siglos. Véase el artículo sobre la datación extrema de la gran Esfinge de Guiza en este blog.
[2] Esta etapa, denominada periodo posclásico, está datada aproximadamente entre 950 d. C. y la llegada de los españoles al Yucatán en el siglo XVI, que progresivamente fueron ocupando todo el territorio maya. De todos modos, cabe destacar que la última ciudad maya independiente, Nojpetén, no cayó en manos españolas hasta una fecha tan tardía como 1697.
[3] De los términos mayas sac (“blanco”) y be (“camino”). En realidad, el plural correcto en lengua maya es sacbeob, pero a efectos prácticos empleo aquí el plural castellano con “s”.
[4] Esta argumentación geológica constituye precisamente el núcleo de las últimas investigaciones llevadas a cabo por Graham Hancock, tal y como refleja en su reciente libro Magician of the Gods (2015).
[5] Esta es la llamada cultura Clovis, localizada en Nuevo México (EE UU) a inicios del siglo XX. Pese a los hallazgos posteriores de restos humanos mucho más antiguos, el estamento académico no acepta de ningún modo población humana en América anterior a 25000 a. C.
[6] El ejemplo más claro de esto lo tenemos en Abydos, donde conviven uno al lado del otro el templo de Seti I (del Imperio Nuevo) con el Osireion (templo de Osiris). Los egiptólogos despacharon el tema asignando el Osireion a la misma época de Seti I, a pesar de que: 1) el estilo arquitectónico de ambas construcciones es totalmente distinto, 2) no hay inscripciones jeroglíficas en el Osireion, y 3) ambos edificios están separados por un importante desnivel (y desfase estratigráfico) que indica una diferencia importante de cronología.
[7] Recordemos que, según la datación arqueoastronómica realizada por Arthur Posnansky en el Kalasasaya de Tiwanaku, esta ciudad se remontaría al 15.000 a. C.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Gigantes en Tenerife


Tras haber difundido a inicios de 2016 el documental “Igueste: ciudad de gigantes”, en el cual tuve parte activa, el investigador independiente Manuel Fernández Saavedra ha publicado recientemente en el portal youtube la segunda parte de dicho documental, que recorre diversos puntos de la geografía tinerfeña. En este segundo trabajo, Manuel Fernández prosigue con sus pesquisas sobre el terreno para identificar los restos de una desconocida y remota civilización capaz de modelar el paisaje natural a gran escala. Estaríamos hablando, según Fernández, de una cultura muy anterior a los guanches y posiblemente encarnada en humanoides de tamaño colosal que bien podríamos llamar gigantes si así lo deseamos.

En esta nueva entrega, Fernández hace hincapié en unas enormes estructuras sobre el terreno que tienen una difícil explicación geológica natural, pues más bien parecen ser restos de muros realizados con grandes piedras (que a veces aparentan haber sido fundidas o moldeadas) y que formarían parte de gigantescas presas. Aparte, vemos algunas estructuras muy semejantes a lo que ya se apreciaba en Igueste: una sucesión de presas, cataratas y pocetas para el almacenamiento y gestión del agua. En este caso se pueden observar además unas canalizaciones de agua, generalmente realizadas con una especie de argamasa pero también perforando directamente la roca. Asimismo, tenemos otras peculiares estructuras sobre el terreno como unas plataformas en forma de espolones coronadas por grandes rocas, o una “estatua” o “marcador” bien falcado sobre el terreno, lo que empuja a deducir que no puede ser un accidente natural.

También aparecen otras curiosidades, como agrupaciones de grandes bloques con una losa de cubierta, lo que podría recordar a los típicos dólmenes megalíticos o unas piedras aisladas de gran tamaño que se mantienen en equilibrio gracias a un punto de apoyo. Y si nos trasladamos a la costa, Fernández ha detectado unos recintos y apilamientos de piedras basálticas, que observadas en detalle muestran haber sido unidas con argamasa, y con algunas particularidades como unas perforaciones en forma de cazoleta. Finalmente, el documental nos muestra la presencia de numerosos trépanos (a veces agrupados en una especie de “nidos”), siendo algunos de aspecto muy moderno y otros de aspecto más primitivo, pero cuyo propósito sigue siendo toda una incógnita.

En definitiva, otra vez ruego el visionado de este material con la mente abierta y sin ningún tipo de prejuicio, y teniendo en cuenta que estamos hablando de prospecciones superficiales, lo cual limita mucho la posibilidad de avanzar en la comprobación de las hipótesis planteadas. En cualquier caso, Fernández concluye que muy probablemente el poblamiento humano de las Islas Canarias es mucho más antiguo de lo que se ha reconocido hasta la fecha y que tal vez pudo existir en algún momento una convivencia entre el Homo sapiens y humanoides de una gran altura.



© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: M. Fernández